
Presidio: el infierno tiene muros de piedra
LA NACION recorrió Casa de Piedra, la penitenciaría de Mendoza que es considerada la peor cárcel del país y por la que la Argentina está en la mira de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Un muestrario de horror y de violaciones constitucionales que ha provocado una crisis política en el gobierno provincial
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MENDOZA
El sol va a derretir esos muros. Es mediodía y no hay viento. La calle Boulogne-sur-mer, hacia el norte de Mendoza, está quieta como un cuadro. Sólo se oye el agua que discurre por las acequias. En todas las veredas de esta ciudad hay acequias y los árboles son altos y frondosos... Pero detrás de esos muros debe hacer 15 grados más que en el infierno. Bueno, tal vez el infierno sea eso que está allí adentro.
Los muros, de unos seis metros de alto y 70 centímetros de espesor, fueron construidos en 1905 con piedras de un gris rosado, desparejo. En el centro del paredón del frente está la entrada: un portón de metal pintado de verde. Arriba dice "Penitenciaría".
La cárcel es conocida como la Casa de Piedra. Dicen que es la peor de la Argentina. Acaso sea cierto. Adentro flota en el aire una premonición desgraciada, y vehemente como el sol del mediodía. El año pasado hubo diez muertos en este edificio. A uno lo descuartizaron el 4 de diciembre último. Se llamaba Sergio Salinas y tenía 24 años, problemas mentales y amigos que lo condujeron a las drogas y al delito. Eso dijo la madre, Julia Rosario Ares.
Antes de ese crimen, el que completó la decena, un grupo de abogados mendocinos ya había pedido la intervención a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El caso fue girado a la Corte Interamericana, y el homicidio precipitó la inspección. La Comisión encontró hacinamiento, mugre, ocio... una lista interminable de violaciones a la Constitución y a los derechos humanos.
También después del crimen, el gobierno del radical Julio Cobos cambió las autoridades penitenciarias. Sergio Miranda se hizo cargo de la cárcel, en reemplazo de Mariano Cortez Murillo. Pero la violencia continuó. En las últimas dos semanas otros tres presos fueron heridos a puñaladas y un cuarto, que estaba internado desde noviembre último, murió.
En medio de la crisis penitenciaria, el gobernador Cobos le aceptó la semana última la renuncia al ministro de Justicia y Seguridad Roberto Grillo. Después murió otro interno, que había sido herido en noviembre.
"Estamos desarmando las bandas. Ya desarmamos la del Pabellón 5, donde los tres presos fueron acuchillados. No sabe lo que era esto cuando me hice cargo, un caos", dice Miranda.
Miranda y la coordinadora general del penal, María Paula Vetrugno, se disponen ahora a acompañar a LA NACION en una recorrida por el penal. Un guardiacárcel abre una puerta y entra en un pequeño recinto. La cierra y abre otra, que conduce a un patio.
Aquí adentro el aire es pesado como el mercurio. No hay árboles altos y frondosos y, en lugar de acequias, hay unas pequeñas canaletas en las que un agua verde y espesa avanza lentamente, como los días tras las rejas. Las paredes están descascaradas, como en casi toda la cárcel, corroídas por la furia que transporta el hálito de los presos: historias llenas de cólera y de tiros, de putrefacción y de drogas, de fracaso y de sangre.
"Podemos ser rehenes en cualquier momento... El sistema no brinda seguridad", dice el guardiacárcel, mientras atraviesa el patio hacia la cocina.
Tallarines con salsa
El director pregunta si se puede entrar. Se puede. Adentro hay 30 presos. Rancheros: así llaman a los que se encargan de la comida. Algunos depositan tallarines de un amarillo radioactivo en unas bandejas cuadradas y vierten salsa de tomates arriba. Otros controlan hervores.
El aire en la cocina es oscuro y casi líquido y el piso está cubierto por una pátina aceitosa. Un grupo de presos se acerca a Vetrugno y le pide audiencias. Vetrugno escucha cada solicitud con estoicismo. Es la única mujer en el lugar. "No, no tengo miedo. a lo sumo te dicen piropos, te levantan la autoestima", había dicho antes de entrar. Y ahora, después de atender a los reclusos: "Escuchamos a todos. La idea es cambiar las cosas".
