Reseña: Historias cortas, de Rubem Fonseca

Imparable ansiedad de contar
Elvio E. Gandolfo
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18 de marzo de 2018  

Cuando empezó a publicar, Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) tenía cerca de 40 años. Sus relatos no se acomodaban a las expectativas editoriales brasileñas del momento, centradas en autores como Machado de Assis o las sagas y relatos de João Guimarães Rosa. Fonseca había trabajado en comisarías y juzgados, y su mundo se hacía cargo de las grandes ciudades. En una autoentrevista (huye de las que quieren hacerle otros), el escritor explicó: "Escribo sobre personas apiladas en ciudades mientras los tecnócratas afilan su alambre de púas. […] Decidimos arremangarnos, acabar con las charlas de taberna y, partiendo de nuestros bares de acrílico, hacer una civilización como ellos querían y construimos San Pablo, San Andrés, San Bernardo y San Caetano, nuestros Manchesteres tropicales con sus simientes mortíferas". Las zonas urbanas que describe se ajustan a una idea previa sobre él como autor de relatos y novelas policiales. Pero el panorama es más amplio, sobre todo en los cuentos.

En las recopilaciones que fueron apareciendo en distintos sellos editoriales, la variedad y el riesgo de Fonseca son asombrosos. En cuentos como "Corazones solitarios" escribió una versión carioca de Miss Lonelyhearts, el clásico de Nathanael West. En "El otro" hizo lo mismo con "William Wilson" de Edgar Allan Poe. O llegó a inventar, en un tercero, el diario de un escritor inglés de origen polaco: Joseph Conrad.

La primera notoriedad le llegó en 1975 con la publicación de Feliz Año Nuevo, cuyo cuento homónimo narraba la toma y asalto de una casa burguesa por una pandilla de jóvenes, implantando una realidad de violencia urbana extrema que no era todavía tan frecuente en la narrativa de aquellos años. La fama mayor arribó con las novelas, llevadas al cine o la televisión: El gran arte (1983), donde aparecía Mandrake, un personaje serial a la vez culto, cínico y agudo para resolver enigmas; Agosto (1990), densa reconstrucción de la época de Getúlio Vargas, o El enfermo Molière (2000), que plantea distintas versiones sobre un hipotético asesinato del gran dramaturgo francés.

Sus posteriores colecciones de cuentos, como La cofradía de los espadas (1998) o Axilas y otras historias indecorosas (2011), acentúan el tono seco, en primera persona, que cuenta como al desgaire, con la violencia, el sexo o las rarezas de los seres humanos en primer plano. Es lo que impera en las treinta y ocho relatos de Historias cortas. Es como si cada narrador estuviera apurado por contarle a alguien lo que quiere. Aparecen una y otra vez la edad avanzada, la muerte, la fealdad. A menudo los argumentos tienen algo de fórmula descargada de improviso sobre el lector: un gordo a quien la recomiendan una doctora, que en vez de adelgazarlo defiende su obesidad; un hombre que lucha contra el prejuicio racial acostándose con mujeres de distintas etnias; un coleccionista de muy distintos objetos que al fin se define por uno macabro y difícil; un payaso cuyo padre, también payaso, murió de tristeza; un ladrón muy satisfecho de serlo.

Detrás de muchas de las historias no solo raras sino también atroces o profundamente melancólicas, subyace una decisión de no ocultar los recovecos infinitos y menos agradables de la vida humana en sociedad, en pareja o en la más pura soledad. Hay una especie de coraje en estas narraciones, y una cualidad que Thomas Pynchon definió como nadie: "Lo mejor de la obra de Fonseca es que no se sabe adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro de él es como si sonara el teléfono a medianoche: ‘Hola, soy yo; no vas a creer lo que está pasando’". Cada uno de los narradores de Historias cortas tiene esa ansiedad del que quiere contar de inmediato, sin preciosismos, la historia increíble, triste o dramática que lleva encima.

En otros tiempos, no tan lejanos, era común conseguir libros en castellano del hoy nonagenario Fonseca. Reconectarse con él a través de estos relatos, publicados en portugués en 2015, provoca en seguida la necesidad de más, aunque haya que tener paciencia con varias palabras raras de la traducción: no viene de España sino de México, donde a los colectivos, por ejemplo, los llaman camiones.

HISTORIAS CORTAS

Por Rubem Fonseca

Tusquets. Trad.: R. Mata y R. Crespo. 172 págs., $ 249

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