
¿Qué disciplina habría que sumar al Premio Nobel?
Un galardón del siglo XX, de cara al siglo XXI
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Según consta en la página oficial del galardón creado por Alfred Nobel, que se entrega desde 1901, no está contemplado incluir nuevas categorías. Pero en un mundo cambiante, donde los criterios para designar desarrollo, conocimiento y creación artística están en permanente discusión y los avances tecnológicos inauguran desafíos inéditos, cabe preguntarse -aunque sea como juego o ejercicio especulativo-cuáles serían las áreas que podría empezar a considerar incorporar un premio con semejante carga simbólica.
A continuación, cuatro protagonistas del mundo de las ideas local hacen sus propuestas.
Jimena Zuniga
El 27 de noviembre de 1895, en París, Alfred Nobel firmó un tercer y último testamento destinando prácticamente toda su fortuna a la creación de cinco premios para reconocer cada año a quienes más hubieran contribuido al "beneficio de la humanidad". La mayoría de estos premios, destinados a quienes produjesen los mejores descubrimientos en medicina, química, física, sugieren que Nobel le ponía fichas desproporcionadas al pensamiento científico como fuente del bienestar, pero no tanto a la acción. Aún el premio en Ciencias Económicas, establecido en 1968 por el Banco de Suecia en honor a Nobel, reconoce el pensamiento.
Si tuviera que elegir un campo para un séptimo Nobel, entonces, emparejaría la cancha con un premio a la acción, un premio Nobel de la Política Pública. El premio se destinaría a los impulsores o implementadores de las políticas públicas más destacables por su novedad, su impacto y sus chances de ser replicadas. Y abarcaría todas las áreas con potencial de mejorar el bienestar de la humanidad.
El "Laboratorio de Acción contra la Pobreza", en el MIT, es una buena fuente de ejemplos de programas que podrían haber llegado a la lista corta de este séptimo Nobel. En seguridad, un programa de capacitación de la policía en Rajasthan (India) aumentó un 30% la satisfacción de las víctimas y redujo un 17% el temor a la policía, y enseguida fue expandido en todo el estado. En salud, un sistema de cloración en el punto de recolección de agua en Kenia rural logró un aumento de 53% en el uso del cloro, redujo las muertes por diarrea y benefició a 400.000 personas en el país. En educación, un programa de desparasitación de los niños en Busia (Kenia) disminuyó el ausentismo escolar en 25% y se expandió en 26 países, con beneficios para 7 millones de niños.
En algunos años podrían merecer el nuevo Nobel las políticas públicas que más se adelanten a incorporar avances tecnológicos. ¿Un Nobel para el primer intendente que reduzca los accidentes de tránsito al permitir autos sin conductor? ¿O para el primer ministro de Educación que potencie la calidad educativa usando inteligencia artificial para implementar no sólo "una laptop por niño", sino la pedagogía adaptativa de "un tutor por niño"? Políticas públicas como éstas pueden soñar con colarse en el estiradísimo Nobel de la Paz, que aunque en teoría premia a quienes más hacen por "la fraternidad entre las naciones, la abolición de los ejércitos y la promoción de congresos de paz", en los últimos años fue a parar desde a impulsores del microcrédito (Muhammad Yunus, 2006) a activistas del medio ambiente (Al Gore, 2007). Pero un más exclusivo Nobel de la Política Pública, que reconozca que no sólo de paz vive el hombre, no vendría nada mal.
La autora es directora de Bastión Digital y profesora en la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad Torcuato Di Tella - @jimezu
Mariano Narodowski
Para admirar -nos decía Ernesto Sabato en Abbadón, el exterminador- se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y la grandeza, me atrevo a agregar, no es sólo talento, sino elevación por sobre las pequeñeces de época: la mirada más alta será más abarcadora.
Los Premios Nobel pueden haber alcanzado la primera de las grandezas, pero seguramente no han alcanzado la segunda: todo el saber humano queda fuera, excepto el de cinco disciplinas y un enigmático premio a la paz. A eso se suma la obligación anual de premiación que se me ocurre ansiosa y desesperada: la enorme carga de premiar cada año en cada área. ¿Nunca un Nobel vacante?
Tal vez un problema del Nobel sea lo premiado: "el valor de la contribución" puede terminar siendo, apenas, un criterio burocrático en el que la creatividad juega un rol menor. Volviendo a Sabato, esta vez en Uno y el universo, crear no es sólo descubrir, sino encontrar relaciones allí donde no las había; mostrar que la manzana que cae y la Luna que no cae constituyen fenómenos regulados por las mismas leyes. A esa clase de saber difícilmente se llegue todos los años.
Mientras se espera premiar lo nuevo en las disciplinas tradicionales, la grandeza Nobel podrá galardonar lo nuevo en todo el conocimiento. Un año premiar a un sociólogo, a un arquitecto y a un violonchelista. Al siguiente, otras disciplinas y llevar la actual arbitrariedad a todos los dominios cognitivos y estéticos. Lamentablemente, el año 2014 ya está jugado, pero para 2015 mi terna incluye a S. Boym (Rusia, arte); R. Connell (Australia, sociología), y Les Luthiers (Argentina, música).
Además, habría que volver al Nobel post mórtem. ¿Para qué sirve el Nobel si no lo obtuvieron Comenius, Margaret Mead, Sigmund Freud, Charles Darwin, Sarmiento o los Beatles, aunque éstos no podrían ser nominados, ya que el máximo para cada Nobel es de tres personas, lo que también limita a la ciencia?
Es cierto que estos nuevos desafíos superan la capacidad de los comités sueco y noruego que hoy designan los Nobel. Tal vez sea momento de globalizarlos, de desnacionalizarlos, de darles la entidad mundial que adquieren los efectos de sus decisiones: si el mal tiene su Corte Penal Internacional, el bien tiene derecho a globalizar su propio pedestal.
