Reseña: A contraluz, de Rachel Cusk

El placer de las historias ajenas
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24 de septiembre de 2017  

Es muy escueta la información que se brinda sobre la protagonista a lo largo de A contraluz, la nueva novela de Rachel Cusk (Canadá, 1967). Sólo se sabe que es una mujer separada, madre de dos hijos, escritora, inglesa. Más aún, su nombre se menciona una sola vez en toda la novela y hay que estar muy atento para que ese guiño no se pase por alto. Este casi anonimato de la voz narradora (que se mantiene en las sombras, a contraluz, es decir, del lado opuesto a la luz) se contrapone a lo mucho que ella nos va a contar sobre quienes se encuentre a su paso.

Es que la protagonista está en viaje a Atenas para dictar un taller de escritura durante una semana. Ya en el avión su compañero de asiento va a explayarse con sumo detalle sobre sus matrimonios fallidos y las relaciones conflictivas con sus ex mujeres e hijos. Este vecino de asiento, a quien jamás se le da un nombre propio, va a ser la primera y la última de las personas con las que la protagonista estará en contacto a lo largo de esa semana de estadía en la bulliciosa y sofocante Atenas. En medio, va a haber encuentros con colegas, amigos de amigos, alumnos del taller que dicta, profesores, y demás.

Cada una de las personas con las que esta mujer se reúne va a convertirla en depositaria de su historia de vida, sobre todo, de sus experiencias amorosas. ¿Cómo le van a contar sus vivencias? En general, a medida que avanzan, sus relatos poco a poco van cobrando la forma de monólogos, con pocas intervenciones o ninguna por parte de la narradora o del resto de los presentes en los encuentros. Otras veces es la narradora la que directamente va a contar en estilo indirecto aquello que la otra persona está diciendo. Al no haber interrupciones, comentarios, preguntas o análisis de los interlocutores respecto de lo que se narra, el foco va a centrarse sólo en quien relata hasta llevarlo a una profundidad, a una introspección cruda y realista, en la que las temáticas principales que todos abordan tienen que ver con el fracaso, la frustración, los errores. Porque todos los personajes se han equivocado y a esas equivocaciones vuelven en forma continua: hay nostalgia y arrepentimiento en todos ellos. Y contundencia en la forma de manifestarlo: “Me parece que la vida es una serie de castigos por esos momentos de inconsciencia, que el destino de uno se labra con aquello en lo que no nos fijamos; lo que ignoras o no te molestas en comprender se convertirá precisamente en aquello que no te quedará más remedio que conocer”.

Las miradas que todos esos personajes tienen sobre ellos mismos y sus circunstancias son piezas de un todo que se puede resumir en una sola palabra: soledad. Justamente porque la soledad es el común denominador que se trasluce en cada de uno los relatos y, aunque no se explicite jamás, es también la carencia que aqueja a la protagonista, llama la atención la resolución que la traductora le dio al juego de palabras final de la novela: hay un malentendido entre las palabras solicitude (cuidado, atención) y solitude (soledad) que en la traducción se resuelve con “infligido/afligido”. Difícil entender qué llevó a esta decisión, pero sin duda la pérdida de sentido desmerece el remate.

Más allá de este tropiezo en la versión, las siluetas que Cusk delinea (no en vano el título original del libro es Outlines) gozan de mucho realismo y por eso son creíbles tanto quienes cuentan como lo que cuentan. No hay impostura en el discurso, no hay artificio en lo que se transmite, no hay desmesura en las caracterizaciones de los personajes. Ni siquiera cuando abordan el tema de la escritura, que forma parte de la vida de muchos de ellos: “La exigencia de progreso –se lee en A contraluz– ha llegado a infectar la novela, aunque tal vez la novela, a su vez, nos está infectando para que esperemos de nuestra vida lo que hemos acabado esperando de nuestros libros”.

A CONTRALUZ

Rachel Cusk

Libros del Asteroide

Trad.: M. Alcaraz

224 págs., $ 440

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