Las nuevas generaciones perdieron la paciencia

Luis Castelli
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23 de junio de 2019  

Debería darnos vergüenza. A los adultos. Durante los últimos meses, escolares y estudiantes de 150 países salieron a las calles, en más de 4000 eventos, exigiendo que los gobiernos proporcionen de inmediato un camino seguro para no superar los niveles preindustriales de calentamiento global por encima de los 1,5 °C.

Luis Castelli
Luis Castelli

Inspirados por Greta Thunberg, una adolescente sueca de 16 años, jóvenes de todo el planeta ganaron el espacio público para pedir que se cambie la forma en que tratamos lo que en rigor es una emergencia climática. Su confianza en los líderes mundiales se ha deteriorado y no es para menos: tras 27 años de cumbres internacionales, las emisiones no paran de aumentar. Hartos de que allí se decida siempre hacer lo que no se hace, las nuevas generaciones perdieron la paciencia. Y aun cuando son muchos los adultos que trabajan a favor del planeta, el reclamo es razonable.

Es verdad: ya sabemos cómo se debe proceder para impedir las consecuencias extremas del cambio climático. Sin embargo, actuamos como si lo ignoráramos. Las cumbres sobre el clima a menudo parecen tener como objetivo la promoción de energías renovables o la creación de "empleos verdes". Y eso quizás no transmita el sentido de urgencia que requiere la crisis que enfrenta la humanidad. Tampoco la gravedad de los hechos empapa cotidianamente los periódicos, la radio o la televisión.

"Durante mucho tiempo la gente que está en el poder se ha salido con la suya y ha logrado no hacer nada para detener la crisis climática y la degradación ecológica", afirmó Greta. "Se han salido con la suya para robarnos nuestro futuro y venderlo a cambio de ganancias económicas. Pero nosotros, los jóvenes, estamos despertando y no los vamos a dejar salirse con la suya nunca más".

Son palabras que nos demandan un giro existencial. Una modificación radical dirigida a la acción. No obstante, cabe preguntarse por la viabilidad del reclamo, esto es, su posible incidencia efectiva sobre el poder real a fin de forzar el imprescindible cambio de actitud. Porque el pensamiento coyuntural es incompatible con las medidas que requiere la contención del cambio climático. Se necesita una mayor voluntad política, un espíritu combativo, un actuar colectivo comparable con las acciones que condujeron a la derrota del nazismo.

Los creíamos desconectados de la naturaleza, concentrados en sus pantallas, sin imaginar que esas mismas pantallas permiten a nuestros hijos unir fuerzas para salvar el mundo. Las redes sociales son el instrumento del que se valen para conectarse de una manera jamás imaginada con quienes comparten sus intereses.

Hay una magia singular en esas marchas: poseen al mismo tiempo algo de presagio y de euforia. Son una advertencia y un mensaje refrescante, que coincide con el que muchos adultos impulsan desde hace décadas. Son un llamado que debe conmover a quienes, abúlicos, solo esperan el próximo capítulo de su serie de Netflix o desacreditan el cambio climático por creerlo una nueva posición política adversa al desarrollo.

Me avergüenza lo que nos dicen estos jóvenes. Y despiertan en mí también una enorme esperanza.

Director Ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro

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