La nueva dictadura de la corrección política

Algunos creen que tienen buenas razones para obligar al resto a ser, pensar o decir lo que ellos quieren; en una sociedad abierta, las divergencias son aceptadas
Julio Montero
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19 de mayo de 2019  

Los productores de los Simpsons suprimieron al personaje Apu para no perpetuar estereotipos étnicos; los directivos de una radio dejaron de pasar música de Michael Jackson, como si la corrupción del artista alcanzara a su obra; y hace unas semanas, un grupo de estudiantes de Oxford pidió la expulsión del eminente profesor John Finnis por haber sostenido en un tratado de ética teórica que la homosexualidad es inmoral. ¿Deberíamos dejar de leer a Heidegger o Carl Schmitt por su apoyo al nazismo? ¿O dejar de estudiar a Marx por lo que los socialismos reales hicieron en su nombre? ¿O borrar el gol de Maradona a los ingleses por su defensa sistemática de dictadores como Khadafi, Maduro y los hermanos Castro?

A lo largo de la historia el autoritarismo ha asumido diversas formas, pero su axioma fundamental es siempre el mismo: algunos creen que tienen buenas razones para obligar al resto a ser, pensar o decir lo que ellos quieren. A veces lo hacen usando el aparato del Estado; otras, aplicando sanciones simbólicas en el plano de la sociedad civil. Todo lo contrario de lo que sucede en una sociedad abierta, donde las divergencias son aceptadas como un resultado natural del uso libre de la razón. Hay una amplia variedad de factores que explican por qué personas inteligentes y bien intencionadas pueden mantener discrepancias sobre asuntos fundamentales: la complejidad del tema, las variaciones biográficas, la dificultad para sopesar la evidencia, y el hecho de que los mismos sucesos pueden interpretarse de maneras opuestas según el marco de referencia. Así lo explica John Rawls en Liberalismo político.

En Metafísica de las costumbres, Kant caracteriza las sociedades abiertas como ordenamientos en los que cada persona goza de una amplia esfera de libertad personal, cuyo único límite es la igual libertad del resto. En la misma línea, John Stuart Mill postuló en su ensayo Sobre la libertad el famoso "principio de daño": los individuos están autorizados a realizar cualquier acción, como sostener opiniones, convicciones y estilos de vida, mientras no generen daños a terceros. La coacción de cualquier clase no puede usarse más que para la auto-preservación.

A diferencia de Kant, Mill no estaba preocupado solamente por la dominación del gobierno, sino además por la opresión cultural "esclavizadora del alma" propia de la sociedad victoriana de su tiempo.

El modelo de la sociedad abierta se consolidó tras un lento proceso de aprendizaje moral que nos llevó desde la Inquisición y las guerras de religión hasta las democracias constitucionales actuales. Al cabo del periplo comprendimos que debemos tolerar las divergencias y desarrollamos la capacidad de ver lo que nos hace iguales a pesar de las diferencias. Los derechos humanos fueron la cristalización socio-política del nuevo paradigma.

El problema es que el autoritarismo sabe reciclarse. En muchos países se canaliza ahora mediante la doctrina de la corrección política, un neo-totalitarismo revestido de contenidos supuestamente liberales. Ya no se trata de que las personas respeten el derecho del resto a vivir según sus convicciones sin padecer opresión, penalidades ni marginalización; más bien, se espera que abracen las creencias correctas y las apliquen tanto en sus interacciones públicas como en su vida interior. La cultura de la corrección política está montando un sistema de censura, escrache y disciplinamiento que amenaza con fagocitarse el pensamiento libre, principal motor del cambio social. Poco a poco, las sociedades que siguen este sendero se deslizan hacia un sistema de vendettas y justicia por mano propia, esa modalidad primitiva del terror que Hegel asociaba al jacobinismo. La exposición de los herejes en medios y redes sociales es la nueva guillotina de la turba justiciera.

La elección que las sociedades occidentales enfrentan es si preservarán su naturaleza abierta, conquistada tras siglos de progreso cultural, o si avanzarán hacia una distopía que homogeneiza valores mediante el castigo social de las conductas "indebidas" y la promoción de una auto-constricción fundada en el miedo. Nada muy distinto de la sociedad victoriana que Mill denunciaba. Si queremos continuar con el proceso de ampliación de derechos, inclusión de minorías y respeto por la pluralidad, conviene no olvidar que la situación de los grupos oprimidos ha mejorado notablemente gracias a la cultura de la tolerancia. Para mantenerla viva es esencial no cruzar la frontera trazada por el principio del daño.

Doctor en teoría política por University College London, investigador de Conicet y profesor de la Universidad de Buenos Aires

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