Te doy tasa, dame dólares

Roberto Cachanosky
Roberto Cachanosky LA NACION
La suba del interés para que la gente no huya del peso y se refugie en el dólar es como una zanahoria difícil de sostener en el tiempo
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30 de julio de 2015  • 01:19

El Banco Central (BCRA) dispuso que las tasas de interés pasivas, es decir, las que los bancos le pagan a los ahorristas por un depósito a plazo fijo, tengan un piso del 25% anual. Es el viejo mecanismo que se utilizó con el plan primavera en 1988 para llegar a las elecciones sin que saltara el mercado de cambios, algo que finalmente no ocurrió porque el 6 de febrero de 1989 el Central dejó de vender dólares y estalló una corrida cambiaria y financiera. También la utilizó Martínez de Hoz para sostener la tablita cambiaria allá por 1979 hasta que terminó en enero de 1981. Por cierto, a pesos constantes de junio de este año, el tipo de cambio real está a centavos de igualar el tipo de cambio de enero de 1981, que fue el último mes de la tablita cambiaria.

Ahora bien, la idea de subir la tasa de interés para que la gente no huya del peso y se refugie en el dólar es como una zanahoria que le ponen al inversor para tentarlo a seguir en pesos. Esta "timba" cambiaria financiera puede durar un tiempo, pero cabe preguntarse si es sustentable en el mediano y largo plazo.

Si tomamos la tasa de inflación verdadera, la tasa de interés real, que es la tasa de interés nominal menos inflación, es negativa o, en el mejor de los casos, neutra. Es decir, la tasa de interés no compensa la tasa de inflación y por lo tanto el ahorrista pierde dinero frente a esta tasa de interés.

Si tomamos la tasa de inflación verdadera, que es la tasa de interés nominal menos inflación, es negativa o, en el mejor de los casos, neutra. Es decir, la tasa de interés no compensa la tasa de inflación y por lo tanto el ahorrista pierde dinero frente a esta tasa de interés.

Ahora, si comparamos la tasa de interés contra la evolución del tipo de cambio oficial, vemos que la tasa de interés medida en dólares es fenomenalmente alta. La tasa de devaluación del peso, o la suba del tipo de cambio oficial, está en el 12% anual contra una tasa de interés del 25% por un depósito a plazo fijo, con lo cual la tasa de interés real medida en dólares es de 13% anual. Como el banco toma dinero a 13% anual medido en dólares, la pregunta es: ¿A qué tasa tiene que prestar el banco para no tener pérdidas? Seamos condescendientes y supongamos que le agrega 5 puntos porcentuales más a la tasa pasiva, es decir, toma al 25% y presta al 30% anual, por lo tanto, la tasa de interés real que paga el tomador de ese dinero es del 18% anual en dólares.

La realidad es que no hay actividad económica, al menos lícita, que pueda pagar esa tasa de interés. Dicho de otra manera, la tasa de interés pasa a ser inconsistente con la actividad del sector real de la economía y, por lo tanto, es impagable. Si es impagable, quiere decir que el ahorrista corre un fuerte riesgo haciendo un depósito a plazo fijo a tasas de interés que son inconsistentes e impagables por la actividad productiva. De manera que este es un juego que tiene final cantado. En rigor, el que toma dinero a esas disparatadas tasas de interés real es el Banco Central vía endeudamiento. Nada diferente a lo que vimos en el Plan Primavera, por ejemplo.

El juego consiste en sólo intentar llegar hasta las elecciones o bien a diciembre sin una devaluación.

El juego consiste en sólo intentar llegar hasta las elecciones o bien a diciembre sin una devaluación. El problema es si el mercado, es decir, la gente cree que luego de octubre o bien cuando cambie el gobierno va a haber una devaluación. Si cree eso, entonces el mercado juega un rato al juego de te doy tasa, dame dólares, y luego trata de anticiparse a lo inevitable. Es ahí donde se produce el efecto puerta 12. Todos quieren salir al mismo tiempo y no hay tasa de interés que compense el riesgo de quedarse en pesos, instrumento que no es un símbolo patrio y tampoco es moneda porque no cumple la función de ser reserva de valor.

Todo se limita a ver en qué momento el que va devengando utilidades disparatadas en dólares (es decir el que va anotando lo que va ganando) decide salir del juego y realizar la ganancias, que no es otra cosa que dar vuelta la posición de pesos a dólares. Piense el lector en un jugador que está en el casino y va ganando a pleno apostando al 17. Gana una vez. Juega y gana de nuevo. Juega y gana de nuevo, pero llega un momento en que no arriesga más y pide las fichas. Ahí se acabó el juego para él.

En definitiva, sabemos cómo termina este juego. Lo que no sabemos es cuándo, porque el cuándo es en el momento menos pensado y por la causa más insospechada.

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