Éric Vuillard. Lo que pasó y lo que podría haber sido

Éric Vuillard, premiado autor de El orden del día
Éric Vuillard, premiado autor de El orden del día Crédito: Said Ansas
El francés Éric Vuillard explora hitos fundamentales del pasado en provocativas novelas que llevan a preguntarse por el presente
Federico Lorenz
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4 de julio de 2020  • 00:00

Confieso que estudié historia no por una voluntad crítica o explicativa, sino porque me gustan desde muy chico las buenas historias. Leerlas y contarlas. Durante mi formación aprendí acerca de las distintas escuelas historiográficas, los criterios del oficio para legitimar la disciplina. Más tarde, estudié y fui parte de las disputas públicas sobre el pasado; es decir, sobre los usos de la historia.

Pero la historia me sedujo por su forma narrativa. Entrené mi ojo para encontrar personas o situaciones que condensaran con intensidad el drama y las contradicciones de una época. Y bien pronto supe que es muy difícil escribir y honrar esa vitalidad que tiene la historia. Muchas veces los historiadores se han alejado de la narrativa, han mirado con suspicacia la ficción; los criterios de validación académica obligan a alejarse de ese espacio bullente donde historia y ficción confluyen.

Los libros de Éric Vuillard (Lyon, 1968) se ubican en ese espacio ambiguo, y en conjunto exploran la crisis del ideario que inauguró la Revolución Francesa. 14 de Julio narra los días previos y posteriores a la toma de la Bastilla; La Batalla de Occidente sobrevuela la Primera Guerra Mundial, mientras que El orden del día narra la alianza entre los industriales alemanes y Adolf Hitler y la posterior anexión de Austria.

Vuillard pone en juego lo que los lectores saben sobre esos acontecimientos del pasado, y propone ejercicios contrafácticos que no resuelve pero que funcionan como advertencia. Escribe, en vísperas de la reunión de Hitler con los empresarios alemanes: "La literatura, según dicen, lo permite todo. Por lo tanto, yo podría hacerles dar vueltas hasta el infinito en la escalera de Penrose, ellos jamás podrían volver a bajar ni a subir, harían siempre ambas cosas a la vez". Sugiere que podría haber impedido ese encuentro entre el dictador y los hombres de negocios; el lector sabe todo lo que sucedió después, y la sensación es abrumadora. Nos muestra a Lord Halifax, el primer ministro británico, alcanzándole su abrigo por error a Hitler, a quien confunde con un sirviente. Esa subestimación clasista, sugiere el relato, permitió que el nazismo creciera sin oposición. Llega el Anchsluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi: "El horóscopo del 12 de marzo fue maravilloso para los Libra, Cáncer y los Escorpio. En cambio, el cielo era nefasto para el resto de los hombres. Las democracias europeas opusieron a la invasión una resignación fascinada". Vuillard relee los datos y nos cuenta que en los días previos de la anexión de Austria en Viena "se produjeron más de mil setecientos suicidios en una sola semana. Muy pronto, anunciar un suicidio en la prensa se convertirá en un acto de resistencia".

Si bien se detiene en grandes protagonistas, a Vuillard le interesa la gente común. Los saqueadores del folie Triton, en abril de 1789 "querían hacer cantar a las lámparas de araña, querían bailar entre los velos, pero sobre todo, ansiaban saber hasta dónde se puede llegar, aquello que una multitud tan numerosa puede hacer". Muestra a los soldados que marchan en agosto de 1914 y dice: "Los pueblos se ríen cuando comienza su infortunio". Y traza el hilo invisible entre los acontecimientos, que cobran entonces un nuevo sentido: "Se transportó a miles de hombres en vagones de ganado, y aquello fue un ensayo de lo que tendría lugar tiempo después, a lo grande, y con otras ideas mucho más horribles en la mente".

La realidad se burla de los hombres: "Muy pronto sabrán que el deber, la patria, ¡en fin!, son un decir, historias que les cuentan para arrastrarlos lejos de sus casas [.]. Verán que su vida, ahora, no importa nada, que han prevalecido otros intereses muy distintos, que su vida entera ha sido requisada, vendida, arrojada a un gran sacrificio que no tiene la menor utilidad para ellos". Podría parecer cínico, pero no lo es. El escritor francés solo escribe y reconstruye la historia desde un presente sombrío: "Una jornada es un signo. Y los signos son ambiguos, contradictorios". Por lo tanto pueden ser reinterpretados, vueltos a narrar, en función de un presente sin respuestas.

