La trinchera del odio que dividió a España

César González Calero
El avance del fascismo que terminó con la República partió en dos a los españoles y enfrentó también a poetas, filósofos y escritores; en esa batalla de las ideas, el bando republicano obtuvo el triunfo que le negaron las armas
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18 de julio de 2016  

Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón." Como en un sueño premonitorio Antonio Machado vio venir con antelación la fractura insalvable a la que se abocaba la España del siglo pasado. Esos proverbios y cantares escritos por el gran poeta español datan de 1912. Un cuarto de siglo después el país estaba partido en dos mitades separadas por una trinchera de odio. El 18 de julio de 1936, hace hoy 80 años, un fallido golpe de Estado pergeñado por la cúpula militar y sectores políticos de derecha desembocó en un enfrentamiento fratricida que se prolongaría durante tres años y dejaría en el camino cientos de miles de muertos y un territorio desolado. Pero el odio, esa hacha amarilla y rencorosa de la que hablaría León Felipe, llevaba mucho tiempo cultivándose. Y la tremenda desigualdad social que ya arrastraba el país en los albores del siglo XX sería el combustible de toda la violencia política que precedió a aquel aciago verano boreal del '36.

La asonada militar triunfó en algunas plazas y fue derrotada por el movimiento obrero en otras tantas. Las armas tomaron la palabra, pero como ya había advertido Cervantes por boca de Don Quijote, hasta las guerras tienen sus leyes y éstas se sustentan en letras y letrados. Y como en toda guerra, la propaganda -esa retórica belicista- se adueñó de los discursos.

Hay una anécdota mil veces contada que muestra, por encima de las diferencias ideológicas de unos intelectuales y otros, el abismo que separaba a los hombres de letras de los uniformados. El 12 de octubre de 1936, apenas tres meses después de iniciada la contienda, los golpistas celebraban en la universidad de Salamanca -proclamada capital del "bando nacional"- el entonces denominado Día de la Raza con la presencia del escritor católico Miguel de Unamuno que había apoyado a los militares sin demasiado entusiasmo. Al acto, presidido por Unamuno como rector universitario, acudieron varios jerifaltes del ejército franquista, entre ellos el general José Millán-Astray, un legionario mutilado, de pocas luces y menos escrúpulos. A su extemporáneo alarido -"¡Viva la muerte!"- le replicó el autor de "Niebla" con unas palabras durísimas que la historia sintetizó en un inolvidable apotegma: "Venceréis, pero no convenceréis". Unamuno moriría el último día de 1936. No lo mató una bala. La guerra lo dejó sin aliento.

Pero si Unamuno se refugió en ese escepticismo tan español, fueron muchos los intelectuales que decidieron tomar partido abiertamente por uno u otro bando. La Segunda República (1931-1936) había visto un renacimiento artístico e intelectual extraordinario. Su último presidente fue Manuel Azaña, un prolífico escritor dotado de una brillante oratoria. En plena guerra siguió escribiendo sus diarios mientras, desganado, miraba de refilón los partes de guerra desde su refugio valenciano.

Menos melancólicos que el presidente Azaña, los intelectuales y artistas de izquierda que defendieron a la República no dudaron en llevarse sus lápices (y algunos sus pistolas) a la trinchera. Muy pronto, a finales de julio del 36, nacerían la Alianza de Intelectuales Antifascistas y un puñado de revistas combativas como El Mono Azul. La vanguardia del arte al servicio de la mancillada República: Rafael Alberti, Luis Buñuel, Luis Cernuda, María Zambrano, Rosa Chacel, Max Aub, Manuel Altolaguirre...

Sus voces, sus poemas y soflamas llegaron hasta los frentes de guerra. No era raro en esos primeros días de entusiasmo revolucionario ver a un Miguel Hernández -el poeta-soldado que moriría más tarde en una cárcel franquista- recitando sus arrebatados versos ante los milicianos del bando republicano. Tal efusividad llevó incluso a los más apocados, como el propio Antonio Machado, a dedicar loas de dudosa calidad literaria a sus jefes militares, en una muestra de la deriva artística a la que irremisiblemente forzaban los acontecimientos. "Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán contento moriría" canta en el fragor de la batalla el mismo poeta que nos había legado años antes los versos más hermosos de la tierra yerma de Castilla.

