Reseña: Conviene tener un lugar adonde ir, de Emmanuel Carrère

Crónicas de alto vuelo
Débora Vázquez
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22 de abril de 2018  

Desde que publicó El Reino, Emmanuel Carrère (París, 1957) dice estar atravesando un momento difícil: anda por la vida sin un proyecto de escritura. Sin embargo, no habría que compadecerlo demasiado, porque cada vez que tuvo una crisis literaria la supo aprovechar. La primera, le sirvió para reinventarse como escritor de no ficción y obtener un reconocimiento que se le venía retaceando; la segunda, para escribir Una novela rusa y terminar con sus sesiones de psicoanálisis; esta última vez, para darse el gusto de releer sus textos periodísticos, seleccionar una treintena, y reunirlos en Conviene tener un sitio adonde ir.

Los artículos, crónicas y reportajes que publica en este volumen no son el capricho de un escritor exitoso sino la manera de darle a la compilación -que va de 1990 a 2015- un estatus literario. Porque para Carrère el periodismo, por lo menos el que él practica, en primera persona y de una extensión generosa, no es un género subalterno ni efímero sino otra rama de la literatura.

El título, tan enigmático como acertado, es un hallazgo que proviene del I Ching, libro oracular de la sabiduría china que Carrère consulta cada tanto. No se trata de saber de antemano adónde ir, puntualiza el autor, sino simplemente tener la posibilidad de ir hacia alguna parte: el azar es un factor importante en la génesis de sus escritos. Parecería impensable pero, por ejemplo, el viaje que emprende a la Rumania posCeausescu, con la excusa inverosímil de seguir las huellas de Drácula, termina disparando la escritura de la biografía de Philip K. Dick, otro asiduo del I Ching y un novelista de cuyos libros Carrère admite nunca haberse recuperado. De ahí el apasionado artículo que le dedica en esta recopilación, en donde lo llama "el Dostoievski de nuestro tiempo" y se sorprende, acaso con un dejo de ironía, de que cuando se estrenan películas como Matrix o The Truman Show a nadie se le ocurra citarlo como la fuente insoslayable de aquellos mundos paralelos.

Rusia ocupa un lugar significativo dentro de sus artículos. No tanto porque Carrère tenga raíces rusas por parte materna, sino porque se pasó casi quince años yendo y viniendo de ese país, para entrevistar al último prisionero de la segunda guerra, para filmar un documental en Kotélnich y finalmente para escribir Una novela rusa y Limónov. Es obvio que el artículo "El último de los demonios" es el germen de esta última novela, así como "La muerte en Sri Lanka", escrito luego de visitar aquel país arrasado por un tsunami en 2004, es el punto de partida de De vidas ajenas.

La tragedia es un imán para Carrère. Está presente desde las crónicas judiciales con que abre el libro hasta en el modo que elige contar la vida de Alan Turing, que empieza con la manzana envenenada con la que este se suicida. Una copia, explica, del método urdido por la bruja para acabar con la vida de Blancanieves, la heroína de una de las películas favoritas de Turing. Padre de la computadora y espía durante la Segunda Guerra Mundial -no cualquiera, sino uno de los que permite ganarla- su historia es relatada por Carrère con un dominio magistral de la síntesis y la nostalgia de quien fantaseó alguna vez con escribir algo más que un artículo. El resultado es una vida "abreviada" porque de la biografía ya se había ocupado Andrew Hodges y lo había hecho con tal rigor que Carrère no tuvo más opción que dar un paso al costado y celebrarlo.

De Daniel Defoe a Catherine Deneuve, de las cumbres de Davos a un modesto pueblo siberiano, o del futuro guionista que imagina el film de un hombre invisible al pornógrafo descortés que redacta para una revista italiana, lo que une a estos textos eclécticos es la impronta de Carrère, esa narración tan reflexiva como salvaje, de ritmo agitado, adiestrada en el retrato ajeno, en el que invariablemente se incluye sin pedir permiso, porque lo importante, según él, es que un personaje se parezca a alguien, no importa a quién. Son muchas las conjeturas que dan ganas de discutirle a lo largo del libro. Pero Carrère es tan eficiente que se pelea consigo mismo por nosotros. Y por alguna razón, siempre gana. ß

Conviene tener un sitio adonde ir

Por Emmanuel Carrère

Anagrama. Trad.: J. Zulaika. 418 páginas, $ 685

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