La patria de la infancia
¡Ah, la literatura para niños! ¡Oh, las fechas patrias! No sé si hoy los chicos leen algunos de los libros que leíamos los "pibes" en las lejanísimas décadas de 1940 y 1950. En aquel tiempo, si uno tenía una gripe entre los diez y los doce años, era muy probable que los padres le regalaran al convaleciente Corazón. Diario de un niño, del italiano Edmondo De Amicis (1846-1908). La novela, serie de relatos enhebrados, cuenta la vida escolar de una clase de alumnos de escuela primaria. Fue un éxito mundial. Las ediciones y las traducciones se multiplicaron desde su aparición el 17 de octubre de 1886. Setenta años después de aquella primera edición, todavía era un best seller infantil o juvenil en Buenos Aires. Había dos de los cuentos, "De los Apeninos a los Andes" y "El pequeño vigía lombardo" sobre los que sus pequeños lectores derramaron olas de lágrimas. Del primero se hizo en 1960 una coproducción cinematográfica entre Italia y la Argentina.
La investigadora del Conicet y escritora Fernanda Elisa Bravo, premiada por la Academia Argentina de Letras y ganadora del Premio Internazionale Ennio Flaiano, comenta en su excelente blog "Literatura argentina e italiana en diálogo" que, en 1884, De Amicis viajó a la Argentina, donde ya era famoso, invitado por el diario El Nacional de Buenos Aires, mientras planificaba y escribía Cuore. De común acuerdo con el editor milanés Treves, De Amicis cruzó el Atlántico, entre otras razones, para recoger información destinada a un libro sobre el viaje transoceánico y la emigración italiana. De esa experiencia, surgió la novela Sull’oceano, de 1889, otra mina de oro que se tradujo al español y se publicó primero en Madrid con el título En el océano. Viaje a la Argentina. Diez años más tarde, se editó en Buenos Aires en la colección Biblioteca de La Nación.
De esa travesía atlántica y de la estadía del futuro autor de Corazón en la Argentina, nació "De los Apeninos a los Andes", pero quizá puede haber otros rastros en aquella novela que no sólo tienen que ver con los inmigrantes. "El pequeño vigía lombardo" es un relato que parece una adaptación a la historia italiana de un episodio real de las guerras por la independencia de América. Durante la expedición al Paraguay que emprendió Manuel Belgrano a fines de 1810 para crear allí un gobierno revolucionario, se sumó a las filas de Belgrano un niño de doce años, Pedro Ríos, que se desempeñó como tambor bajo las órdenes del capitán Celestino Vidal. El pequeño soldado ofició de tambor en la batalla de Tacuarí y se dice que sirvió a Vidal de lazarillo en medio del combate porque éste había quedado casi ciego. Durante la lucha, Ríos siguió avanzando, tocando el parche, sin amilanarse, mientras a su lado caían sus compañeros. Por último, las balas paraguayas lo mataron. Sobre ese episodio, en 1948, Carlos Borcosque rodó El tambor de Tacuarí, con el joven actor Juan Carlos Barbieri como protagonista. A Belgrano, lo interpretaba Mario Vanarelli, un prestigioso escenógrafo, no un actor. Le asignaron el papel del prócer por su parecido físico con el creador de la bandera.
En doce días, se celebrará un nuevo aniversario de "la enseña que Belgrano nos legó". Esos actos, se iniciaban con el Himno Nacional y continuaban con Marcha a mi bandera o Saludo a la bandera: eran los momentos de mi humillación patriótica. Cuando en el Himno había que cantar a voz en cuello coronados de gloria vivamos/ o juremos con gloria morir, movía mis labios como si pronunciara esas palabras, pero sin voz, perfectamente mudo. No quería morir con o sin gloria. El ejemplo de Pedro Ríos-Juan Carlos Barbieri y el del pequeño vigía lombardo de Edmondo De Amicis me hundían en el oprobio. Daba a las palabras el valor que deberían tener. Hasta que comprendí.









