¿Por qué nos fascina tanto la Edad Media?

El comienzo, esta noche, de la nueva temporada de Game of Thrones reactualiza la pregunta sobre el atractivo del Medioevo tal como se lo presenta allí: épica, huida de la incertidumbre del presente y referencias a nuestra época
Laura Marajofsky
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16 de julio de 2017  

Puede parecer algo disonante que hablemos de la prolongación de la vida más allá de los límites concebibles, de cyborgs y de viajes interestelares, pero al mismo tiempo fantaseemos con caballos y castillos, luchas cuerpo a cuerpo y épicos romances truncos. Mientras muchos verán hoy el inicio de la nueva temporada de Game of Thrones -por si es necesario aclararlo, la serie de culto creada por David Benioff y D. B. Weiss y basada en la exitosa saga de novelas de George R. R. Martin-, el interrogante sobre cómo entender esta fascinación del siglo XXI con la Edad Media se renueva.

No se trata sólo de esta serie, sino de varios productos artísticos que recorren diversos soportes (videojuegos, libros, películas, novelas gráficas, TV), que en los últimos años se han constituido en un fenómeno de cultura pop. Hablamos de series como Vikings, Outlander, Reign, Merlin y otras, sagas exitosas para niños estilo Cómo entrenar a tu dragón, juegos como Clash Royale y el auge de la llamada literatura fantasy (partiendo de una herencia de clásicos como J.R.R. Tolkien o Ursula Le Guin), todas historias cuyo atractivo hoy merece ser pensado.

En términos de género y categorías, si bien se habla de muchos de estos productos como "fantasías medievales", para especialistas e historiadores ésta no es una clasificación correcta. "Como un caso más del constante juego de la permanencia y el cambio que se da en todo proceso cultural, podríamos decir que el imaginario medieval que nutre muchos productos de la cultura de masas proviene efectivamente de tiempos medievales, y a la vez difiere profundamente de ellos. En rigor, lo que hoy identificamos como «medieval» en estos productos contemporáneos deriva de una visión forjada por los románticos a principios del siglo XIX", precisa Leonardo Funes, medievalista, profesor titular de la UBA e investigador del Conicet.

Numerosos análisis recientes puntualizan sobre esta cuestión, y asignan a esta variable una posible explicación de la llegada y popularidad de este tipo de consumos ("Game of Thrones no es medieval, y son precisamente estos rasgos no medievales los que sustentan su enorme popularidad", plantea un artículo de Pacific Standard). Más allá de que se sobreentiende que como trabajo de ficción no tiene por qué reflejar hechos reales o atenerse a una rigurosidad histórica, según Funes los autores como Martin se inspiran en crónicas medievales más que en cantares, sagas y novelas. Resulta interesante pensar que este corrimiento narrativo sirva como herramienta para hablar de cuestiones contemporáneas. "La fantasía de George R.R. Martin ha crecido gracias a su modernidad, no su «medievalismo»", sugiere el mismo artículo.

Esto a su vez genera polémica, ya que uno de los argumentos de defensa de GOT en el debate sobre su tratamiento de la violencia en general, y hacia las mujeres y minorías en particular, que ha encendido debates online, suele estar tamizado por una justificación ahora puesta en duda: "Así era la vida entonces". Al parecer, ni tan gris ni tan sangrienta.

Para terminar de dilucidar tanto los vínculos con el pasado como el presente, Funes puntualiza la genealogía estrictamente contemporánea que tiene el fenómeno."En términos visuales: la matriz de diseño de la imagen «medieval» proviene de dos momentos liminares: la trilogía fílmica de Jackson sobre El Señor de los anillos y el film de Mel Gibson, Corazón valiente, base de la coreografía sangrienta del combate medieval que hoy se ha naturalizado. Habría que agregar el componente porno-soft forjado no en representaciones de la Edad Media sino de la antigua Roma (series Roma y Espartaco). Pero otra vez aquí encontramos un paralelo inesperado: la mezcla de truculencia, sangre y sexo en series como Game of Thrones vuelve a encontrarse en las miniaturas e ilustraciones de códices medievales".

Suspenso, drama y violencia

Fiorella Sargenti, periodista especializada en cultura pop que se dedica a analizar la saga de Canción de hielo y fuego en el podcast Hodor Hodor Hodor y ahora también en el nuevo programa de HBO Go, Spoiler Alert, aventura una hipótesis sobre el furor que despierta la serie. "Creo que sirve para sublimar un montón de cosas. Por un lado para procesar la fascinación que tenemos por la violencia y situaciones más extremas, y por el otro, para reflexionar sobre el poder, las miserias y otras cuestiones humanas. Además, hoy nuestra vida es tan distinta que siento que nos apasiona pensar que alguna vez la humanidad funcionó así".