La España que acabó helando el corazón de Machado en un hotelito de Colliure aquel Miércoles de Ceniza de 1939 había contado también con un nutrido grupo de intelectuales adeptos a su causa. A la trinchera franquista la defendieron las plumas incisivas de Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Rafael Sánchez Mazas, José María Pemán, César González Ruano o un jovencísimo Camilo José Cela. Pero el más notable de todos los autores con que contó el denominado "bando nacional" fue Manuel Machado, hermano de Antonio y, como él, excelso poeta y poco admirador de charreteras y fusiles. La brecha de los Machado es la brecha de un país roto.

El torbellino de la violencia se llevó por delante a escritores de ambos bandos, aunque el asesinato de Federico García Lorca -máximo exponente de la Generación del 27 y firme defensor de la República- ilustra como ninguna otra muerte el encono y la barbarie que reinaba en aquel laberinto español de los años 30.

Pero si en cuestión de armas dominaban las tropas franquistas, la batalla de la propaganda cultural la ganó sin duda la República. No sólo contó con lo más granado de la intelligentsia nacional. Una pléyade de intelectuales extranjeros se movilizó para frenar el avance del fascismo en España. El momento culminante de ese apoyo fue el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, organizado en Valencia en julio de 1937 bajo el impulso de Alberti. Como recuerda el ensayista español Andrés Trapiello en su imprescindible libro Las armas y las letras, "nunca antes, ni siquiera en la Revolución Rusa, había arrancado una guerra tantas adhesiones de escritores e intelectuales, quizá porque jamás hasta entonces los pueblos habían tomado conciencia del papel determinante que las ideas publicitadas tenían en la marcha de la historia". La lista de invitados impresiona: Octavio Paz, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Vicente Huidobro, Nicolás Guillén, André Malraux, Tristan Tzara, W.H. Auden, Ilya Ehrenburg, Stephen Spender... Y entre los que no pudieron asistir en el último momento figuraban Thomas Mann, John Dos Passos y Ernest Hemingway. Ese congreso en el que participaron un centenar de escritores de todo el mundo y la exhibición del Guernica de Pablo Picasso en la Exposición Internacional de París ese mismo año constituyen los dos grandes hitos de la propaganda cultural de la República.

Entre tanto verbo incendiario hubo, sin embargo, quien trató de esquivar las balas desde tribunas menos ardorosas. El filósofo liberal José Ortega y Gasset, uno de los inspiradores de la República, optó por un exilio voluntario en Europa para aislarse de la guerra, si bien el apoyo del autor de La rebelión de las masas al bando franquista ("el mal menor", llegó a escribir) fue incuestionable. Otros escritores, como Clara Campoamor o Manuel Chaves Nogales, también buscaron refugio fuera del país durante la contienda y se erigieron, desde su decidido republicanismo, en voces críticas con la violencia extrema desatada en ambos bandos.

La mayoría de los intelectuales afines a la República que habían sobrevivido a la guerra tuvieron que buscar nuevos horizontes en 1939. El exilio dispersaría por medio mundo todo ese capital cultural que ya no tenía cabida en la dictadura de Franco. Ninguno de los tres ruegos de Azaña -paz, piedad y perdón- fueron atendidos por los vencedores. Y España se convirtió en un cementerio presidido de nuevo por el hacha amarilla del rencor. América latina sería la nueva patria de muchos de los exiliados. En la Argentina recalaría uno de sus más ilustres representantes, Francisco Ayala, colaborador habitual de LA NACION durante una década. Aquellos "transterrados", como los bautizó el filósofo José Gaos (exiliado en México), habían sido derrotados en el campo militar. Pero como le confesó Machado a Ehrenburg (y rescata Trapiello en su libro), tal vez ganaron otra batalla: "Todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro... Quizá la hemos ganado".

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