
Saddam Hussein: el dictador solitario que aprendió de Dios y Stalin
El líder iraquí que supo construir su poder con mano férrea, llevaba una vida solitaria. Sus orígenes rurales, la fe en la superioridad de la cultura árabe y el uso del terror, claves de su personalidad
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El tirano duerme cuando puede, en distintos lugares secretos, jamás en sus palacios. Aun en tiempos de paz el sueño y una rutina fija se han contado entre los pocos lujos que le han sido negados. Lo predecible es demasiado peligroso y, cada vez que cierra los ojos, la nación va a la deriva. Saddam Hussein, el Líder Glorioso, el Descendiente Directo del Profeta, presidente de Irak y de su Consejo del Mando Revolucionario, dormía antes de que las bombas comenzaran a caer apenas 4 o 5 horas por noche. No bien se levantaba, a eso de las 3 de la mañana, nadaba un rato; todas sus casas y palacios, ahora destruidos, tenían piscina. La natación aliviaba su problema de columna -una luxación de disco- y lo ayudaba a mantenerse en forma.
Además de halagar su vanidad desmesurada, un buen estado físico ha sido esencial por otros motivos. Es un hombre de 65 años, pero como su poder no se basa en el afecto sino en el temor, no puede manifestar su envejecimiento. No puede darse el lujo de volverse frágil. La debilidad invita al desafío. Tiñe de negro sus cabellos grises y es raro que use en público sus lentes de lectura: sus asistentes le imprimen los discursos en caracteres enormes, de a pocas líneas por página. En Irak, la corpulencia de un hombre todavía importa. Con su 1,85 metro de altura, sobresale entre sus edecanes, más bajos y morrudos. Tiene extremidades largas, manazas fuertes y su peso fluctúa entre 95 y 100 kilos, aunque sus trajes a medida suelen disimular su cintura. Quienes lo han observado atentamente saben que tiende a perder peso en tiempos de crisis y a recuperarlo pronto cuando las cosas andan bien.
Un tatuaje azul
Antes, dos veces por semana le envíaban por avión alimentos frescos: langosta, camarón, pescado, mucha carne magra y abundantes productos lácteos. Los recibían sus científicos nucleares, que los examinaban con rayos X y los analizaban en busca de venenos o radiactividad. Luego, en cada uno de sus palacios (son más de 20) chefs formados en Europa, con sus respectivos pinches, le preparaban tres comidas diarias. Para un hombre de su corpulencia, come poco: picotea y, a menudo, deja la mitad de la porción. Le gusta beber vino en las comidas, pero aunque lo hace con moderación, cuida de que nadie lo vea. El islam prohíbe el alcohol y, en público, Saddam respeta sus preceptos.
En la mano derecha, cerca de la muñeca, luce un tatuaje azul oscuro de tres puntos alineados. Se los hacen a los niños de cinco años en las aldeas, como signo de sus raíces rurales y tribales.
El presidente vitalicio de Irak pasaba largas horas en su despacho, o mejor dicho, en el que él y sus agentes de seguridad hubieran elegido para ese día. Cuando recibe a sus ministros y generales, y solicita sus opiniones, pero calla las suyas. Los informes de sus jefes departamentales, prolijamente apilados, rinden cuenta detallada de lo hecho y gastado, más un resumen final. Por lo común, sólo lee éstos, aunque escoge algunos informes para estudiarlos más a fondo. Nadie sabe cuáles elegirá. Si los detalles de un informe difieren de lo expresado en el resumen, o lo confunden, Saddam cita al jefe responsable. En estas entrevistas, siempre se muestra sereno y cortés; rara vez alza la voz. Le gusta demostrar que domina todo cuanto atañe a su "reino", desde la rotación de los cultivos hasta la fisión nuclear. Pero estas reuniones pueden ser aterradoras, cuando las utiliza para engatusar, recriminar o interrogar a sus subordinados. Lleva tanto tiempo recibiendo información falsa que, hoy, sus expectativas también son uniformemente irreales. Sus burócratas se esfuerzan por mantener la ilusión. En consecuencia, por lo común, Saddam sólo ve lo que su entorno quiere que vea, o sea, por definición, lo que él quiere ver. En esta posición, un hombre estúpido creería haber creado un mundo perfecto. Pero Saddam no es estúpido: sabe que lo engañan y se queja.
