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Ciencia

El fantasma de la manipulación de genes, entre nosotros

Lorena Oliva
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6 de enero de 2019  

Hace poco más de un mes, un científico chino llamado He Jiankui le anunciaba al mundo que había creado dos seres humanos –los primeros en la historia– inmunes al VIH, quienes serían capaces de transmitir esa inmunidad a su descendencia y, así, inaugurar una suerte de nueva especie humana diferente del resto de los mortales.

El anuncio estuvo lejos de cosechar la aprobación. Al contrario, el científico se encontró con un encendido rechazo global. Su supuesto logro fue calificado de irresponsable y disparó debates y reflexiones de corte ético. También encendió múltiples alarmas, al poner de manifiesto que la velocidad con que avanza la ciencia deja enormes vacíos en términos regulatorios, y coloca a los propios científicos en la posición de decidir si todo lo que se puede hacer ha de hacerse. A juzgar por el caso de He Jiankui, no hay un consenso unánime al respecto.

A causa de esto, el escándalo provocado por el científico chino es un hecho que trasciende el ámbito de la ciencia. Involucra cuestiones morales y hasta sociales, si tenemos en cuenta que, desde 2012 y a partir del desarrollo de una técnica de edición genética simple y poco costosa llamada Crispr, la manipulación de los genes de cualquier célula se ha vuelto un procedimiento sencillo y al alcance de muchos. Eso abre múltiples posibilidades, algunas muy controvertidas y que podrían modificar sustancialmente el curso de la vida humana tal como la hemos conocido hasta ahora.

Antes de Crispr existían otros métodos de edición de genes, pero eran más complejos y costosos. Este método, en cambio, permite alterar o eliminar una secuencia específica de ADN mediante una enzima que ubica y marca el segmento que se desea modificar o quitar, lo que lo vuelve muy preciso. El procedimiento es tan simple que muchos lo comparan con un editor de texto. Sin embargo, al tratarse de una herramienta en fase de desarrollo, la comunidad científica mundial considera que no están dadas las condiciones para un experimento como el de He. Lo cierto es que, si bien ya pasaron seis años desde la creación de este método, aún no se han dado todos los debates necesarios acerca de cuáles son los límites que no es conveniente traspasar, al menos por ahora.

Pero ¿la hipotética existencia de un código de ética que regule los usos de Crispr habría sido suficiente para detener a He Jiankui? ¿De qué manera podría, la comunidad científica, evitar aplicaciones indebidas, con efectos nefastos para toda la humanidad?

A partir de la manipulación del código genético de una célula, hoy por ejemplo se puede lograr –y, de hecho, se hace– que una especie vegetal se vuelva resistente a un tipo de hongo o que un determinado insecto deje de transmitir una enfermedad.

También es posible que, mediante terapias génicas, se traten determinadas enfermedades ocasionadas por la alteración de un gen. Pero, al mismo tiempo, se abren otras posibilidades más discutibles o, incluso, rechazadas por gran parte de la comunidad científica, como la variante eugenésica: gracias a esta técnica es posible barrer imperfecciones, borrar enfermedades o dotar a un individuo de características especiales que lo coloquen por encima del resto. El potencial es tan inquietante y sus efectos a futuro tan inciertos que en 2016 el entonces director de Inteligencia Nacional norteamericano, James Clapper, incluyó a la edición genética en la lista de potenciales armas de destrucción masiva.

Entre los científicos hay consenso respecto a la edición genética de las células de un determinado órgano -llamadas somáticas- cuya modificación no es transmisible a la descendencia de ese individuo, como una técnica de gran potencial para la cura de enfermedades.

En cambio, la modificación de células de un embrión humano o bien de óvulos o espermatozoides que luego den origen a un embrión -llamadas células germinales- no genera el mismo acuerdo; entre otros motivos, porque se desconoce si este tipo de modificación podría ocasionar, a futuro, efectos no deseados, por ejemplo, en el sistema inmune del individuo. Pero lo que sí se sabe es que esas alteraciones serían transmisibles a las siguientes generaciones de ese individuo, lo que convertiría a él y a su descendencia en seres diferentes del resto de la especie humana.

De todas maneras, hoy existen diferentes instituciones que realizan ediciones en la línea germinal, aunque sin la posterior implantación en un útero. El caso del experimento de He Jiankui constituye una excepción a la regla. De acuerdo con sus afirmaciones, el científico chino modificó el ADN de dos gemelas, Lulu y Nana, hijas de madre sana y padre portador de VIH, para hacerlas inmunes a dicha enfermedad.