Si centramos el análisis en las emociones que estos materiales suscitan y en los formatos que los benefician, gran parte del atractivo sin dudas tiene que ver con la conjunción de variables como el suspenso, manteniendo en vilo al televidente/lector, recurso perfeccionado hasta el hartazgo por GOT y su arte del "cliffhanger", así como el recurrente conteo de muertes al final de cada temporada; con el drama, ya que todas estas ficciones no le escapan a la estructura clásica telenovelesca (infidelidades, engaños, romance), y el fuerte vínculo emocional que se establece con el espectador.

El formato serial siempre se llevó bien con estos géneros porque permite el desarrollo de estos elementos, o como sugiere Sargenti, la construcción más acabada de universos y realidades imposibles. "Hace un tiempo el gran público se permitió empezar a consumir este tipo de cosas de otra manera, ya que antes estaba considerado de «nicho» y tener una relación tan intensa con una ficción era de «nerd». Hoy se cayeron muchos de esos prejuicios. Así es como lograron tener tal éxito productos como Game of Thrones, gracias a la altísima calidad narrativa y de producción, que hacen que pueda ser un producto masivo".

Mismo relato, otro embalaje

Por su parte, Natalia Notar, productora especializada en nuevos contenidos y autora de La televisión del futuro (Ariel), relativiza la idea de fenómeno de masas del que tanto se habla. "De alguna forma, las olas de nuevos contenidos como los medievales, o los de las tiras de televisión turcas o coreanas, responden a la variedad de contenidos donde hay un poco de todo para todos. Hay una teoría estadística que utiliza Chris Anderson en su libro -la teoría del long tail-, en la que explica que después de un período con poca variedad que le gusta a todos viene otro con gran variedad que le gusta a cada pequeño grupo. Hoy hay más espacio en esta nueva era de consumos para distintas olas de temas y contenidos; algunos se convierten en fenómenos, pero en este momento no tienen que gustarle a todos para ser fenómeno. El concepto de consumo masivo de productos cambió, ya no es tan masivo, por decirlo de algún modo".

¿Y qué pasa con la figura del héroe y la dimensión épica de los relatos? ¿Acaso el género fantasy y de aventuras provee estos elementos ausentes en otras ramas de la ficción y, por qué no, en el plano real? Para Funes, estos imaginarios cuasimedievales vienen a cubrir dos carencias de la ficción contemporánea: la falta de figuras heroicas y de épica, encerrados como estamos en la minucia cotidiana del antihéroe o el solipsismo de la autoficción, y por otro, la infinita reiteración de las mismas matrices narrativas y de los mismos diseños de personajes. "En la Edad Media esto ocurría por la necesidad de fundar todo decir en lo ya dicho, de tomar la mayor distancia posible de la pretenciosa locura de querer ser original: por eso leemos el mismo cuento en Chaucer, en Don Juan Manuel, en Boccaccio, en Juan Ruiz, aunque siempre habrá variantes que harán de cada caso una experiencia singular", dice.

En lo que refiere al guión, Notar marca lo que es evidente para muchos: estos shows son un repackaging de relatos clásicos que ya escuchamos mil veces, así como una evolución natural respecto del costumbrismo que florecía hace unos años en la TV local y afuera: "Es como si hubiésemos pasado la época en la que a cada país le alcanzaba con recrear en sus series y novelas su idiosincracia, su contexto, su actualidad, y la respuesta responde al orden del sentido común: ya lo hicimos por varios años, necesitamos un forma nueva en esta etapa; lo que no quita que como toda ola, en unos años tengamos una remake de costumbrismo".

Puede adicionarse aquí un factor más: una fascinación de época por mirar atrás en momentos paradigmáticos de progreso -al menos en lo técnico- como pulsión natural vinculada tanto al miedo y a la incertidumbre como un conservadurismo cultural. No es casual que muchos de estos shows, aunque con protagónicos femeninos fuertes, también coqueteen con cierto tradicionalismo de género. "Dentro de este estadio de procesos culturales que vive la humanidad hay una variable que siempre juega: la necesidad de poner algún esquema social clásico o conocido en pantalla, porque nos tranquiliza y nos remite a sentimientos y cuestiones que nos tocan fibras personales. En su momento era la historia de la pobre y el rico, el desamor y el desencuentro, hoy quizás es la magia y transportarse a las aventuras medievales donde el hombre y la mujer no dejan de tener un rol tradicional en sus vidas. La cáscara cambia, pero hay un punto en común: el apego a cuestiones sociales que en algún punto funcionan como elemento de calma para las transiciones a lo que vendrá", apunta Notar.

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