
Suecia admite sus culpas de guerra
Por Hannes Gamillscheg Frankfurter Rundschau
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ESTOCOLMO.- Taradaron en reconocerlo. El primer ministro sueco, Göran Persson, declaró ante el Parlamento: "Siempre asumiremos la responsabilidad moral y política por lo que Suecia hizo, y no hizo, durante la guerra". Ninguno de sus antecesores había tomado posición clara respecto a los "manchones de la historia". Por más de medio siglo, rigió la versión oficial: durante la Segunda Guerra Mundial, Suecia mantuvo la neutralidad; sus acciones y omisiones buscaron el beneficio propio y, por lo tanto, fueron correctas desde el punto de vista ético. Hasta ahora, sólo había sido cuestionada localmente por algunos disidentes.
Sólo hace dos años, el editor Arne Ruth pidió que se revaluaran los turbios vínculos de Suecia con la maquinaria de guerra nazi. Se quejó de que mientras en el resto de Europa no dejaban piedra por remover, procurando esclarecer su oscuro pasado, en Suecia -"esta tierra helada de la neutralidad"- los historiadores y gobernantes siempre habían temido sacar el suyo a la luz. Lamentó el retraso con que Suecia "apenas si empezaba" a revisar su historia de aquellos tiempos de guerra. Ahora, Persson anuncia un proyecto de investigación exhaustiva sobre "lo que Suecia hizo, y no hizo", financiado por el Estado.
El doble juego
¿Y qué fue lo que Suecia hizo? Ante todo, cooperó vergonzosamente con el Tercer Reich. No puso trabas al envío de minerales metalíferos y metales preciosos que la industria bélica alemana necesitaba desesperadamente. El gobierno de entonces autorizó el libre tránsito por su territorio "neutral" de dos millones de soldados alemanes y su artillería, rumbo a la Noruega ocupada, en un momento en que ya había perdido vigencia su alegato original de que obraba así para no entrar en el conflicto.
El Riksbank de Estocolmo operó (y lucró) con oro robado a los países ocupados y sus habitantes. Sus directores debían saber que Berlín pagaba sus importaciones suecas con "lingotes sucios". Fue una típica muestra de la disposición de las grandes empresas suecas a hacer negocios con los nazis. Pero la colaboración fue más allá: voluntarios suecos partieron a luchar junto a las divisiones SS y participaron en sus crímenes.
Pasemos a lo que Suecia no hizo. Negó el asilo a los judíos que huían de la Europa ocupada. Ni siquiera les permitió hacer un alto en su éxodo. (Después el gobierno suavizó sus normas sobre refugiados, pero sólo lo hizo cuando los judíos ya no podían salir legalmente del Tercer Reich.) Tampoco admitió la posibilidad de que tal actitud se interpretase como complicidad en el aniquilamiento de los judíos europeos. Las empresas suecas se rehusaron a indemnizar a la mano de obra esclava que había trabajado para sus filiales alemanas. El gobierno no pidió cuentas a ninguno de los nazis que huyeron a Suecia al terminar la guerra.
Después de la guerra, ni un solo voluntario sueco de las SS debió comparecer jamás ante un tribunal por su participación en las atrocidades cometidas en Europa Oriental. De todos modos, esos crímenes prescribieron a los veinticinco años y el gobierno sueco juzgó innecesario reformar la ley para declararlos imprescriptibles, como lo habían hecho muchos de sus socios europeos.
Acallar la conciencia
"Suecia no fue únicamente Raoul Wallenberg y los buses blancos", dice la historiadora Helene Loow. Sin embargo, la Suecia de posguerra preferiría recordar al joven diplomático que arriesgó su vida (y, probablemente, la perdió) para salvar a decenas de miles de judíos apátridas proveyéndolos de pasaportes suecos, y los buses blancos en que el conde Bernadotte trasladó hasta sus respectivas patrias a los prisioneros escandinavos rescatados de los campos de concentración alemanes. Lo preferiría, de lejos, al recuerdo de los vientos pronazis que barrieron Suecia en los primeros años del conflicto mundial.
La decisión de Persson de admitir las culpas de guerra de su país y anunciar medidas para repararlas llegó en un momento oportuno. Al inaugurar el miércoles el Foro Internacional del Holocausto, que atrajo a Estocolmo a más de 700 políticos y científicos de cuarenta y seis países, el primer ministro dijo que olvidar lo ocurrido en este siglo "sería como traicionar a los muertos y a los sobrevivientes".
Hoy Suecia puede acallar su conciencia y las críticas a su doble juego de entonces, y fomentar la buena voluntad internacional. Experiencia no le falta. El norteamericano Paul Levine, investigador del Holocausto, cree que lo hecho por Wallenberg, Bernadotte y otros en la última fase de la contienda no se puede examinar a la sola luz de sus convicciones humanitarias. Según él, Suecia también buscó, por ese medio, mejorar la imagen que de ella tenían los Aliados al comienzo de la guerra.
Traducción de Zoraida J. Valcárcel