Lector voraz, recorre desde la física hasta las novelas. En particular, lo apasionan la historia de los pueblos árabes y la militar. Le gustan los libros sobre grandes hombres y admira a Winston Churchill, tan famoso por su carrera política como por su importante producción literaria. Como aspirante a escritor, emplea a escribas fantasmas que le proveen de un flujo constante de discursos, artículos y libros de historia y ficción. En estos últimos años, habría escrito y publicado dos novelas, Zabibah y el rey y El castillo ; en ambas, usó el equivalente árabe de nuestro "autor anónimo".
Le gusta mirar televisión: los canales iraquíes que controla, pero también CNN, Sky, Al-Jazeera y la BBC. Disfruta del cine, en especial cuando hay intrigas, conspiraciones y asesinatos: El día del Chacal, La conversación...
Posee sentido del humor respecto de sí mismo y puede ser encantador. "Es un placer sentarse a conversar con él. Es un hombre serio y las reuniones pueden ponerse tensas, pero no lo intimidará a usted, a menos que quiera", dice el general Wafic Samarai. Fue su jefe de inteligencia en los 8 años de guerra contra Irán, pero luego huyó del país.
Saddam lleva casi 40 años de casado con Sajida, su prima hermana por la línea materna e hija de Khairallah Tulfah, su tío y primer mentor político. Sajida le ha dado 2 hijos y 3 hijas, y le es fiel, pese a que él no lo es desde hace tiempo. "Saddam mantiene relaciones íntimas con mujeres, pero las historias de violaciones y asesinatos son falsas -afirma Samarai-. Es solitario por naturaleza y el poder lo aísla aún más. Su única pasión dominante es sobrevivir."
El clan de origen
En su aldea natal, Al-Awja, al este de Tikrit, en el norte del Irak central, su clan vivía en casas con paredes de adobe. La tierra es seca. Las familias sobreviven cultivando trigo y hortalizas. Los miembros de su clan, Al-Khatab, tenían fama de violentos y astutos. "Para algunos, eran estafadores y ladrones", recuerda Salah Omar al-Ali, que se crió en Tikrit y, más tarde, conoció muy bien a Saddam. Quienes todavía lo apoyan quizá vean en él a un gran líder del islam, una especie de Saladino; sus enemigos, a un dictador cruel, a la manera de Stalin. Para Ali, será siempre un simple Khatab representando su papel familiar en un escenario mucho más vasto.
Aun habiendo tratado a los Khatab, Ali sólo conoció personalmente a Saddam a mediados de los sesenta, cuando ambos eran revolucionarios socialistas complotados para derrocar al tambaleante gobierno del general Abd al Rahman Arif. Poco antes, Saddam se había fugado de la cárcel. Estaba preso por haber intentado asesinar al predecesor de Arif y todos estos hechos habían acrecentado su prestigio revolucionario. No era un mero alborotador capaz de hacerse respetar por los matones que hacían el trabajo sucio del Partido Baa´th; en una combinación impresionante, era también un hombre de acción instruido, abierto, que sabía expresarse y entendía la política. Era un líder nato que podía guiar a Irak hacia una nueva era.
No bien el partido se adueñó del país, en 1968, Saddam se convirtió en el verdadero poder detrás de su primo Ahmad Hassan al-Bakr, presidente de Irak y del nuevo Consejo del Mando Revolucionario. Ali integró este último como responsable de la región centro-norte, incluida su aldea natal. En Tikrit, asistió a la fase inicial del gran plan de Saddam. Invocando su nombre y su influencia, sus parientes de Al-Awja se apoderaron de granjas y desalojaron a los dueños de las tierras. Era lo habitual en las aldeas: con suerte, una familia engendraba un hombre fuerte, un patriarca que acumulaba riquezas para su clan valiéndose del engaño, la fuerza o la violencia. Saddam era ahora un hombre fuerte y su familia reclamaba el botín. Eso era historia antigua. La filosofía del Baas era mucho más igualitaria. Hacía hincapié en cooperar con los árabes de otros países para reconstruir toda la región, compartiendo la propiedad y la riqueza, y buscando una vida mejor para todos. En este clima político, la familia de Saddam constituía un retroceso. Los jefes partidarios locales se quejaron amargamente y Ali transmitió sus quejas a su poderoso y joven amigo. "No es nada -dijo Saddam-. Es gente ignorante que no comprende nuestros objetivos más amplios. Me ocuparé del asunto."
Ali se percató, por fin, de que los Khatab estaban haciendo exactamente lo que Saddam quería. Lo que más interesaba a ese aldeano educado y, al parecer, moderno, no era ayudar a que su partido alcanzara sus metas idealistas; más bien, lo estaba usando de palanca para alcanzar las suyas. La verdadera historia de Saddam estaba ahí, en el tatuaje de su mano derecha.
