Lolita, en la era de los millennials

Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
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14 de julio de 2019  

En un artículo reciente en The Guardian, la escritora Sofka Zinovieff reflexiona sobre el "terremoto moral" posterior al #MeToo. La literatura siempre fue un campo de batalla para la guerra de los sexos, indica, pero hoy, eso es lo novedoso, el fuego cruzado se produce entre generaciones. Su inquietud no es casual. Zinovieff es autora de Putney, una suerte de Lolita contemporánea que cuenta la relación entre una adolescente y un hombre mayor y que, para su desconcierto, encontró múltiples obstáculos para llegar a la página impresa. Más de un editor se escudó en la mala impresión que la historia podía despertar en los nuevos lectores. ¿Puede ser que la mirada juvenil en materia de género y sexo, se pregunta Zinovieff, ejerza una nueva forma de censura que afecte la circulación del arte? Algunos diálogos con sus hijas prueban que la gente de edad madura tiende a la sobreactuación. La moralidad de los millenials no implica necesariamente un bobo puritanismo.

La pregunta sobre la supervivencia lectora de algunos clásicos es, contra todo, válida. ¿Podría publicarse hoy sin problemas Lolita, la novela original de Vladimir Nabokov? Hace un tiempo, mi hijo mayor (tenía entonces 17) la abandonó a medio camino, con repulsión por Humbert Humbert, ese pervertido europeo que, anclado en Estados Unidos, se obsesiona y persigue a una adolescente que, al comienzo de la novela, tiene apenas doce años.

Pero sería reduccionista tomar la anécdota como signo de los tiempos. Cuando leí el libro por primera vez, a su misma edad, la repulsión fue idéntica. Solo mucho después, ya bajo el sortilegio de otras novelas de Nabokov, pude abordar desde otro ángulo esa obra definitivamente incómoda, pero única.

A su manera la literatura es una suma de malentendidos. El más inquietante de Lolita surge de la propia novela. La voz cantante la lleva una primera persona narcisista y cruel, pero está escrita con un virtuosismo insólito, jactancioso. La contradicción es obvia: lo que se cuenta es sórdido; el modo en que se narra, un placer. Basta recordar el repiqueteo musical del inicio (en inglés: "Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth") para entrever el doble juego.

Nabokov creía en el valor simbólico y lúdico de la ficción. No eligió el argumento con inocencia, pero debía interesarle menos que aquel contraste. En su momento cierta crítica imaginó que Lolita representaba los encantos de unos Estados Unidos cándidos frente a la decadencia europea. Las alegorías no son buenas, pero tal vez sí sirva otro contrapunto: considerar que el floreo estilístico era la manera que encontró Nabokov, ruso en el exilio, para subrayar que, a pesar de haberse pasado al inglés y vivir como universitario norteamericano, seguía siendo inevitablemente europeo, un anacronismo. Años después, en Pnin, triste y cómica, reflejaría ese malestar por otros medios.

Otro malentendido, que excede a Lolita, es considerarla –sin haberla leído– una obra erótica. Bautizar como Lolita a cualquier modelo precoz es una peligrosa extensión de ese imaginario banal. Hay pocas escenas más desoladoras en la literatura que aquella cercana al final, cuando después de perseguirla por buena parte de Estados Unidos, el predador da con Dolores (el nombre completo del personaje), casada, pobre, embarazada, con su vida arruinada por un único culpable.

El ambiguo éxito de Lolita dejó en la sombra, por lo demás, que para Nabokov fue una odisea encontrarle editor y que el libro nunca dejó de ser polémico. Lo publicó en 1955 la parisina Olympia Press, un sello de reputación dudosa que contaba en su catálogo con Henry Miller, otro provocador sobre el que nadie parece preguntarse si sería publicado hoy. De eso último –que nadie se pregunte por Miller– ningún millennial tiene la culpa. Tampoco si alguna vez Lolita deja de leerse. Cuando a Nabokov le preguntaron sobre el futuro de sus libros, se imaginó con humor que un siglo después alguien abriría las páginas de un diario y lo encontraría, junto a un escritor desconocido:, en una frase: "Hoy ya nadie lee a Nabokov o Fulmerford". Sabía bien que los clásicos reviven en cada relectura y que, a veces, también pueden llegar a morir.

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