Los primeros pasos de Donald Trump en política exterior

Emilio J. Cardenas
Emilio J. Cardenas PARA LA NACION
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23 de febrero de 2017  • 01:38

Donald Trump está instalado en la presidencia de su país. Con el timón firmemente en sus manos y su peculiar estilo. De cara a su pueblo ciertamente, pero también frente al mundo exterior. Es hora de hacer un rápido primer análisis de lo que parecería estar sucediendo en ese capítulo particular de su gestión.

Lo primero que luce evidente es que el nuevo presidente norteamericano, como sucede con todos, ha sido golpeado por la realidad. Era inevitable. Ocurre que el mundo no es unipolar y nadie impone su voluntad sobre la de los demás.

Lo sucedido con China así parece sugerirlo. Luego de un imprudente desafío inicial (al tomar la temprana llamada telefónica de la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen) Donald Trump ha terminado teniendo que confirmar -por escrito- que su administración mantendrá inalterada la posición norteamericana de los últimos 44 años, la edificada sobre la noción de “una (sola) China”.

Esto ocurrió, cabe destacar, a pedido del presidente chino, Xi Jinping, formulado a la manera de condición precedente a participar en la que fuera la primera conferencia telefónica entre los presidentes de los dos países más poderosos del mundo. Al comentar lo sucedido, los comunicados del gobierno chino destacaron que el reconocimiento norteamericano significa que el presidente Trump advierte “la gran importancia que tiene para el gobierno norteamericano respetar esa posición”.

Cabe recordar que el nuevo Secretario de Estado, Rex Tillerson, al tiempo de su confirmación ante el Senado de su país, se había pronunciado -también por escrito- a favor de mantener inalterada esa posición.

La conversación telefónica con Xi Jinping fue precedida por otras veinte mantenidas por Donald Trump con otros Jefes de Estado. Ella, además, tuvo lugar justo antes de que Donald Trump recibiera la visita oficial de Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, organizada con una extensión, pompa y cordialidad personal muy particulares. Extraordinarios, más bien. Más aún, sugestivos respecto de la intención de continuar privilegiando una relación bilateral que es clave para los EEUU e incluye el compromiso de defenderse recíprocamente.

Algo parecido, en el sentido de virar en dirección a la prudencia, sucedió asimismo respecto de Israel. En efecto, pese a sus expresiones previas de apoyo sin retaceos a Israel en su conflicto con los palestinos y de admiración hacia el primer ministro Benjamín Netanyahu, ante la decisión israelí de expandir aceleradamente los llamados “asentamientos” el presidente norteamericano expresó que, en su criterio, ampliarlos “no era algo bueno para la paz”. Lo hizo luego de conversar sobre el tema con el Rey Abdullah II, de Jordania. No obstante, en su primera reunión con Benjamin Netanyahu, Donald Trump confirmó que el gobierno norteamericano ya no insiste en la solución de “los dos Estados” y que puede vivir con otras alternativas si israelíes y palestinos las endosan, lo que no será sencillo. De ese modo, en este tema no sólo abrió una Caja de Pandora, sino que descolocó a los palestinos.

Con relación a Irán, la realidad ha sido también distinta a las posiciones asumidas durante la campaña. Revirtiendo su dureza, Trump abrazó la prudencia al confirmar que no intentará reescribir el acuerdo alcanzado por la comunidad internacional con Irán referido al peligroso programa nuclear iraní. Lo que no significa que se condonarán las provocaciones iraníes, ni se ignorarán sus conductas. En rigor, a la inmediata provocación de los nuevos ensayos iraníes con misiles de mediano alcance, la administración Trump respondió, instantáneamente, imponiendo al país de los persas una panoplia de nuevas sanciones económicas. Ocurre que los generales que el presidente Trump ha convocado a trabajar en su derredor mantienen una posición de desconfianza respecto del proceder de Irán y tienen claro cuáles son los peligros inmediatos que la visión del mundo y el andar de la teocracia suponen para la paz.

