¿Morir quemado o ahogado?
La marcha hacia las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo 8 de noviembre ingresa en sus últimas fases. Este mes tendrán lugar las convenciones nacionales de los dos partidos tradicionales que compiten en ella. La del Partido Republicano, desde el 18 al 21 de julio próximos. La del Partido Demócrata, el 25 de julio. En la convención republicana puede, eventualmente, haber alguna sorpresa. En la de los demócratas, no. Luego de ellas vendrán los debates entre los candidatos presidenciales, a partir del 26 de septiembre. Enseguida, la votación de noviembre y, finalmente, la toma de posesión del nuevo mandatario, prevista para el 20 de enero de 2017.
Las encuestas reflejan la evidente incomodad del electorado del país del norte con sus dos candidatos. La más reciente, realizada conjuntamente por el diario Washington Post y la cadena ABC a fines de junio, sugiere que dos de cada tres encuestados cree que Donald Trump no reúne las condiciones necesarias para liderar a su país; que sus inusuales comentarios sobre las mujeres, las minorías y los musulmanes denuncian sus prejuicios; y que sus ataques a un juez californiano de origen mexicano -que decidirá un caso que tiene que ver con Donald Trump- evidencian perfiles racistas.
A lo que se agrega que más de la mitad de los encuestados además desaprueba la forma, muy poco cuidadosa, en la que la candidata demócrata, Hillary Clinton , utilizó en el pasado sus herramientas electrónicas personales, manejando desaprensivamente información delicada, cuando se desempañara como Secretaria de Estado de su país. Y la tacha duramente, de poco honesta y no confiable.
Por esto precisamente lo de “morir quemado o ahogado” en el título de esta nota. Los dos candidatos presidenciales despiertan una fuerte desaprobación. Por razones distintas, pero es así. Por esto no sorprende que Patrick Healy, desde las columnas del New York Times, afirme que “nunca dos candidatos presidenciales han sido tan impopulares” en el país del norte. En toda su historia.
En estos momentos, la Sra. Clinton parecería tener un liderazgo relativamente importante sobre Donald Trump, cuando de computar las intenciones de voto se trata. Tiene un 51% de respuestas a su favor, contra apenas un 39% a favor de Donald Trump, cuya campaña ha sido -y sigue siendo- una sorprendente serie de aventuras diarias vividas al compás de un rosario de pronunciamientos deplorables sobre las más diversas materias. Ocurre que su temperamento arrogante, con frecuencia desafiante y su perfil narcisista le impiden aparecer como político creíble.
Los dos candidatos presidenciales despiertan una fuerte desaprobación. Por razones distintas, pero es así
En su propia interna, Trump ha derrotado en el camino a otros candidatos republicanos sin mayor estatura, ni coraje. Como fueron Ted Cruz o Marco Rubio. Y allí está ahora, como el potencial candidato de su partido. Los republicanos no cambiaron, ni moderaron, a Trump. En rigor, es el magnate inmobiliario quien parece haber cambiado a muchos de los republicanos. Lo que no es para celebrar, naturalmente.
Por lo demás, tan solo el 8% de los afiliados demócratas que en su momento apoyaran al socialista Bernie Sanders dice hoy que podría votar a Donald Trump, antes que a Hillary Clinton. Poco y nada.
Cabe señalar que entre los votantes blancos, el 50% apoya a Trump y el 40% a Hillary Clinton. Pero todo es muy distinto cuando se evalúa lo que sucede entre todos los demás posibles votantes, donde Hillary Clinton reúne el 77% de las preferencias y Donald Trump sólo un triste 15%.
Ese amplio liderazgo de la Sra. Clinton, de concretarse en las urnas, podría tener una consecuencia gravísima para los republicanos, como sería la pérdida del control parlamentario que hoy detentan.
En las últimas semanas, Donald Trump ha evidenciado -en el capítulo de la política exterior- que padece de una extraña fascinación por algunos personajes autoritarios. Como Saddam Hussein, al que ha ponderado por su intransigencia respecto de los terroristas, sin que siquiera parezca conmoverlo el hecho de que el tirano iraquí haya utilizado armas químicas contra su propio pueblo. Algo parecido quizás lo mueve a ponderar con rara frecuencia a Vladimir Putin, cuyas amenazas e intimidaciones hoy preocupan profundamente a Europa toda y a la propia OTAN. Así como al aislado dictador norcoreano, Kim Jong Un, al que la administración de Barack Obama ha sancionado hace pocos días, por sus terribles y continuas violaciones de los derechos humanos de sus conciudadanos.
Ese inusual perfil de Donald Trump no es necesariamente nuevo, desde que hace ya algunos años se refirió a la masacre de la plaza Tianamen como ejemplo del “poder del uso de la fuerza”.
Para complicar aún más las cosas, es evidente que los graves episodios recientemente sucedidos en Louisiana, Minnesota y Texas han reavivado tensiones raciales que parecían pertenecer al pasado. Por ello los Estados Unidos se han llenado de angustia y preocupación. Lo que repercutirá sobre la campaña electoral en curso.
De pronto las fisuras raciales de fines de los 60 han reaparecido. Me refiero a las que, en 1968, inflamaran a las protestas en Watts, Detroit y Newark. Ante ellas, los dos candidatos suspendieron momentáneamente sus campañas. En más deberán extremar la precaución para evitar encender el ambiente con tonos y dichos equivocados. Particularmente Donald Trump, quien deberá cuidarse especialmente ante una situación social peligrosa, que ha vuelto a poner de manifiesto resentimientos y pasiones, cuestiones no atendidas debidamente.
Parece claro que ni las discriminaciones ni el racismo no han muerto en el país del norte. El desafío ahora es el de restablecer y mantener la confianza en una sociedad en la que muchos no se sienten seguros. Ni en sus casas, ni en sus calles.
Barack Obama, el primer presidente de color de la historia norteamericana, lo comprende y procura afanosamente restablecer la calma. Los dos grandes protagonistas de la campaña electoral en curso deben unirse -con tino- a esa labor. Para un país dividido, esto puede no ser simple, pero es urgente. Porque la nación norteamericana toda se ha asomado a un nuevo punto de inflexión, cuando de vivir tranquila se trata. Es claramente hora de unir desde la sensatez y no de separar desde el cálculo político. Lo que supone no electrificar a la gente, sino calmarla y tratar de curarla con una prédica de respeto que edifique paz y confianza.
El autor es ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas








