Reseña: El muñeco de nieve, de Jo Nesbø

Un policial nórdico, a pura tensión
María José Rodríguez Murguiondo
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28 de enero de 2018  

En esta nueva entrega protagonizada por su atormentado y al mismo tiempo entrañable comisario Harry Hole, el noruego Jo Nesbø (Oslo, 1960) se perfecciona en la creación de un clima de asechanza constante que le rinde grandes honores a la novela policial y que lo afianza y consolida como gran cultor del género.

Veintidós días minuciosamente señalados al comienzo de cada capítulo de El muñeco de nieve es el tiempo que le va a llevar al detective Harry Hole resolver este intrincado caso. Si bien la acción se inicia el 2 de noviembre de 2004, Hole poco a poco va a hilvanar estos perturbadores asesinatos con otros de similares características ocurridos años atrás, hasta remontarse a 1980. El patrón recurrente es un muñeco de nieve que se encuentra en la escena del crimen de mujeres brutalmente asesinadas. Y aquí se presenta el nuevo gran desafío para el protagonista, recientemente ascendido a comisario en el área de Delitos Violentos de la policía de Oslo: se da cuenta de que está frente a un asesino serial, el primero en la historia de Noruega.

¿En qué estado se encuentra el detective para hacerle frente a semejante contienda? Harry lucha denodadamente contra su adicción al alcohol, que no deja de seducirlo, y contra la terrible soledad que siente ante la ausencia de Rakel, su pareja, y el hijo de ella, Oleg, que quiere a Harry como si fuera su padre. Para colmo de males, Rakel está por casarse con un exitoso médico que promete darle todo aquello que él no estuvo en condiciones de brindarle. Tiene, en suma, el corazón partido.

Pero estamos ante Harry Hole, el hombre que renace de las cenizas y despliega sus alas para de inmediato remontar vuelo y ponerse a la altura de las circunstancias. Cada vez más sagaz y afilado, los golpes que ha sufrido y los obstáculos vencidos le han dado mayor sabiduría y menos impetuosidad. Es así como el detective va a acometer la resolución de este caso que lo desvela por su complejidad. Solo su mente perspicaz y suspicaz es capaz de colarse por los intersticios que este psicópata abre a su paso y de captar e interpretar los calculados indicios que deja después de cada asesinato.

Se suma a la investigación una muy valiosa incorporación: la apabullante detective Katrine Bratt, una mujer que no se detiene ante nada y que poco le cuesta ponerse a la altura de Harry para secundarlo en la reconstrucción minuciosa de cada uno de los casos. En primer lugar, deben establecer patrones. ¿Qué tienen estas mujeres en común para ser seleccionadas como víctimas? Por lo pronto, todas tienen hijos y están casadas. Y siempre las muertes ocurren al caer la primera nieve, que permite construir esos muñecos tenebrosos que son una burla macabra, el sello personal del enemigo por desentrañar y por vencer.

Porque nada sabemos del victimario o victimaria: está elidida cualquier focalización en su persona, qué detona la crueldad y con qué criterio selecciona a sus víctimas. Hole –y el lector junto con él– está a ciegas. Esta igualdad de condiciones, esta paridad en el conocimiento y desconocimiento de la información, es una acertada estrategia de Nesbø para que el recorrido sea compartido. Los desaciertos, las pistas falsas, los aparentes culpables son todos sinsabores que se comparten. Las impotencias, las broncas, los desánimos, los errores de cálculo y las equivocaciones de Harry Hole se vuelven propias para el lector. Respira la tensión al compás de la trama con una sincronización que involucra y compromete. Y de este modo, la intriga crece de manera acompasada. No hay fuegos de artificio ni estridencias. Cala lenta pero profundamente ese frío que hiela la sangre a medida que aumenta la comprensión de lo que está sucediendo y va descorriéndose poco a poco el velo de El muñeco de nieve, con un suspenso calmo pero sostenido que no da respiro hasta el final.

EL MUÑECO DE NIEVE

Por Jo Nesbø

Random House. Trad.: C. Montes y A. Bernsten. 497 págs., $ 349

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