Los presos ahora rodean a LA NACION para soltar un rosario de quejas: que los golpean, que no tienen duchas, que no les otorgaron beneficios pese a que son trabajadores. Hablan todos a la vez. Las sustancias que exudan los cuerpos y los alientos constituyen una nube fétida que neutraliza los vapores ácidos de la salsa.
El más viejo de los rancheros, un homicida con nariz de boxeador y el cuerpo lleno de tatuajes verdes, posa para las fotos. Encuentra un motivo en algún lugar de su cabeza calva y sonríe. Otro hace un paneo con los ojos para comprobar que nadie lo mira. Dice: "Tenemos una deuda y la estamos pagando. Pero no somos animales. Deciles que te lleven al Pabellón 4".
En las recorridas carcelarias, siempre gravita la sensación de que las autoridades ocultan cosas. El Pabellón 4. Hay que acceder al Pabellón 4.
"Nuestra filosofía es no ocultar -dice Miranda-. No vamos a asegurar que no va a haber más muertos. Sí, que no va a haber más impunidad".
Después de la cocina: el patio. Una puerta verde. Un pasillo. Otra puerta verde. Un corredor al aire libre conduce al centro del panóptico, al que llaman la rotonda, desde donde se accede a los pabellones. El corredor está cubierto por una malla metálica con la forma de medio cilindro acostado.
La Puerta 20
En el fondo: otra puerta verde. "Prepárense. Acá empieza el espanto", dice el director y entra en un lugar lóbrego al que llaman La Puerta 20. A la derecha está el Pabellón 1 y a la izquierda, el 2. En ambos hay presos homosexuales. También hay otros presos aislados. Policías, por ejemplo.
El aire, aquí, parece distinto. Más pesado. Es como si una fuerza extraña hubiera alterado la presión atmosférica. Por La Puerta 20 se accede a dos espacios abiertos, semicirculares, desde donde se despliegan los pabellones. En el patio de la derecha está el Pabellón 7. Allí descuartizaron a Salinas. Una cáfila de condenados y procesados (en la Casa de Piedra están todos juntos) se amontona frente a la reja. Piden un teléfono y una pala "para limpiar la mugre". Vetrugno escucha y le indica a un guardiacárcel que consiga una pala.
Al lado, en el Pabellón 8, dicen que están en huelga de hambre desde hace una semana y media. Piden elementos de limpieza, un teléfono, beneficios judiciales, medicamentos para uno que tiene sida.
"Para poder ir a la enfermería, tenemos que cortarnos", dice un preso y estira un brazo lleno de tajos. De pronto, la reja es atravesada por un fárrago de miembros lacerados.
"Ahora parecen buenitos, porque están ustedes. Pero esos de gris te cagan a palos... Así cómo vamos a rescatarnos", dice un sujeto esmirriado y a la vez fofo, la espalda como una hoz.
Uno de esos de gris murmura: "Si salen y vuelven a entrar... Les gusta estar encerrados. Tienen mejor vida acá. ¿Reinsertarse? Mentira...".
El Pabellón 9 está al lado del 8. Ahí sí hay teléfono y, en algunas celdas, televisor. Pese a que es un pabellón de conducta, como lo llaman las autoridades penitenciarias, o vip, como lo llaman los presos, también está superpoblado. Aparentemente, hay mucha gente vip en esta cárcel.
"Acá se entra por líneas. Contactos. Si no, no -explica un individuo que entró por narcotráfico-. A mí me agarraron con merca. Tengo un conocido en el Estado. Y bueno... Acá estoy".
Los presos descubren a los visitantes y se alborotan. Surgen desde atrás de unas mantas colgadas y lugares lúgubres. Siempre hay mantas colgadas y lugares lúgubres. Y piden cigarrillos. Y se quejan. "Mirá, ¿ves toda esta porquería? Esto es lo mejor que tienen para mostrar. Pedí que te lleven al Pabellón 4".
