El futuro de Europa es el pasado
Parte de las imposturas de la contemporaneidad consiste en que se llena la boca con invocaciones a las tradiciones, los ancestros y el pasado, pero, en las acciones, nadie sabe exactamente de qué está hablando. Lo hacen los artistas, aunque son algunos políticos quienes triunfan como los campeones de la amnesia disfrazada de recuerdo. Se invocan nombres antiguos de prestigios perdidos.
"La arqueología de la obra de arte", el primer ensayo de Creación y anarquía (Adriana Hidalgo), el último libro del filósofo italiano Giorgio Agamben que salió en castellano, se ocupa precisamente de ese olvido de lo que se dice recordar. En honor a la verdad, se ocupa de muchas otras cuestiones, en un arco que solo Agamben puede recorrer con la facilidad y la felicidad de un tobogán, que va de Aristóteles a Marcel Duchamp. Pero eso sería otra historia, otra columna.
Agamben cita al filósofo y espía soviético Alexandre Kojève, para quien el Homo sapiens había alcanzado el final de su historia y no tenía más que dos posibilidades: la animalidad poshistórica del American Way of Life o el esnobismo de la ceremonia del té japonesa, privada de significado histórico. Como todo marxista radical, Kojève iba un poco lejos: a la banquina. La posición de Agamben es más concreta y, a la vez, más ilusoria. Confía en que Europa podría ofrecer la alternativa de una cultura que se mantiene humana y vital incluso después del fin de la historia, porque es capaz de enfrentarse con su propia historia y conquistar una nueva vida. El futuro de Europa es, más que nunca, su pasado
Nos dice entonces: "La crisis que Europa está atravesando no es un problema económico, sino una crisis de la relación con el pasado". La conclusión es simple; tan simple y sin embargo tan compleja: el presente es el único lugar donde el pasado puede vivir. En eso no podemos más que estar de acuerdo. Somos nosotros, quienes vivimos en el presente, los que aseguramos que el pasado no se extinga. No muchos se dan cuenta de semejante responsabilidad.
Pero hay más que eso, queda otra pregunta: ¿cuál es ese lugar privilegiado del presente en el que vive el pasado? Agamben no duda: la obra de arte. La pregunta siguiente se impone con la fatalidad de un efecto dominó: ¿cuál es el lugar del arte en el presente? La interrogación tiene un doblez insidioso: preguntarse por el lugar de la obra de arte en el presente conlleva nada más y nada menos que la interrogación sobre el lugar del pasado en el presente.
Esto es verdaderamente serio porque sin ese pasado no seríamos (o Europa no sería, en la perspectiva de Agamben) lo que somos. No es ninguna novedad. Aristóteles había dicho ya que la poesía era más filosófica que la historia. Pasado vulgarmente en limpio, quería decir que había más verdad en el arte que en las peripecias políticas de la historia. El arte es el presente porque mira al pasado y mira a la eternidad.
Los otros días, un alumno de mis clases de Estética me preguntó si todavía tenía validez la pretensión romántica de que el arte nos ponía en relación con una instancia (pónganle el nombre que prefieran) que no era del todo de este mundo. Contesté que no. Pero que, de todos modos, no podía aceptar que el arte no se dirigiera a algo que no fuera él mismo, ya sea el pasado, el futuro o la eternidad. Acaso Agamben no estuviera de acuerdo, pero eso no tiene la menor importancia porque no estaría escribiendo estas líneas si no fuera por él. En fin: pensar consiste en no someterse a una noria.
La industria del arte contemporáneo trató de convencernos de que no había pasado, o que el pasado aligeraba el presente, en lugar de concluir que lo volvía más espeso, oscuro. Para Agamben, los museos del arte contemporáneo son "templos del absurdo". ¿Cuál es el absurdo? El engaño de creer que podemos vivir sin pasado. Es el huevo de la serpiente de la crisis y la tragedia. Europa tiene reservas. ¿Pero nosotros?