He Jiankui le anuncia al mundo el nacimiento de las gemelas modificadas genéticamente

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El affaire He se inscribe en el marco de una disputa geopolítica mayor: la rivalidad entre Estados Unidos y China, cuyos efectos se hacen sentir también en el ámbito científico. Sin embargo, quienes han seguido de cerca el tema afirman que el grave paso en falso que dio el científico chino obedece a tres causas: serias fallas en el protocolo de investigación, la ausencia de controles y un ego personal desmedido.

Acto irresponsable

"Así como se conoce, fue una experimentación irresponsable con humanos, que se presta a todo tipo de especulación comercial. Algunos ricos podrían pagar para que los embriones de sus futuros hijos biológicos sean resistentes al virus, un privilegio que no tendría la inmensa mayoría de la población y que además sería heredable, un hecho que aumentaría las diferencias de clase ya existentes y que tendería a generar una subespecie cuyos privilegios serían determinados genéticamente", considera el investigador superior del Conicet Alberto Kornblihtt, que se muestra completamente en desacuerdo con la alteración genética de la línea germinal.

"No creo apropiado modificar información genética que pueda ser transmitida a la descendencia -puntualiza Kornblihtt, también profesor titular plenario de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA-. Si se trata de curar enfermedades hereditarias, en la mayoría de ellas los padres portadores generan embriones sanos y enfermos. Basta un diagnóstico genético preimplantatorio para identificar los sanos y reimplantar solo esos en el útero de la gestante. En última instancia, si todos los embriones generados in vitro fueran enfermos, se renunciaría a la paternidad biológica, que no es más que un tipo posible de paternidad, cuya naturaleza no es imprescindible para ejercer la verdadera paternidad, que es la de la crianza del bebé o del niño. Tampoco estoy de acuerdo con el uso de edición génica para crear variantes genéticas de humanos con propiedades distintas de las del resto y que sean heredables, sean estas cosméticas o de mejoramiento de la especie, por ejemplo una resistencia a cierta infección. Esto se llama enhancement [mejora] de la especie y me opongo radicalmente por motivos sociales y culturales".

El científico español Lluís Montoliu (ver aparte), un referente internacional en el campo de la edición genética, considera que, a partir de esta técnica, hay dos tipos de laboratorios en el mundo: los que ya usan Crispr y los que van a usar Crispr. En la Argentina, la técnica está bastante difundida e, incluso, ya hay algunas investigaciones en curso en el campo de la salud humana.

Santiago Miriuka, médico e investigador del Conicet, encabeza en el Instituto Fleni un equipo que investiga sobre enfermedades cardíacas por medio de la edición génica. Utiliza un tipo de células madre llamadas pluripotentes, que tienen la capacidad de dar origen a cualquier tipo celular de un organismo. El especialista reconoce que con Crispr se ampliaron las posibilidades de investigación del equipo.

"Si uno cuenta con esta técnica en el laboratorio, puede agilizar mucho el trabajo y responder preguntas que de otra manera no podría o sería más complicado responder. Antes, contábamos con otros métodos, pero este es más simple. Claro que la aplicación en organismos humanos es bastante novedosa, y como tal tiene que seguir un proceso. Los estudios clínicos en el mundo son muy recientes, habrá diez o quince en todo el mundo", explica Miriuka.

Con él coincide Jorge Dotto, médico genetista y director del Registro Nacional de Datos Genéticos, que depende del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Dotto considera que este tipo de procedimientos se encuentran en una fase primitiva. "Vamos a tener que hacer sintonía fina acerca de qué usos le vamos a dar, porque todavía no se pueden determinar con certeza. El límite siempre tiene que ser el uso responsable de la herramienta. No tenemos que jugar a ser Dios".

He Jiankui, detenido en un apartamento universitario de Shenzhen, China
He Jiankui, detenido en un apartamento universitario de Shenzhen, China Fuente: Archivo - Crédito: ELSIE CHEN/NYT

De cualquier modo, advierte, siempre va a haber alguien, como en este caso el científico chino, que quiera empujar los límites. "Es un asunto riesgoso, porque no hay límites ni sanciones concretas. Es necesario arribar a un consenso científico y político que fije ciertas pautas, sin perder de vista que la ciencia siempre va a ir por delante de la legislación", agrega el experto, quien considera que, de ser consultado para arribar a esas pautas, haría hincapié en un aspecto: "Seguridad, seguridad y seguridad. Hasta no tener la certeza de que no va a ser perjudicial para el individuo y para el resto de su progenie, no debería aplicarse".

