Todas las culpas del Chapo Guzmán

Guzmán entre policías, cuando fue extraditado a EE.UU. en 2017
Guzmán entre policías, cuando fue extraditado a EE.UU. en 2017 Fuente: Reuters - Crédito: Handout
En el juicio que lo condenó, el mayor narcotraficante mexicano dio una imagen muy distinta de la que ofrecen los modelos de Netflix
Leonardo Tarifeño
(0)
24 de febrero de 2019  

CIUDAD DE MÉXICO.- Tal vez la conclusión más inesperada del histórico juicio a Joaquín "El Chapo" Guzmán celebrado en Nueva York sea que Netflix ha moldeado la forma en que se observa, se interpreta y se acepta la realidad. Para que un capo hoy asuste de verdad, no basta con que haya introducido más de 155 toneladas de droga a Estados Unidos; solo resulta temible si se parece a los villanos de Narcos. Y el Chapo, al menos por lo que se vio durante su comparecencia en los tribunales, está lejos de ser el macho alfa tropical que sugiere su versión pop.

La revista Forbes indicó en 2011 que la fortuna del jefe del cártel de Sinaloa llegó a rondar los mil millones de dólares, pero ese hombre omnipotente y millonario que figuraba en la lista de los más ricos del mundo con un negocio ilegal no apareció en ningún momento por la sala 8D de la Corte de Brooklyn. O mejor dicho: la que no apareció fue su imagen, el aura de una leyenda sanguinaria que incluye dos fugas de prisión , cientos de asesinatos por encargo y veinticinco años de reinado en el competido trono del crimen global.

El hombre sentado ante el juez Brian Cogan resultó ser un tipo bastante ordinario, distraído y sumiso, forzado a escuchar la transcripción de un intercambio de mensajes con su esposa, Emma Coronel, en el que le pedía por favor que le comprara tintura para el bigote. Por cierto, días antes de esa humillación pública, la propia Emma llegó al tribunal con varias corbatas para su marido. Y vestido con una de esas corbatas, el jefe narco escuchó la revelación más íntima de todo el juicio: el pedido de intervención que le hizo al informático colombiano Cristian Rodríguez de los teléfonos de su esposa y de dos de sus amantes. Celoso e inseguro de sí mismo, hoy se sabe que el Chapo vigilaba a sus mujeres con una táctica de espionaje en la que jamás pensó a la hora de controlar a sus enemigos, empleados o socios.

En México , las historias de telenovela que rodean la caída del Chapo son las únicas que llaman la atención. Todo lo demás ya se ha dicho, se sabe o se intuye. Para nadie es ninguna novedad que, como se dijo en Nueva York, haya sido capaz de exigir que no quedaran "ni los huesos" de algunos de sus peores enemigos, como los miembros de Los Zetas. Tampoco asombra que haya pagado entre 100.000 y 300.000 dólares de sobornos mensuales a jefes policiales, alcaldes, ministros y gobernadores, algunos de los cuales hasta le habrían pedido que mandara a matar a sus rivales políticos. Y ni siquiera indigna la posibilidad de que tanto el Chapo como su principal socio, Ismael "el Mayo" Zambada (hoy libre), hayan sobornado con varios millones de dólares a los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, tal como aseguró el colombiano Alex Cifuentes, "mano d erecha" del "Chapo" Guzmán Loera.

Durante años, el periodismo mexicano ha revelado muchos de los secretos iluminados en los últimos cuatro meses: entre ellos, que el Cártel de Sinaloa contaba con el favor de las principales autoridades políticas, judiciales y policiales en su lucha contra otro cártel, el de los Arellano Félix; que las armas utilizadas llegaban desde Estados Unidos; que las dos célebres fugas de prisión del Chapo hubieran sido imposibles sin el apoyo logístico de los presuntos defensores de la ley; y que una de sus amantes, Lucero Sánchez, era una diputada del derechista Partido Acción Nacional (PAN).

Los detalles más o menos pintorescos de su mito, como los envíos de droga en latas de chiles jalapeños o su plan de introducir 100 kilos de cocaína a Estados Unidos en camiones petroleros solo sirven para recordarle a Donald Trump que la droga no pasa por los tramos aislados de la frontera, como la insistencia en la construcción del muro quiere hacer creer. Las noticias que con toda la razón alarman a Estados Unidos y el resto del mundo no impresionan en un México acostumbrado a convivir con la crueldad de los criminales y la impunidad de las autoridades. Y es que, después de años de asistir en primera fila al espectáculo de la industria del narcotráfico, las preguntas que sobrevuelan en este país a punto de legalizar el consumo de marihuana son otras, escalofriantes también, pero a su manera.

