Reseña: Recordando a Beckett, de James y Elizabeth Knowlson

Las muchas caras del autor de Esperando a Godot
Débora Vázquez
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20 de mayo de 2018  

De Berlín le gustaban "los espacios entre las casas", de los mozos de bar aseguraba que tenían "la mirada más difícil de atrapar en este mundo", en los ensayos de sus piezas el veredicto era siempre el mismo ("todavía falta mucho") y cuando lo apuntaban con el lente de una cámara bromeaba, algo intimidado: "Podría dar la espalda para hacer algo distinto." Por suerte no lo hizo.

La fotogenia de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989) -el pelo rapado a la altura de las orejas, como un soldado, para escuchar mejor; los ojos claros, bien abiertos- no tiene que ver con la pose. Se entiende mejor con el movimiento, con el estar haciendo otra cosa, y congenia con su natural timidez, aquella que le impidió dar clases sostenidamente por la incomodidad de sentirse expuesto.

Publicado en inglés en 2006 para conmemorar el centenario del natalicio del escritor, Recordando a Beckett incluye, además de algunas fotos, entrevistas inéditas al propio escritor y testimonios de quienes lo conocieron. Es una suerte de biografía coral con autonomía propia que también puede leerse, según aclara James Knowlson en su prefacio, como "un complemento" de Damned to Fame, la gran biografía que publicó en 1996.

Recordando a Beckett se divide en dos partes bien distintas. En la primera, las voces de amigos, familiares, conocidos e intelectuales se entrecruzan sin mediación con la del propio escritor, y cuentan desde su infancia en un pueblo del condado de Dublín hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en Francia. Un período que lo revela en sus facetas menos conocidas, el Beckett dotado para los deportes -incluido el ajedrez-, el amante de la música clásica, el profesor retraído, el que sufre de crisis de pánico y se atiende en Londres con W. R. Bion, el que se muda a París, conoce a Joyce, es apuñalado por la espalda y rescatado por una profesora de piano, el que se involucra en la Resistencia, huye de la Gestapo, se instala en un escarpado pueblito de Provenza y termina conduciendo una ambulancia de la Cruz Roja en Normandía.

La segunda parte se ve privada de las intervenciones de Beckett porque éste muere antes de que Knowlson pudiera entrevistarlo, por ejemplo, acerca de su decisión de escribir en francés y del éxito de Esperando a Godot, coronado con el premio Nobel y un dinero del que se deshizo rápidamente por medio de generosas donaciones a amigos, artistas y a la biblioteca del Trinity College.

Los testimonios de la segunda parte son más sofisticados y más predecibles. Se habla de "la importancia del acto creativo inacabado", de la obsesión de Beckett por los ritmos y la coreografía, del modo de hablar "lento y monótono" que exigía a sus actores, de su pesimismo no tan pesimista, de su escrupuloso interés por las traducciones y de la cábala de no asistir a las representaciones con público de sus obras.

Lo que vuelve humano a este irlandés tan célebre como furtivo no es la superposición de elogios rimbombantes sino sus defectos. Conmueven por eso las declaraciones de sus antiguos alumnos de literatura francesa del Trinity College, no aquellos que creyeron adivinar en él al genio ni tampoco la que atesoró los apuntes sobre Racine que se incluyen al final de este volumen, sino los que vivieron sus clases como un continuo invierno, un letargo del que solo despertaron la vez que Beckett se prendió fuego una manga de la toga, los que murmuraban que "se fue a París a suicidarse" y reclamaban en el diario del College: "Quisiera que me explicaran sus explicaciones".

De los intelectuales que le rinden tributo -Edward Albee, J. M. Coetzee y Paul Auster, por citar algunos- la única que se atrevió a levantar el guante contra él fue Nathalie Sarraute, quien, luego de darle asilo en su casa cuando escapaba de la Gestapo, concluyó sin medias tintas que era un maleducado y un desagradecido. Aunque tal vez la razón de su recelo radicara en que Beckett no toleraba las pretensiones literarias de la dueña de casa.

Recordando a Beckett

Por James y Elizabeth Knowlson

Editores Argentinos. Trad.: E. Montes y M. Molina. 392 págs./$ 299

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