
Omnipotencia, impotencia y potencia
El límite que uno se impone a sí mismo es la base que nos permite ponerles límites a los demás. Es decir, que todo límite es bidireccional: se inicia conmigo, para luego poder explicitarlo a los demás.
El límite no limita; el límite libera. El pintor toma la tela y sabe que dentro de ella es ilimitado; pero, por afuera de la tela, no pinta. Esto significa que el límite me permite negociar, liberar mi potencial y desplegar mis capacidades.
Hoy en día el límite tiene un marketing negativo y se lo suele confundir con la limitación o el autoritarismo. De allí, que muchos desarrollen rasgos psicopáticos y vivan cualquier límite con una gran frustración que los impulsa a rebelarse y transgredirlo.
Cuando tengo un mal manejo de mis límites, experimentaré dos distorsiones:
- 1. La omnipotencia. Cuando sé qué puedo o qué no puedo, me resulta más fácil ponerle límites al otro. Aquellos que tienen dificultades para decirle que “no” a alguien, en el fondo, también la tienen para decírselo primero a sí mismos. La conducta omnipotente consiste en: “Yo todo lo puedo y todo lo sé, no necesito de nadie”; “no necesito del médico”; “no necesito de tu ayuda, lo que decís no tiene sentido”. También en conductas más del tipo “Superman”, como el adolescente que usa el coche del padre y conduce a 120 kilómetros por hora. No busca transgredir el límite, sino encontrarlo; pero cuando lo hace, ya es demasiado tarde. La omnipotencia puede presentar rasgos narcisistas: “Yo todo lo puedo y no te necesito”; o más de corte afectivo: el clásico sobreprotector que dice: “Yo me encargo de todo porque vos no sos capaz, pero yo sí”. Dicha actitud sería una versión afectiva de la omnipotencia. A mucha gente con conducta omnipotente el límite se lo fija su propio cuerpo. Es así como algunos desarrollan enfermedades físicas. Aquellos adictos al trabajo son personas que no tienen su propio límite. Para seguir manteniendo la conducta omnipotente, que tarde o temprano su propio cuerpo les recordará, muchos necesitan recurrir a determinadas sustancias tóxicas.
- 2. La impotencia. Cuando desconozco mis fortalezas y mis debilidades, me vuelvo impotente. El lema de la persona aquí es: “No puedo, no sé”. Es aquel que necesita desesperadamente determinadas sustancias, las compras compulsivas, las redes sociales (las cuales se convierte en una adicción) o el alcohol, para enfrentar una situación difícil. Por ejemplo, el joven que necesita emborracharse para poder hablarle a alguien o tomar excesivamente para divertirse.
- 3. Conocer mis propios límites. Cuando puedo pararme en lo que sé y en lo que no sé, soy consciente de mis debilidades y me vuelvo fuerte. Solo la gente segura tiene la capacidad de mostrar sus debilidades sin temor y expresar: “No sé, enseñame; no puedo, ayudame”. También de delegar tareas y de pedir ayuda. La razón es que conoce bien sus límites, sus limitaciones y sus fortalezas.
Dos maneras de establecer límites sanos son:
- 1. Con tranquilidad, porque cuando lo hacemos enojados y soltamos frases como: “te lo dije mil veces”, llegamos tarde. El límite debería llegar siempre antes de que se presente una determinada situación, con calma y alegría.
- 2.Sin cansancio, porque cuando estamos cansados, nuestro cuerpo nos recuerda la necesidad de descansar y de poner un límite.
Un niño, para quien en su casa todo es “sí” (luz verde) o todo es “no” (luz roja), no podrá aprender a ponerle límites a su propia vida y seguramente tendrá graves dificultades para convivir y desarrollar su potencial.
Así como el jardinero poda la planta y no siente ni culpa ni dolor, desarrollar el hábito de fijar límites con firmeza y seguridad es un elemento necesario para nuestra salud mental.
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com






