Para salir de la melancolía: escribir
Además de la lectura de los libros escritos por otros, en solitario o en comunidad, una herramienta útil para atravesar la melancolía, el duelo o la tristeza es escribir. No pocos terapeutas recomiendan a sus pacientes llevar un diario personal, asistir a talleres literarios, anotar sus estados de ánimo para certificar el modo en que, con el paso del tiempo, la tristeza cede espacio a las pasiones alegres. Escribir es una manera de hacer algo altruista por uno mismo. Incluso si lo que se escribe deja registro de aquello que, aun con la distancia que la escritura impone, duele o conmueve, escribir confirma que la pena es más débil que el que sufre. El dolor sabe mentir y la ficción puede decir muchas verdades. “Para sentir el tiempo: escribir”, anota Matt Haig en Razones para seguir viviendo, donde además recomienda, para zafar de la melancolía, caminar, comer bien, leer poemas de Emily Dickinson y escuchar música.
“Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar”, escribió Marguerite Duras en Escribir, su bitácora sobre el oficio de vivir. La salvación y la escritura también quedaron asociadas en el libro más autobiográfico (y de hecho uno de sus libros que mejor envejeció) de Jean-Paul Sartre, Las palabras. La escritura, advirtió el filósofo francés, aporta una salvación modesta, transitoria.
Narradores y poetas argentinos también se asomaron al umbral oscurecido por la tristeza y resolvieron a su propio modo la parálisis y la sensación de que el mundo se había detenido. “La impotencia es una pasión triste, no es fácil rescatarnos de esos barriales cuando algo se encaja; una de esas veces, el azar y mi antena a media asta me cruzó con un librito de coplas infantiles –cuenta Vanesa Guerra, psicoanalista y narradora, autora de la flamante novela Síndrome del montón, que esboza de manera cómica una genealogía de los ataques de pánico en los años 90 en Buenos Aires-. Recuerdo que fue lo único que leí en meses; había algo potente en esa lúdica: un fraseo ancestral que movía y desperezaba mi lengua hacia zonas absurdas y risueñas El acto de la escritura es como el acto del filósofo: debe asombrar, darnos un instante de luz, de aire; en esas coplas fui convocada a recuerdos que no eran míos y eso restituyó el lenguaje a la potencia de hacer huella en el barrial. Escribir siempre me deja en otro lado, me arroja de otra forma.” En horas de pasión triste, escribir es su fe en el azar y su antena conectada al mundo.
“Cuando murió mi mamá, Perla, durante muchos días viví con la sensación clarísima de que no tenía nada que decir, que ya había escrito antes todo sobre ella y sobre nuestro vínculo-cuenta Roberto Videla, autor de Perla, uno de los libros más emotivos sobre la relación entre un hijo adulto y su madre anciana-. Sentía un desgarro extraño: la certeza de que si ella había muerto ya no quedaban esperanzas para nosotros, los sobrevivientes. Moriríamos. Pero de pronto se abrió el impulso, el de zambullirme en el centro del remolino del dolor. Y pude escribir sobre mi viaje a despedirla y cómo ella nos esperó a los tres hijos para decirnos chau.” Escribir fue, para el narrador cordobés, como saltar de un trampolín en cámara lenta.
“Escribir es, de algún modo, poner una palabra al lado de otra y luego otra palabra, y así la serie, en la artesanía humilde, profundísima, de la sintaxis –dice Gloria Peirano, autora de la novela Las escenas vacías-. Las palabras se colocan en el espacio y en el tiempo, eso parece configurar alguna clase de poder ilusorio, que se desmorona y se rearma, de modo incesante y constituye el motor del deseo de narrar, ese horizonte al que se avanza a ciegas. En un duelo, los días y las noches, como las palabras artesanas, se suceden, aquello escrito en el tiempo no se borra, y aquí el motor, si es que existe (otra vez la ilusión) es, sencillamente, el deseo de sobrevivir.” Para Peirano, narrar la ausencia es uno de los modos de la supervivencia. “El desafío es que debe ser, como siempre, una narración verdadera.”
Pero escribir es inventar, dice María Catino, “sabiendo que lo que inventamos viene de las marcas o las huellas imborrables de la dirección que tomó nuestra vida o nuestro destino. Esas marcas toman múltiples representaciones pero todas vienen de la infancia”. Además de escribir relatos, Catino trabaja como psicoanalista. “Escuché a Manuel Puig en un reportaje en el que decía: ‘Voy bien si cuando escribo siento haber tocado una verdad. Cuando me pasa eso logré un contexto con algo mío muy profundo y en relación con el Inconsciente colectivo. Ahí, si consigo deslindar mi inconsciente del plano del inconsciente colectivo, lograré una visión de la realidad que será mía, única´”. Verdad y escritura forman, entonces, una pareja de acción mutua. “Tengo varios cuentos escritos pero soy ansiosa, la enemiga acérrima del narrador –dice Catino-. Vuelvo a mis cuentos cada tanto, algunos hasta no parecen malos. El recuerdo de mis viejas, cada una con libros que fueron y son literatura, escribió en mí lo desmedido, el ansia por los cuentos, las novelas y ahora la poesía. En ese tránsito me ayudan mucho los escritores jóvenes que fui encontrando en talleres y en la Web. Ellos animaron aún más el encuentro vehemente y solitario que entra con la lectura.”
¿La tristeza puede ser un motor para la escritura? La autora de La medianera. Una novelita haiku, cree que sí. “Tal vez, porque al poner en palabras el dolor nos permite verlo con más claridad, objetivarlo –señala Silvia Arazi, narradora, poeta y cantante-. Las palabras lo llevan de las tinieblas de las emociones, siempre insondables, a tener un cuerpo y por lo tanto un borde, un límite y un fin. Si a esta pena le doy vida, también le doy la muerte.” Sin embargo, para que un texto posea valor literario es necesario trabajar la forma, indispensable en cualquier hecho estético. “Es preciso tener el corazón ardiente y una mente serena. En mi caso, sólo escribo acerca del dolor cuando ya no me quema. Cuando mi mundo está muy oscuro, por el contrario, suelo crear otras realidades, que me permiten sobrevivir. Con las palabras puedo convertir la asfixia en aire puro, el dolor de una pérdida en un encuentro y jugar, por un ratito, a ser Dios.”