Finalmente, propongo el Nobel reparador: un Banco de la Justicia Universal, volviendo al Sabato de Abbadón, en el que se pagará con reconocimiento el dolor que sintieron los injustamente despreciados por sus coetáneos. Empezando por Giordano Bruno y Galileo y siguiendo por Brahms, Van Gogh y Roberto Arlt. El mensaje será inspirador para las mayorías. Los rechazados y los mediocres de hoy deberemos insistir: nuestro será el Nobel del mañana.
El autor es profesor de la Universidad Torcuato Di Tella
Martín Tetaz
En el edificio número 20 de Akron Road, en Mountain Ville, California, funcionan los laboratorios de la Singularity University, una organización no gubernamental que reúne a las mentes más brillantes de la ciencia, para que piensen cómo será el mundo de los próximos años y cómo las aplicaciones concretas de los últimos descubrimientos científicos cambiarán nuestras vidas.
Me gusta pensar que en ese Aleph de materia gris hay un equipo diseñando un sistema de memoria que complementará y potenciará notablemente las escuetas e imperfectas capacidades del nuestro.
Como quien usa anteojos, o un auricular, en un futuro no muy distante usaremos un Google conectado a nuestro cerebro, que logrará que lo sepamos todo, desde los contenidos completos de la Enciclopedia Británica hasta las últimas publicaciones en física cuántica, de un modo tan natural que nos resultará imposible distinguir si ese conocimiento está realmente o no en nuestro propio cerebro. O mejor dicho; nos será realmente difícil distinguir las fronteras de nuestra mente. Los algoritmos de búsqueda simplificarán la titánica tarea de relacionar esa astronómica masa de datos, de elucidar relaciones y correlatos, de categorizar, de pensar.
La pregunta del millón es cómo manejaremos esa mente brillante sin volvernos locos; cómo interactuaremos unos con otros, cómo tomaremos decisiones.
El mundo será drásticamente distinto; las escuelas serán museos o guarderías, y la economía se transformará de una manera que no resulta poco complicado imaginar.
La clave no estará tanto en la capacidad científica de conectar nuestro cerebro a la red, que ya existe, sino en administrar las potencialidades de las nuevas "mentes biónicas".
Obviamente, la transformación a cyborgs planteará dilemas filosóficos, morales y políticos. Pero, sobre todo, se trata de un problema eminentemente psicológico y las contribuciones de las ciencias cognitivas serán, por lo tanto, trascendentes.
No existe aún un Premio Nobel de psicología, como tampoco lo hay de ciencia aplicada, de ciencias de la educación y de ciencias políticas.
Pero ésas serán las usinas de pensamientos que cambiarán el mundo. Pronto.
El autor es economista, investigador de la UNLP y autor del libro Psychonomics (Ediciones B)
Mario Riorda
Esbozada la idea de que las nuevas tecnologías democratizarían el mundo, la confirmación de esa hipótesis no ha sido para nada uniforme en las diferentes regiones y culturas. Miles de cuentas, perfiles y espacios de comunicación se crean por día y, sin embargo, la aseveración de que el viejo esquema de "pocos comunicando a muchos" se está rompiendo por el nuevo paradigma de "muchos comunicando a muchos" no es tan clara. Existen gigantes hablando con millones y eso no hace a un mundo más plano desde la ilusión democrática alentada con y por la comunicación.
Fácil es achacarles la culpa de los males comunicacionales a los grandes medios y en especial a las nuevas tecnologías. Lo cierto es que, a pesar de su gran responsabilidad, la hipercomunicación es más que un rito, es un modo de vida sobrecargado de ansiedades y rutinas. No alcanza con ver noticias a cualquier hora del día ni ponerle pausa a la televisión en vivo. Los dispositivos móviles son literalmente extensiones de nuestras funciones vitales.
La comunicación va dejando interrogantes difíciles de contestar. Hace un tiempo se había descubierto en el Amazonas una de las últimas poblaciones aborígenes que no había tenido contacto con el mundo "civilizado". ¿No estaban comunicados? Tener una fábrica de tuercas y todavía creer que tu marca no es digital, ¿es entender poco del presente? Son preguntas toscas, pero con respuestas profundas que hablan del poder del cambio cuando lo que cambia es la comunicación. Más aún, si comunicación no es lo que uno dice, sino lo que el otro entiende, sería bueno preguntarse qué están entendiendo las nuevas generaciones con tanta "cultura destellar". Cultura en pedacitos, en fascículos de títulos, no de grandes textos.
Por ende, la idea de abordar un reconocimiento a las políticas públicas con énfasis en la comunicación, a las prácticas (aún privadas) que se hacen públicas y a las innovaciones comunicacionales que tengan como sentido proteger la vida o mejorarla es adjudicar sentido a aquellas transformaciones radicales que tienen serias consecuencias para la vida, para las relaciones sociales, para la política. Hablo de aportes que se transformen en plataformas, dispositivos o campañas.
Es intentar dilucidar si la constatación de que hay más móviles que personas en el mundo representa un avance en la batalla contra la invisibilidad de personas y reclamos, contra las opresiones no democráticas, contra la falta de oportunidades de los excluidos, contra la expansión de diálogos interculturales o interreligiosos, contra la menor cantidad de chances de una vida mejor para muchos.
En suma, es contestar con una "x" si eso es: a) un exceso de comunicación, b) una falta de comunicación c) o un problema de comunicación. Vaya un Premio Nobel al que responda y nos lo demuestre.
El autor es consultor en temas de estrategia y comunicación política






