Pandemia: los conflictos del día después

Juan Gabriel Tokatlian
Juan Gabriel Tokatlian PARA LA NACION
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14 de abril de 2020  • 13:37

El 23 de enero de 2020 el Bulletin of Atomic Scientists, la revista científica más reputada en la materia, adoptó una decisión no vista desde que, en junio de 1947, incluyera el llamado Doomsday Clock: el "Reloj del Juicio Final" o "Reloj del Apocalipsis". En ese momento, bajo el calor de la incipiente Guerra Fría y como advertencia sobre los peligros en ciernes, esa publicación ilustró con un reloj la eventualidad de una confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética y ubicó la manecilla a 7 minutos de las 12; que es la hora fatal. En 1991, al terminar la Guerra Fría, y en medio de lo que se proclamaba entonces como el florecimiento de un promisorio "nuevo orden" liderado por Occidente, la manecilla estuvo a 17 minutos de las 12. Las tensiones crecientes entre naciones poderosas, la persistencia de distintas pugnas regionales sin solución previsible y la ausencia de iniciativas fecundas y cooperativas ante los múltiples y graves problemas globales, llevó a que en 2016 la manecilla se ubicara a escasos 3 minutos de las doce y, a que, en 2018, llegara a 2 minutos de las 12.

Hoy, con el estallido y expansión de la pandemia del coronavirus, la publicación determinó que la manecilla está a sólo 100 segundos de la catastrófica hora. Y es que, a mi entender, al menos en el corto plazo, la pospandemia no derivará en un replanteamiento sustantivo y progresista de las relaciones internacionales. Más aún, es probable que se exacerben tensiones y contradicciones vigentes y que ingresemos a un escenario muy delicado, no ya volátil en lo económico e inestable en lo político, sino profundamente turbulento y potencialmente descontrolado en múltiples niveles y ámbitos. Si este sintético diagnóstico es verosímil, entonces me parece más sensato contemplar la necesidad de diversas estrategias de control y reducción de daño en los planos nacional, regional y mundial. En breve, evitar más conflictividad.

Una prioridad en el plano internacional debería ser eludir la tentación de perpetuar el uso la fuerza y abrir más frentes de disputa. Los estudiosos de la guerra advierten sobre un problema habitual: los errores de percepción. Antes de la Primera Guerra Mundial, varias naciones europeas estaban insatisfechas con el balance de poder existente y muchos estrategas civiles y militares estaban persuadidos de que si se iniciaba un conflicto armado éste sería breve. Esa sangrienta guerra duró cuatro años y produjo más de 15 millones de muertos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, se subestimó el poderío militar alemán y se sobrestimó la vulnerabilidad de la economía en Alemania, se creyó que Hitler podía ser apaciguado y que Francia resistiría un ataque relámpago del Führer. Pero esa guerra fue brutal y produjo una cifra media de 60 millones de muertos. No es inusual que los líderes confundan las capacidades y las intenciones de las contra-partes antes de una confrontación, lo que conduce a que los países entren, en lo que Clausewitz llamó, la "niebla de la guerra", que es siempre incierta, creyendo que han hecho un cálculo acertado y que la victoria está al alcance.

En tiempos más recientes, Estados Unidos atacó y ocupó Afganistán (2001) e Irak (2003) con la estimada certeza de una victoria militar sencilla ante oponentes débiles y confiado de que significaría una victoria política que le permitiría moldear el destino de ambos países. Fue sin duda sencillo derrotar a Saddam Hussein y al mullah Omar en el campo de batalla, pero Washington terminó en dos pantanos que comprobaron, una vez más, que el poderío bélico no se traslada automáticamente a resultados políticos seguros. Después de gastar US$ 6,4 billones de dólares y con aproximadamente 801.000 personas muertas, el error de percepción es elocuente.

Hay cuestiones adicionales a tener en cuenta tanto en el plano mundial como en el regional. La literatura señala que hay, al menos, dos tipos de acciones militares imprevistas. Por un lado, el ataque oportunista en el que un país aprovecha que un vecino atraviesa una situación de debilidad y lanza una ofensiva armada que procura darle una ventaja y, eventualmente, un beneficio. Por otro lado, el ataque distractor en el que un país sumido en una profunda crisis interna recurre a la confrontación externa para distraer a la opinión pública y alcanzar algún dividendo político doméstico. Hay muchos "puntos calientes" alrededor del mundo—incluido América del Sur en el vértice Colombia-Venezuela--que podrían ser objeto de alguno de esos tipos de ataque y que, a su vez, podrían involucrar grandes potencias nucleares.

De hecho, en el terreno nuclear, la no proliferación está seriamente debilitada; en gran medida por el comportamiento de los poderes nucleares. Como lo dijo en febrero de este año la Representante de la ONU para Asuntos de Desarme, Izumi Nakamitsu, "las relaciones entre estados, especialmente estados con armas nucleares, están fracturadas. El espectro de la competencia nuclear sin restricciones se cierne sobre nosotros por primera vez desde la década de los setenta. Los conflictos regionales con una dimensión nuclear están empeorando, y los desafíos de proliferación no están disminuyendo".

En ese marco es esencial que Moscú y Washington reinicien las conversaciones en materia de desarme; en especial respecto a la extensión del Nuevo Tratado de Reducción de Nuevas Armas Estratégicas,que expira en febrero de 2021 y que es el único instrumento bilateral existente para limitar el armamento nuclear. En la actualidad Estados Unidos posee 5800 ojivas nucleares y Rusia 4310 según el Bulletin of Atomic Scientists: entre ambos poseen el 90% del arsenal nuclear del mundo.

Por último, las grandes potencias han tenido un papel gravitante en la fenomenal crisis del multilateralismo; un ámbito clave para contener la arbitrariedad de los poderosos, alcanzar algunos consensos y propiciar acciones coordinadas. El uso instrumental de la llamada Responsabilidad de Proteger ha derivado en una parálisis total del Consejo de Seguridad como lo muestran los casos de Sudán, Siria y Yemen. La intervención humanitaria de la primera parte de los noventa ha sido remplazada por la intervención estratégica y el veto obstaculizador de los miembros permanentes del Consejo. La gradual deslegitimación de éste es un peligro mayor para la toda la comunidad internacional.

La esperable fragilidad y eventual convulsión internacional una vez que el coronavirus ceda sugiere la imperiosa necesidad de disminuir las fricciones mundiales. No hay más espacio para nuevas guerras que se podrían tornar descontroladas y extendidas.

Vicerrector Universidad Torcuato Di Tella

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