Los que disfrutan de dar órdenes
Desde chicos sabemos que una de las experiencias más insoportables que nos toca vivir es la de recibir órdenes. Bajo el yugo familiar, escolar o laboral, padecemos el imperio ajeno con semblante impávido, en parte porque también está probado que a la desobediencia le puede seguir algo peor que las órdenes.
La sumisión es una especie de moda que vuelve (como cuando se dice "se impuso la moda de los guantes blancos"), en ocasiones de la mano de gobiernos autoritarios o Estados en los que una creencia religiosa o política intenta prevalecer sobre otras. En una orden siempre habita un modo de ver el mundo.
En esos retornos al orden que una voz interior nos dice que hay que tolerar, las salidas nocturnas nunca están bien vistas. La noche es, para las mentalidades que aman el orden, un territorio prohibido o peligroso. Están mal vistas, sobre todo si los que salen son los demás y no el que reparte las órdenes.
Una pareja de amigos chilenos visitó Buenos Aires hace semanas y una noche quiso salir a divertirse. Ya habían comprado discos y libros, habían ido al teatro y asistido al coreográfico tránsito porteño. Esa noche los dos se habían vestido para la ocasión con lo mejor que habían traído en la valija y esperaron que pasara la medianoche para poner un pie en la calle.
La primera orden que recibieron se las dio un "patovica" a la entrada de un boliche en Puerto Madero. Primero había que hacer una fila, después guardar los celulares; las damas debían abrir las carteras y los caballeros, bajar la cabeza (el signo favorito de sumisión de los que dan órdenes). Pero también antes de entrar en el boliche, dos agentes de la Policía Metropolitana les hicieron preguntas. Era como el aburrido ensayo de una obra teatral repetida una y otra vez en ciudades de América Latina. ¿De dónde venían, qué vínculo los unía, hasta cuándo se quedarían en Buenos Aires?
De vuelta al hotel, uno de ellos tuvo la descabellada idea de fumarse un cigarrillo por la avenida Córdoba, semivacía a esa hora de la madrugada de domingo. De nuevo los policías en acción se acercaron, les hicieron preguntas sin dejar de olfatear el aire alrededor, suspicaces por el acento extranjero (para mí tan simpático) de los nacidos en el país de Roberto Bolaño. En las mentes policiales, vistan o no uniforme, el extranjero siempre es uno de los principales sospechosos. ¿De qué? De intentar alterar el Orden.
A ese Orden sobrenatural, abstracto e ideal de los que quieren controlar las vidas de los demás, les parece censurable lucir una minifalda, fumar de noche, usar gorrita o reírse a las carcajadas en el espacio público. No les alcanza con que los otros vivan la vida sin molestar a los demás. Para ellos es preciso dar órdenes, impartir consignas y, por qué no, decretar el modo correcto que la existencia debe asumir, al menos en la superficie la ciudad. Aún hoy, desobedecer esas órdenes tiene, lamentablemente, sus perjuicios.