El Pabellón 4... el Pabellón 4.
El túnel y la penitencia
El Pabellón 4 está en el patio de la izquierda. No hay forma, aquí, de ocultarse del sol. En lontanza hay unas nubes de plomo. Lloverá. Seguro. Pero falta un rato.
"Agua. ¡Traigan aguaaa! ¡aaaaaguaaaaa!", grita una voz pastosa. Se oyen golpes, ruidos metálicos, otras voces que emiten quejidos y también improperios.
"En el Pabellón 4 encontramos un túnel, ayer. Por eso están encerrados en las celdas", explica Miranda.
El patio del pabellón está casi vacío. Sólo hay un preso. Uno de los cincuenta "fajineros", los que limpian. El resto está metido de a tres, o de a cuatro, en unas celdas de dos metros y medio por dos. Las celdas forman dos líneas rectas, que a su vez forman una L. En el vértice de la L está el túnel que a las 16.30, dentro de dos horas, llenarán con cemento. Sólo cuando el cemento haya fraguado, tal vez en dos días, los presos podrán salir.
"Acuérdese de mis hijos discapacitados", le dice el fajinero al director. Después se aleja, el mango de la pala en el hombro desnudo. Sólo viste un jean cortado que le llega un poco más arriba de las rodillas y zapatillas. Mira al director, a la coordinadora general y los guardiacárceles con los maxilares apretados. Lo que aprieta, en realidad, es su carácter propenso a encontrar querella.
"Estoy limpiando porque están ustedes -dice-. ¿Sabés lo que hay en estas bolsas? Mierda. Ahí adentro no hay baño y hay que cagar en bolsas y tirarlas para afuera".
Hay decenas de esas bolsas esparcidas por la galería. Y botellas con orín. Y pequeñas lomas de tallarines radioactivos. Y moscas. Las moscas entran y salen de las celdas por las ventanas enrejadas, de unos 45 centímetros de largo por 30 de alto. En las ventanas se amontonan caras que han asumido el color de las polillas.
"¡Mirá! -dice una boca con la dentadura marrón, desde una ventana. Saca un brazo que dice "MADRE" y señala un bulto en el piso-. ¡Eso es una rata! La matamos anoche".
Otro grita: "¡¡¡¡Aaaguaaaa!!!!"
Abajo, en la puerta desvencijada, hay un agujero. Un ojo. Después una boca. Otra vez un ojo. Y una boca que se mueve: "Con todo respeto, pedimos salir diez minutos...".
Un guardiacárcel mira al director, que asiente con la cabeza. La comitiva continúa su camino.
"Esto no se arregla -dice el director-. Hay que demoler la cárcel. La vamos a demoler".
Ahora sí, el cielo es de plomo. Agua.
Para la CIDH, “un abandono de la justicia”
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tiene bajo la lupa el sistema penitenciario de Mendoza. En la vieja penitenciaría conocida como Casa de Piedra hay 1400 presos que deben acomodarse en 600 plazas. La cárcel, que ya tiene un siglo, está prácticamente destruida. Las paredes están descascaradas; las celdas casi no tiene ventilación; la basura se amontona en prolíficos montículos y el hedor es sólido como l violencia; los presos juegan con las ratas y las matan y también se matan entre ellos.
En 2004 murieron allí diez presos. Otros seis fallecieron en un anexo situado en la localidad Gustavo André, en el departamento de Lavalle; cuatro de los seis, en un incendio, por lo que hay un uniformado procesado. Allí funciona una granja, donde son alojados los presos en “período de prueba”, cuando les queda poco tiempo de encierro.
El último crimen fue el de Sergio Salinas, de 24 años. Lo descuartizaron. La madre del preso, Julia Rosario Ares, dijo a LA NACION qu su hijo padecía problemas mentales irreversibles, y que había sido internado cinco veces en un hospital psiquiátrico. “Era inimputable, y lo condenaron igual”, sostuvo.
