
Retorno a la fisiocracia
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LA escuela de los fisiócratas fue fundada por François Quesnay a mediados del siglo XVIII. Desde su profesión de médico pasó a abordar la economía, exponiendo universalmente sus teorías en la obra Tableau Economique , publicada en 1758. El punto central de su pensamiento era que en una sociedad integrada por agricultores, industriales, rentistas y comerciantes, sólo "producían" las dos primeras categorías. Los otros hacían actividades "estériles", ya que de ellas no surgían nuevos bienes físicos. La ciencia económica, así como la organización social y de la producción, han evolucionado desde aquel entonces. Hoy se reconoce que la riqueza y el bienestar de las naciones se fundamentan en múltiples actividades que se relacionan y complementan, sea que produzcan bienes físicos, servicios o tecnología. No se podría concebir la industria o el agro sin las comunicaciones, el transporte, o menos aún sin la informática.
La transmisión del conocimiento y la difusión de la cultura dependen básicamente de la excelencia de los servicios educativos, de la tecnología y de los medios. En el mundo moderno son principalmente estos sectores los que marcan la diferencia y potencian el crecimiento.
La medición del nivel de desarrollo se hace a través del producto bruto (PB), que incluye el valor agregado por todos los sectores, tanto los que producen bienes como servicios. En forma creciente el sector de servicios ha ido generando una mayor proporción de ese PB, alcanzando en los países más avanzados el orden del 70 por ciento. Las teorías de Quesnay son enseñadas en las universidades como un capítulo de la historia del pensamiento económico, con el principal propósito de hacer más destacada su evolución.
Llama por lo tanto la atención que en los últimos tiempos se esté utilizando en nuestro país una suerte de clasificación fisiocrática de las actividades económicas por parte de ciertas entidades gremiales empresariales pertenecientes a la industria, el agro y la construcción. La intención aparente es actuar con mayor eficacia frente a autoridades supuestamente propensas a considerar "estériles" otros sectores de la economía. El llamado Grupo de los Ocho vio así escindirse al autodenominado "Grupo Productivo", como si actividades tan importantes como el comercio, la banca, las telecomunicaciones, la informática, el transporte o la energía no formaran parte de la producción.
Esta rehabilitación anacrónica de la fisiocracia se hace evidente en declaraciones y planteos en los cuales la expresión "sectores de la producción" adquiere cierto matiz de heroísmo, del que sólo participarían la industria, el agro y la construcción. Nadie sino esos sectores parecería tener méritos para solicitar políticas "activas" en su favor.
Lo notable es que este planteo ha encontrado eco en algunos gobernantes y legisladores, a quienes gusta utilizar un discurso facilista y ceder ante presiones sectoriales. Quienes obran de ese modo faltan a su deber de responder a los intereses generales de la sociedad y de no propagar errores basados en sentimientos primarios que han utilizado en su favor ciertos dirigentes empresariales. Existe en los gobernantes y dirigentes una responsabilidad frente a la sociedad, a la que tienen obligación de servir y no de confundir.




