La escuela, esa terca usina de igualdad
"Que tu sur sea mi norte": letra cursiva, marcador negro, pulso adolescente. "Que tu sur sea mi norte", y cómo no pensar en Joaquín Torres-García y aquel dibujo de principios de la década del cuarenta. América invertida; el vértice de la Patagonia apuntando hacia un cielo que era norte y que era apuesta, imaginación, entusiasta desmarcarse de lo que inevitablemente parecía dado.
Pero no presenciamos aquí ninguna recreación de los viejos modernismos (aunque su espíritu se sienta fuerte) ni estamos en el Uruguay de Torres-García, sino en un aula de la escuela de educación media Manuel Mujica Lainez, en Villa Lugano. Un grupo de chicas trabajan sobre un mapa de la ciudad de Buenos Aires. Un mapa dado vuelta con toda intención, donde aquello que es el sur para los otros, es el norte de ellas: arriba, visible, listo para ser captado al primer golpe de vista, su territorio -Barracas, Patricios, Lugano-, y, coronándolo, la frase cuya caligrafía delata algo que es más que un simple juego.
La escena forma parte del documental La escuela contra el margen, que se proyectará todos los jueves de este mes en el Centro Cultural de la Cooperación. Y es uno de los momentos en los que mejor se plasma eso que la película busca registrar: un año de trabajo pedagógico que durante 2015 se abocó a reflexionar sobre identidad y memoria urbana.
Uno de los logros del film es que los chicos realmente parecen haber olvidado la existencia de las cámaras. Se los ve explosivos, radiantes aun en sus gestos de dejadez, intensos aun en la hosquedad, tremendamente hermosos y caóticos y genuinos.
Trabajo de aula. De eso se trata, eso se filma y a eso se aboca Florencia, la docente: pura energía y paciencia; un prodigio de lucidez para afrontar los momentos difíciles, una artista del diálogo con unos pibes que de a ratos podrán parecer díscolos, pero siempre son pibes. Trabajo de escuela. Porque la Manuel Mujica Lainez no está emplazada en una zona sencilla. Próxima al Parque Indoamericano, aglutina a una población que aún muestra las heridas de lo ocurrido en diciembre de 2010. A la escuela van chicos que viven en barrio y chicos que viven en villa; hijos de argentinos e hijos de inmigrantes; familias acuciadas por las tensiones entre las distintas comunidades de la zona, tanto como por vivir en una ciudad que no siempre les muestra su rostro más amable. Hasta allí, el sustrato; luego -y es precisamente aquí donde pone el acento el documental-, el trabajo docente.
Son pinceladas; pequeños momentos a los que asistimos a través de la mirilla que nos ofrece una cámara. La profesora que intenta hacerse oír en medio de la inextinguible marea de auriculares y celulares. La voz que no se exaspera; el gesto de quien acumula millas y millas de capacidad de negociación: "Bueno, pero el auricular en un solo oído; con el otro, escuchanos". El aliento para el alumno tímido que no se anima a mostrar la voz, los chipás caseros para compartir entre todos; la aprobación de un texto, breve y al pie: "Ritmo, un par de conectores lógicos, y está".
Hay que poner el cuerpo, hay que poner ganas. Hay que nadar contra corrientes que no por conocidas resultan menos agobiantes.
Reunión del equipo docente. El director informa que hubo un tiroteo entre jóvenes de dos barrios cercanos a la escuela. Hay preocupación; algunos reconocen tener miedo. Pero al día siguiente allí estarán. En el aula, en el festejo del Día del Estudiante, en los talleres. Y a poner el cuerpo, y a brindar palabra, y a ofrecer escucha.
Diego Carabelli y Lisandro González Ursi, los directores, musicalizaron el documental con composiciones de la Orquesta Juvenil Violeta Parra, de la escuela 6 de Barracas. Una decisión coherente. Como para que palabras, acciones y sonidos se abracen entre sí. Y todos se sepan parte de esa terca usina de igualdad que sigue siendo la escuela pública.