Su ascenso dentro del partido quizás haya sido lento y solapado, pero cuando actuó para tomar el poder lo hizo abiertamente. Siendo vicepresidente de Irak y del Consejo del Mando Revolucionario, maquinó su ascenso formal a las posiciones máximas. En la cúpula partidaria, algunos pensaban de otro modo y, en vez de entregarle las riendas del poder, empezaron a promover unas elecciones internas. Saddam reaccionó.
Puesta en escena
El 18 de julio de 1979, invitó a todos los miembros del Consejo y a centenares de líderes del Baa´th a un salón de conferencias en Bagdad. Desde el fondo, una cámara de video registró el acontecimiento para la posteridad. Vistiendo su uniforme militar, caminó lentamente hasta el estrado y se paró detrás de dos micrófonos, blandiendo un gran cigarro. Su cuerpo, su ancho rostro, parecían agobiados de tristeza. Denunció una traición, un complot sirio; había traidores entre los asistentes. Dicho esto, se sentó. Por detrás de una cortina, salió Muhyi Abd al-Hussein Mashhadi, secretario general del Consejo, a confesar su participación en el putsch . Unos días antes, lo habían arrestado en secreto y torturado; dio fechas, horas y lugares de reunión de los conjurados. Luego, empezó a dar nombres. A medida que iba señalándolos, de a uno, entre los presentes, guardias armados los prendían y los sacaban del salón. Uno gritó que era inocente. "¡Fuera, fuera!", vociferó Saddam. Una vez desalojados los 60 "traidores", Saddam volvió al estrado y, enjugándose las lágrimas, repitió sus nombres. Esta actuación escalofriante produjo su efecto: los presentes comprendieron cómo funcionaría Irak de ahí en más.
Durante su vicepresidencia (1968-1979), los objetivos partidarios parecieron ser los suyos. Gracias a su contundente eficiencia administrativa fue un período relativamente bueno para Irak. Orquestó un plan draconiano de alfabetización nacional: estableció programas de lectura en todas las ciudades y aldeas; la inasistencia se castigaría con 3 años de cárcel. Hombres, mujeres y niños asistieron a las clases compulsivas; cientos de miles de iraquíes analfabetos aprendieron a leer. La Unesco premió a Saddam. También hubo proyectos ambiciosos para construir escuelas, caminos, viviendas y hospitales. Irak creó uno de los mejores sistemas de salud pública de Medio Oriente. Por aquellos años, Occidente admiró los logros de Saddam, aunque no sus métodos. Tras la revolución fundamentalista islámica de Irán y la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán, en 1979, Saddam parecía ser la mejor esperanza de modernización laica en la región.
Hoy, todo eso es un recuerdo lejano. A los dos años de haber tomado el poder absoluto, sus ambiciones viraron hacia la conquista y sus derrotas arruinaron la nación. Hamed al-Jubouri, otro ex miembro del Consejo radicado en Londres, lo explica así: "Al principio, el Partido Baa´th reunía a toda la elite intelectual de nuestra generación. Saddam parecía muy distinto del que después aprendimos a conocer. Nos engañó a todos. Lo apoyamos porque parecía el único capaz de controlar un país difícil como Irak, un pueblo difícil como el nuestro. Ocultó su verdadera personalidad bajo su aspecto de intelectual práctico".
Vida metódica y frugal
¿Qué quería Saddam? Según la opinión general, no le interesa el dinero. No es ése el caso con otros miembros de su familia. Se sabe que cuando Saddam se llevaba bien con Occidente, su esposa, Sajida, gastó millones de dólares en escapadas de compras a Nueva York y Londres. Uday manejaba autos costosos y usaba trajes a medida. Saddam, en cambio, no ha sido un hedonista; siempre ha llevado una vida metódica, bastante frugal. Diríase que le ha interesado mucho más la fama que el dinero: por sobre todo, desea ser admirado, recordado y reverenciado. Su biografía oficial, en 19 tomos, es lectura obligatoria para los funcionarios del gobierno. Asimismo, encargó un film biográfico de 6 horas, Los largos días, editado por Terence Young, más conocido como director de tres films de James Bond. Saddam le dijo a su biógrafo oficial que no le interesaba cómo lo veían hoy, sino cómo lo verían dentro de 500 años.