La mujer contó que su hijo cayó preso porque intentó, con un destornillador, robarle a un hombre en un colectivo. El hombre era policía y lo detuvo. Y el muchacho fue condenado a cinco años y diez meses de prisión.
“Dos semanas antes de que me lo matara me dijo: ‘Tengo miedo, va a pasar algo antes de las fiestas’ –reveló Ares–. El estaba en el Pabellón 7 y había visto a los que mataron a un compañero. Fui a la Dirección y les dije que me lo cambiaran de pabellón. No lo cambiaron. Y el 4 de diciembre pasado lo descuartizaron.”
Entonces llegó la CIDH, recorrió la cárcel y elaboró un informe lapidario. El relator de la Comisión para la Argentina, Florentín Meléndez, habló en una conferencia de prensa de condiciones infrahumanas de vida, que vulneran los compromisos internacionales adquiridos por la Argentina en materia de derechos humanos.
Algunas de las denuncias recibidas por la Comisión fueron, además de las vinculadas al hacinamiento: falta de atención médica, demora de los beneficios judiciales, lo que constituiría, según la CIDH, un “abandono de la justicia”.
A Meléndez también le llamó la atención el alto nivel de ocio en el penal, debido a insuficientes actividades recreativas y laborales.
La CIDH llegó a Mendoza por pedido de un grupo de abogados que vienen presentando hábeas corpus desde 2000 y que ya habían formulado una denuncia por las condiciones de detención del penal. Se trata de los doctores Alfredo Ramón Guevara, Alfredo Guevara Escayola (padre e hijo), Pablo Gabriel Salinas y Carlos Varela Alvarez. Estos abogados también recorrieron la cárcel, conjuntamente con autoridades nacionales, como Jorge Cardozo y Javier Salgado, por la Cancillería argentina, y Claudia Cessaroni, por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
Elaboraron un informe (que facilitaron a LA NACION) en el que detallan las condiciones de detención: superpoblación, presos que deben convivir con la basura y sus excrementos; ausencia de luz natural y artificial; regímenes de aislamiento en los que los internos sólo tienen una hora de recreación por día...
“Los médicos no recorren el penal. Para ir a la enfermería, se autolesionan. Esos presos después quedan el libertad, ¿qué piedad se le puede pedir a una persona que se autolesiona, que debe sobrevivir en un mundo tan violento?”, dijo el doctor Varela Alvarez.
Coyuntura y largo plazo
El director de la penitenciaría, Sergio Miranda, que se hizo cargo después del crimen de Salinas, dijo: “Cuando nos hicimos cargo, en diciembre, lanzamos una política que combina coyuntura y largo plazo para resolver el problema, de tres ejes: ocio, drogas y hacinamiento”.
Y agregó que la cárcel vieja será demolida, entre agosto de este año y febrero de 2007. “Se va a dejar el muro perimetral de piedra y adentro vamos a construir módulos como os de la parte nueva”, afirmó.
La parte nueva está detrás de Casa de Piedra. stá conformada por módulos rectangulares independientes. “Son cuatro bloques de 240 plazas divididos en sub-bloques de 120”, explicó el director.
En el sector nuevo hay 480 plazas y 450 presos, según Miranda. En uno de los módulos funciona un pabellón de máxima seguridad, donde están alojados los reclusos conflictivos. Hay otro con “menores-adultos” (presos de entre 18 y 21 años) y otros dos destinados a los que obtuvieron el beneficio de la fase de confianza.
Estos últimos están rodeados por un alambrado. Del otro lado del alambrado hay una pequeña villa miseria. Eso parece, pero en realidad es el sector de los presos en período de prueba, la última instancia de encierro antes de la liberación.
“Deberían estar en la granja de André. Pero por ahora no podemos llevar más internos. Esta villa también va a ser demolida”, afirmó Miranda.
Y concluyó: “El servicio penitenciario siempre fue un depósito de internos y de penitenciarios: los que no pudieron encontrar otro trabajo y se anotaron acá. Eso va a cambiar”.