Por su parte, Kornblihtt haría hincapié en tres ejes: "Primero, en la imprevisibilidad de consecuencias negativas tardías, incluso en las generaciones subsiguientes a las del individuo editado. Después en los aspectos negativos a nivel de equidad social de un "enhancement" privativo de unos pocos pudientes. Y, por último, en lo incorrecto de la exacerbación del determinismo genético como eje de la paternidad."

En la Argentina

En nuestro país, la edición genética es regulada por diferentes leyes y disposiciones. "La modificación en la secuencia de ADN de las células somáticas se la considera una terapia génica, un tipo de medicamento biológico dentro de la categoría de medicamentos de Terapia Avanzada. Así lo han dispuesto Estados Unidos, Europa y recientemente la Argentina mediante la disposición 179/2018 de la Anmat. En estos casos, se aplican los principios éticos y normativos atinentes a la aprobación de medicamentos biológicos", explica Fabiana Arzuaga, coordinadora de la Comisión Interministerial de Investigaciones y Medicamentos de Terapia Avanzada.

"Además, las modificaciones en células somáticas deben cumplir con otros requisitos éticos y legales como, por ejemplo, la existencia de un protocolo de investigación aceptable científicamente, o que el procedimiento cuente con recursos humanos idóneos y esté aprobado por el Comité de Etica de la institución en donde se realizará, entre otros aspectos", señala la experta.

Para el caso de la modificación génica en embriones, si bien no hay regulación específica en nuestro país, serían aplicables las regulaciones en materia de investigaciones en salud humana. "Antes de efectuarse una intervención terapéutica en un embrión, es necesario efectuar una investigación a fin de comprobar su seguridad y eficacia. Esos embriones modificados nunca podrían implantarse en el útero de una mujer. En razón de que estas técnicas son nuevas y falta mucho conocimiento aún, hay un rechazo ético generalizado por parte de la comunidad científica a nivel mundial con respecto a implantar embriones con modificación genética", continúa Arzuaga.

Una reacción

Durante el año último se lanzó en París la Asociación para la Investigación Responsable e Innovación en Edición Genética (Arrige, según sus siglas en inglés), que impulsa mecanismos de regulación a nivel mundial. Al acto de lanzamiento de la institución, presidida por Montoliu, asistieron 160 representantes de 25 países. De todas maneras, la iniciativa genera escepticismo en parte de la comunidad con respecto a los alcances concretos que esta regulación podría tener. Mientras tanto, la desprotección no es absoluta. Vale señalar que el quehacer científico -al menos, el que se ejerce en laboratorios serios de buena parte del mundo- consta de una serie de pautas éticas para investigación biomédica, con alcance internacional.

"Cuando el repudio de los pares es unánime, como en el caso de He, ese científico no vuelve a hacer investigación en su vida. Si bien todavía no hay evidencia clara de lo que hizo, todo el mundo le creyó porque es posible hacer lo que dijo haber hecho. Pero la respuesta del gobierno chino y de la ciencia mundial fue clara: si hacés algo así, quedás excluido del sistema", considera Miriuka, que confía en que esta reacción internacional disuada a cualquier otro científico outsider.

Por su parte, Dotto insiste en que, una vez que baje la efervescencia de la novedad, vendrá una suerte de autorregulación. A su entender, el cambio de paradigma que se está registrando en la medicina en lo que hace al abordaje de los pacientes y sus problemáticas tiene efectos que llegan, incluso, a los laboratorios. "Dejamos de considerar al paciente como una suma de síntomas y pasamos a mirarlo de manera más integral. Hoy sabemos que son múltiples los factores que desencadenan una enfermedad, que influyen desde factores emocionales hasta ambientales. Ya no podemos creer que una tijera genética sea capaz de resolver todos nuestros problemas".

En cualquier caso, lo que ha demostrado el caso de las gemelas chinas y su futuro incierto es que llegó la hora de responder aquella pregunta que resuena, desde hace años, sin respuesta: ¿hasta dónde somos capaces de llegar en nombre del progreso científico?

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