Reseña: Tres hermanos, Esther Cross

Emiliano Sued
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29 de enero de 2017  

Tres hermanos, de Esther Cross (Buenos Aires, 1961), no es un libro de cuentos ni una novela. Los dieciocho textos que lo componen son breves relatos entrelazados que tienen la forma de una anécdota o un recuerdo. El escenario común es una estancia donde pasan los veranos un matrimonio y sus hijos: dos varones y una nena. Ella es la narradora más frecuente, el único personaje siempre presente, cuyo punto de vista en muchos casos se diluye en el nosotros de los tres hermanos. Detalles que parecen gratuitamente sembrados son a veces ampliados o explicados en un relato posterior, o, en sentido inverso, algunos episodios ya desarrollados son brevemente recordados en otras páginas.

La libertad de moverse solos resulta propicia para la pequeña aventura de estos tres chicos de la ciudad. En contraste con la abierta llanura, el monte es para ellos un espacio de sombras y vegetación que invita a la exploración y habilita el secreto: “En el monte encontrábamos […] cosas nunca vistas, raras. Era un lugar ideal para esconder otras, robadas de la casa”. Internarse a caballo y sin la compañía de un adulto tendrá consecuencias trágicas y causas oscuras: “Me di cuenta de que era mejor no preguntarles nada a mis hermanos. Hubiera chocado contra el silencio de la verdad”, concluye la nena. Antiguo refugio de gauchos matreros, en el monte nadie se mueve mejor que el croto, peón golondrina cuyo nomadismo suscita misterios y convoca conjeturas.

Los días de la estancia ponen a los tres hermanos en contacto con una naturaleza más bien hostil, temida por la madre, y con la realidad de que la cría de animales exige impiedad y violencia: “El padre les había explicado que en la vida había cosas inevitables y ésta era una. […] ‘Animales, sólo animales’, repetían los grandes para que los chicos no dramatizaran”. Serán los perros los únicos que logren trascender su mera animalidad. Su muerte será un sacrificio y su entierro estará rodeado de una ceremonia.

En El campo y la ciudad, Raymond Williams afirma: “Un campo en actividad productiva casi nunca es un paisaje”. En el último libro de Cross, la estancia es mucho más que un espacio de distracción estética, y es el trabajo rural el que provee buena parte de las circunstancias y personajes. Peones, caseros, ganado, perros y vehículos pueblan un mundo singularizado por la perspectiva de la mirada infantil. Y es el padre quien articula la labor campestre con el ámbito familiar; él es acaso el único personaje psicológicamente complejo, el que abre y, a modo de fantasmagoría, cierra Tres hermanos, una obra de escasa tensión dramática, estructuralmente destacabl

TRES HERMANOS. Esther Cross, Tusquets. 136 páginas, $ 349

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