Por ejemplo: ¿cómo un tipo ramplón como el Chapo pudo haber sido tan poderoso? ¿Y será que el poder siempre lo ostentan personas igual de torpes y vulgares, tan diferentes de las que se ven en Netflix?

Por lo que parece, a la leyenda del Chapo le falta el atractivo, irresistible y moralmente ambiguo, que la ficción suele regalarle a figuras como él. Su historia es tan plana que carece de intriga, algo imperdonable en una era que ha convertido a los enigmáticos serial killers en estrellas pop.

El "Chapo" Guzmán es el tipo de personaje que no puede escapar de su origen ni de su destino, circunstancia que lo acerca más a la tragedia que a la aventura. En el municipio de Badiraguato, donde nació, el 74,8% de la población vive en condiciones de pobreza y el 21,1% padece "pobreza extrema". La Tuna, su pueblo natal, figura entre los lugares de ingresos más bajos de todo el país. Consultado sobre cómo lo conoció, el narco Miguel Ángel Martínez, alias "El Gordo", dijo en los tribunales neoyorquinos que "cuando el Chapo empezó a traficar con cocaína vendía naranjas y pan horneado por su madre… no tenía ni para comer".

Con las primeras grandes ganancias que obtuvo de la venta de droga, compró dos propiedades: una para su familia y otra, de varios millones de dólares, en Acapulco, la playa del Pacífico donde María Félix enamoró a Agustín Lara.

Con el tiempo llegaría a tener una flotilla de cuatro jets privados, siete casas en distintos lugares del país ("nada lujosas, para no llamar la atención del Ejército"), una larga lista de camionetas y una pistola con diamantes incrustados en la culata, pero en el fondo nunca habría dejado de ser el fugitivo de la miseria que lo acechó en Badiraguato.

"Organizaba fiestas, sí, pero sobre todo para hacer regalos –contó El Gordo–. Un fin de año regaló 50 coches de lujo". Martínez, Cifuentes y la banda de cincuenta pistoleros que lo acompañaba se cambiaban de casa cada 20 días. A cada una de ellas se llegaba con "una pequeña avioneta", lo que habla del grado de reclusión y paranoia que definían la vida cotidiana de uno de los hombres más ricos del mundo.

Su mayor sueño, según El Gordo, era "dirigir su propia película de cine", y por intentar cumplirlo cometió el desliz que terminaría con su última detención, pocos días después de conceder una entrevista a los actores Kate del Castillo y Sean Penn.

Los testigos que han relatado el día a día en la sala 8D de la Corte de Brooklyn cuentan que al Chapo solo se lo vio inquieto cuando un agente del FBI leyó la transcripción de mensajes de celular donde el capo le declara su amor a una de sus amantes, Agustina Cabanillas. Con su mirada, dicen, pareció pedirle perdón a su esposa, Emma, sentada a pocos metros suyo.

En esa misma lista de mensajes, Agustina escribe que sabe que el Chapo la vigila. "Ese idiota no sabe que yo soy mucho más inteligente que él", escribió ella, sin piedad. En los tribunales y ante el mundo, el hombre temido y brutal quedó reducido al papel del infiel apenas perdonado por su cónyuge y al del hombre celoso vilipendiado por su amante. Nada muy distinto de lo que día a día viven millones de personas en el resto del planeta. Nada de lo que se espera en un criminal que, antes de su captura, era protagonista de corridos, proyectos de películas, series y biografías no autorizadas más cerca de la fantasía que de la verdad.

El juicio al Chapo ha dejado claro que entre la dura realidad y la cómoda ficción hay un abismo habitado por personas viles, inseguras y patéticas. El rey quedó desnudo; y sin sus atributos, un rey no es rey. La Justicia estadounidense ha dictaminado que su culpa se paga con toda una vida en prisión. La sociedad mexicana prefiere el castigo, o la gracia, de la indiferencia.

Para el país que lo consagró como el villano al que se permitía admirar, tal vez la mayor culpa de Joaquín Guzmán Loera consiste en no estar a la altura de su leyenda. La cuestión que surge en ese caso es saber quién, realmente, sí lo está. Todo indica que los únicos capaces de brillar durante su ascenso y caída son los antihéroes de Netflix. A ellos sí vale la pena discutirlos, quererlos u odiarlos. En México, al Chapo se lo condena al silencio; en definitiva, una señal de respeto. De duelo, también.

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.