Vuillard va y viene del presente al pasado. Desde lo que sabemos que pasó, a lo que podría haber sido. Eso lleva a preguntarnos también por el futuro, y esa es una de las formas más nobles y atractivas de sostener la vitalidad de la historia. En vísperas de la toma de la Bastilla, el futuro general Rossignol es solo un joven que recorre las calles de París, aunque "una suerte de melancolía o de desilusión le ensombrece la mirada, como si supiese que el final no será bueno, como si presintiese que el mundo seguiría otros derroteros, que sus esperanzas se verían defraudadas". Imposible no pensar en las reflexiones de Juan José Castelli en La revolución es un sueño eterno, la novela del argentino Andrés Rivera.

Por eso los textos de Vuillard entusiasman y perturban: porque instalan la pregunta por los proyectos truncos, por la victoria de los poderosos. El escritor juega con los sentimientos del lector y lo provoca. Hacia el final de El orden del día, regresa a las vísperas de la reunión entre los empresarios y el Führer; cuenta cómo seguirán con sus negocios después de la victoria aliada, y por eso invita a verlos en esa reunión, ese día: "Veámoslos esperar, el 20 de febrero, pausada, sensatamente, mientras el diablo pasa detrás mismo de ellos, de puntillas".

Ese tono acaso melancólico, desilusionado, no es de derrota. Si con su narrativa indaga en el pasado, Vuillard lo hace, también, para encontrar estímulos. En aquellos días de 1789, "los revolucionarios fueron gente muy joven, comisarios de veinte años, generales de veinticinco. Jamás ha vuelto a verse tal cosa. Y aquella juventud impaciente, el 13 de julio, fue incapaz de dormir. Ansiaban otro cuerpo, era menester abandonar la buhardilla, la piltra, y recorrer la ciudad con piernas de saltamontes". El novelista invita a escribir y reescribir la historia, tanto la pasada, como la que vivimos, y la que vendrá. "Cuentan que, al concluir la jornada del 14 de julio, llovió. No estoy muy seguro. Existe división de opiniones. Lo que es indudable es que hubo una lluvia de papel. Volaron toda suerte de archivos judiciales, registros, demandas no atendidas, libros de cuentas, que se vio planear, revolotear, depositarse en los tejados, en el barro, sobre los árboles, en los sucios fosos de la fortaleza [.]. Cuando el tiempo es demasiado gris, cuando el horizonte es demasiado mortecino, deberíamos abrir los cajones, romper los cristales a pedradas y arrojar los documentos por la ventana. Los decretos, las leyes, los atestados, ¡todo! Y todo eso caería, se vendría abajo lentamente, llovería sobre la calle. Y revolotearía en la noche, como esos papeles grasientos que, después de la feria, se arremolinan bajo el tiovivo. Sería bonito, y divertido, y regocijante. Los miraríamos caer, felices, y deshacerse, hojas volantes, muy lejos de su temblor de tinieblas".

Si escribimos sobre el pasado, es para encontrar lo que hay allí de vivo, los hilos invisibles que nos unen con proyectos truncos, con horizontes dejados atrás. No para revivirlos tal cual, sino para reinstalar la noción de posibilidad: "Nunca podremos saber, nunca sabremos qué llamarada recorrió los corazones, qué júbilo; tal vez podamos arder con el mismo fuego, pero no ese mismo día, no en ese mismo momento; podremos preguntar minuciosamente a las memorias, echar mano de todos los testimonios, leer todos los relatos, los periódicos, escudriñar los atestados, no encontraremos nada".

Vuillard opone la curiosidad vital a la ritualización, la pregunta a la cristalización del pasado. Y acierta. Lo que mantiene viva a la historia son las preguntas del presente. La pregunta es salvadora, no necesariamente por subversiva o revolucionaria, sino porque no permite que se queden quietas las cosas: "Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera tanto no volver a caer, que se agarra, gruta. A taconazos, nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas, Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves.

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