¿Qué hacemos con Clarice?

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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18 de diciembre de 2015  • 01:43

La cultura parece estremecerse cada vez que ingresa desde los márgenes una creación poderosa e inquietante. Como si hubiera un momento en que la obra indómita se volviera de culto; de ser un raro ejemplar se convirtiera en ejemplo de lo nuevo. Es lo que parece ocurrir con los libros de la escritora brasileña Clarice Lispector (1920- 1977). Hace tiempo ya que sus textos circulan como ramilletes de perfumes exóticos, "bocatto" de excelentes traductores (Cristina Peri Rossi, Florencia Garramuño, Gonzalo Aguilar, Mario Cámara, Amalia Sato, Teresa Arijón y Bárbara Belloc, Elena Losada, Paloma Vidal, entre otros). La traducción es una clave de excelencia. Cuando un autor es "buscado" por los traductores, es que porta en su lengua algún tesoro oculto. ¿Cuál es el de Lispector? ¿Qué nos ofrece su literatura? Un humor renovado, la existencia al límite del lenguaje, una escritura audaz, deseante, poderosa, un yo destartalado pero investigativo, una nueva concepción de la fábula, de la crónica, un borde gozoso: el abismo de lo que vendrá.

Hay para elegir, y también perderse. Cuentos, novelas, crónicas, textos autobiográficos, anotaciones… diría, reverberaciones. Sus relatos son aprendizajes secretos: la aventura de poseer un libro como si fuera un amante (cuento "Felicidad clandestina"); el descubrimiento del odio en el desamor ("El búfalo"); la obviedad del huevo y el diseño ancestral de la gallina ("El huevo y la gallina" o "Una gallina"), el abandono como cualidad ("El crimen del profesor de matemáticas"). Sus novelas son un desafío mayor, la inmersión profunda en una oscuridad plena. Una invitación al viaje interior, a veces selvático, vacío o en llamas. Como dice en su novela La pasión según G.H., "el infierno es mi máximo".

¿Qué nos ofrece su literatura? Un humor renovado, la existencia al límite del lenguaje, una escritura audaz, deseante, poderosa

Finalmente todo es cuestión de vida. La muerte es apenas un punto. Como escribe en su inclasificable libro Agua viva, "Lo que digo es puro presente y este libro es una línea recta en el espacio". Y más adelante: "me desorbito… ¡qué fiebre! ¿Conseguiré un día parar de vivir?" Al mismo tiempo, implora: "Tú que me lees, ayúdame a nacer." Y llega al "Maravilloso escándalo: nazco."

Su primera persona (la que narra) parece obsesionada con los bordes de la existencia, la extranjería de su pasión; también está muy cerca del lector, le pide que la acompañe, que no la suelte, que se quede junto a ella; Clarice que quiere ser clara, Lispector, "introspecta". Al mismo tiempo, escribe como si estuviera al rescate. Intenta salvar vidas que se apagan. Como la de Macabea, esa pobre muchacha nordestina de La hora de la estrella, su última y quizá mejor novela. Lo dice claramente en otra, Un soplo de vida: "Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien". Su prosa es como un tejido para sostener la existencia.

La duración es su gran tema. Y escribir es una forma de hacer tiempo. Lo cuenta con gracia en su relato "Miedo a la eternidad", basado en una primera experiencia con el chicle y el consejo de su hermana: "…este caramelo nunca se acaba, dura toda la vida." Siguen todas las indicaciones para lidiar con "el elixir del largo placer", y las torpezas de la protagonista (la misma Clarice de niña) para conservarlo en la boca… hasta que finalmente se cansa y lo escupe a escondidas. "Estaba avergonzada de la mentira que había tramado al decir que el chicle se me había caído por casualidad. Pero aliviada. Sin el peso de la eternidad sobre mí."

La obra de Lispector viene llegando por oleadas y en distintas editoriales (Corregidor, Cuenco de Plata, Adriana Hidalgo, Siruela, Península), pero en estos tiempos, la difusión es mayor, tanto entre lectores, ámbitos psicoanalíticos o en la industria cinematográfica: Meryl Streep haría de Clarice en la pantalla grande. Es como si recién le hubiese llegado su hora. La hora de Clarice. *

*Nombre del evento performático sobre la obra de Lispector, a cargo de Gonzalo Aguilar, que se realiza en diciembre, mes de nacimiento y muerte de la autora, en el Museo del Libro y de la lengua.

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