Respecto del terrorismo y las restricciones migratorias, la reacción inicial de Trump se ha topado, como cabía suponer, con los límites que los tribunales judiciales de su país han fijado y continuarán fijando respecto de la necesidad de mantener el estado de derecho, sin concesiones. No obstante, está meridianamente claro que combatir sin descanso al terrorismo fundamentalista islámico es una de sus prioridades centrales. Sin precipitarse, como lo sugiere su cuidadosa revisión de los planes de la administración precedente para la recuperación de Raqqa, que Donald Trump consideró poco eficaces y dejó de lado.

Frente a la compleja realidad actual de Europa, Trump seguramente pondrá a disposición de Gran Bretaña la posibilidad de un rápido acuerdo de libre comercio, en procura de mitigar los daños derivados del error que supone el llamado “Brexit”. Pero ha debido escuchar las quejas contra su intervencionismo provenientes de los países que conforman la columna vertebral de la Unión Europea y creen en ella. Y, por ahora, ha cerrado la boca.

En línea con las acciones referidas, Donald Trump ha dejado de insistir permanentemente en la necesidad de construir un muro entre su país y México y acordado sensatamente con su colega mexicano analizar la cuestión fronteriza en un ámbito reservado. No obstante, su disparatada ofensiva parece haber generado un clima de frialdad -y hasta de prevención- que se ha extendido por la región toda. Más allá de México, país con el que América Latina se ha solidarizado. Y –en México- ha vuelto a proyectar al izquierdista Andrés M. López Obrador como temprano favorito en la elección presidencial mexicana del año próximo.

Con relación a Venezuela hay, en cambio, una señal de endurecimiento con el chavismo, exteriorizada por la temprana reunión del presidente Trump con Lilian Tintori con la presencia del senador Marco Rubio y por los llamados reiterados a la inmediata liberación de su marido, el líder opositor Leopoldo López y demás presos políticos.

En esto Trump ha escuchado las opiniones de algunos líderes de la región, incluyendo al presidente argentino. Las sanciones al vice-presidente Tareck El Aissami por su relación con el narcotráfico confirman que el tema venezolano se enfrenta con frialdad.

La realidad está evidenciando –como se ha visto- que, en materia de política exterior, Donald Trump está de algún modo recalibrando sus posiciones de campaña, demasiado duras y osadas.

En todo esto, la influencia del nuevo Secretario de Estado ha sido moderadora. Como también lo han sido las opiniones del sereno Secretario de Defensa, Jim Mattis. Dos hombres importantes, que seguramente equilibrarán el andar de la administración norteamericana.

El estilo personalista de Donald Trump mantiene –no obstante- su vigencia. Como lo demuestra el rechazo a la designación, como segundo del Departamento de Estado, de Elliot Abrams, solicitada por Rex Tillerson y vetada por el presidente Trump. Lo que está en línea con su criterio de que quienes hasta ayer osaron criticarlo, hoy no pueden aspirar a protagonismo alguno en su administración. Donald Trump, pese a todo, no trata de imponer a toda costa sus candidatos. Prueba de ello es que está respetando la oposición de Rex Tillerson a la designación del conservador John Bolton como número dos del Departamento de Estado.

La sensación es que, pese a su antagonismo con la política de Barack Obama, el presidente Donald Trump está siendo cauto antes de cambiar los rumbos importantes en política exterior. Esto es lo que suponen declaraciones como las de la nueva embajadora ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, cuando anunciara que el levantamiento de las sanciones que pesan sobre Rusia debe estar precedido por el cese de sus acciones desestabilizadoras en Ucrania y por el retiro de las tropas rusas que hoy están estacionadas en Crimea.

Hay un tema preocupante. El que forzara la renuncia de Michael Flynn a su cargo en el Consejo Nacional de Seguridad, porque alimenta las sospechas de contactos intensos, en el 2016, entre el equipo de campaña de Trump y los servicios de inteligencia rusos. Cuestión delicada en extremo, que ha comenzado a proyectar un nivel de ansiedad que recuerda a Richard Nixon, cuyos engaños derivaron en el caso Watergate, que sacudiera al país del norte en los 70. La relación con Rusia está ahora en el centro mismo del radar de quienes, por la razón que fuere, siguen de cerca la política exterior de Donald Trump.

A modo de síntesis: no estamos –queda visto- frente al vendaval incontrolable que algunos creyeron que Donald Trump iba a desatar sobre el mundo. En política exterior el caos y el desconcierto son, por ahora, bastante menores que en materia doméstica.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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