Cada vez que ha esquivado la muerte, ha fortalecido su convicción de que Dios le inspiró el camino y su destino es la grandeza. Dada su cosmovisión esencialmente tribal y patriarcal, destino significa sangre. Por eso encargó a los expertos un árbol genealógico que se remontara a Fátima, la hija de Mahoma. Para él, más que el portador de la revelación divina, el profeta fue un precursor político, un gran líder que unificó a los pueblos árabes e inspiró un florecimiento de su poderío y cultura. Sus fraguados lazos de sangre con Mahoma están simbolizados en una copia del Corán, de 600 páginas, escrita a mano con su propia sangre; la donó de a medio litro, a lo largo de 3 años. Hoy se exhibe en un museo de Bagdad.
Si acaso tiene una religión, es la fe en la superioridad de la historia y cultura árabes. Está convencido de que esa tradición renacerá y sacudirá al mundo. Su visión imperial de la antigua grandeza de Arabia es romántica. Su noción de la historia se refiere simplemente al poder. La actual hegemonía global de Occidente y, en particular, de Estados Unidos, es tan sólo una fase. Estados Unidos es infiel e inferior. Carece de la rica y antiquísima herencia de Irak y otros estados árabes. Su posición en la cima es un mero desvío de la historia, una aberración, una consecuencia de las ventajas tecnológicas adquiridas. No puede durar.
La metrópoli de la fuerza
En su discurso del 17 de enero del año último, undécimo aniversario del comienzo de la guerra del Golfo, Saddam explicó: "Los norteamericanos todavía no han establecido una civilización, en el sentido profundo y cabal que nosotros damos al término. Han establecido una metrópoli de la fuerza..." Aun cuando se extasíe con la rica historia de Arabia, admite la superioridad manifiesta de Occidente en dos cosas. Primera: la tecnología en armamentos; de ahí sus esfuerzos incansables por importar pertrechos avanzados y desarrollar armas de destrucción masiva. Segunda: el arte de adquirir y retener poder; por eso se abocó al estudio de uno de los líderes más tiránicos de la historia: Josef Stalin.
Tomemos por caso los ocho años de guerra contra Irán y su horrendo final, con centenares de miles de muertos en ambos bandos. Quienes visitaron Bagdad un año después y recorrieron sus calles tuvieron la impresión de que a uno de cada dos hombres le faltaba un miembro. El país fue devastado. La guerra le costó miles de millones de dólares. Saddam dijo haber reconquistado el control del Chat el-Arab. El triunfo lo embriagó, pese a las enormes pérdidas. En 1987, gracias a la conscripción obligatoria y los armamentos occidentales, su Ejército ocupaba el cuarto lugar en el mundo. Poseía un arsenal de misiles Scud, tenía en curso un sofisticado programa de armas nucleares y estaba desarrollando mortíferas armas químicas y biológicas. Inmediatamente, empezó a proyectar nuevas conquistas. Su invasión de Kuwait, en agosto de 1990 -uno de los grandes errores de cálculo militar de la historia moderna- fue un producto del delirio de grandeza.
El arte del tirano es la crueldad. La estudia y la adopta. Su dominio se basa en el miedo, pero éste no basta para frenar a todo el pueblo. Hay algunos hombres y mujeres muy valientes, dispuestos a afrontar la muerte con tal de oponérsele. Pero el tirano tiene con qué contrarrestar aun esto. Entre quienes no temen a la muerte, algunos temen la tortura o la humillación. Y hasta quienes, personalmente, nada temen, quizá teman por sus padres, madres, hermanos y hermanas, esposas e hijos. El tirano utiliza todas estas herramientas. Ordena no sólo actos de crueldad, sino también espectáculos crueles. Cuando Saddam reprime a los religiosos shiitas, ejecuta a los mullah , pero también a sus familias. El sufrimiento, la humillación y la muerte se convierten en espectáculo público. En última instancia, no importa ser culpable o inocente, por cuanto no existe ley o valor alguno más allá de la voluntad del tirano. Si él quiere arrestar, torturar, juzgar y ejecutar a alguien, eso basta. Además de servir de advertencia, castigo o purga, esta práctica pregona su fuerza ante sus súbditos, sus enemigos y sus rivales potenciales. La compasión, la imparcialidad, la preocupación por atenerse a la ley son señales de indecisión. La indecisión implica debilidad. La crueldad reafirma la fuerza.
Aun cuando Saddam esté en lo cierto sobre que su destino es la grandeza, su leyenda estará teñida de crueldad. Tal vez lo considere un rasgo lamentable, pero necesario, que define su estatura. Un hombre inferior no lo soportaría.
Traducción: Zoraida J. Valcárcel




