Todo tan inútil
Suelo dar vueltas sin motivos para comprar eso que me gusta, un suéter, una planta, un kilo de bombones, pero estas cosas las compro sin dudas y rápido, como ese “Llame ya” en que por primera vez vi varias. Pero nunca llamo. Yo voy a los locales porque si no veo, no lo creo, y ahí sí compro y compro porque debo ser lo más perfecta que pueda. Lo más útil y pulcra y razonable y magra que consiga, y estas cosas parecen ayudar a que todo esté así y donde tiene que estar, pese a que nunca sepa bien cuál es ese lugar. Pero eso no lo es que importa. Lo que importa es que compro cosas caras y que no me gustan porque sirven y consiguen que lo que se ve se vea lindo. Como la mopa para limpiar el piso, una de mis mayores adquisiciones en cuarentena. La compré porque en la publicidad la mujer, siempre una mujer, pasa y repasa el parquet con esta cosa, una escoba que en la punta no tiene cerdas sino un rectángulo de trapo que se humedece para levantar mejor el polvo cada vez que aprieto un botón y listo, el suelo reluce, la casa está limpia, huele a no usada, a nadie, la vida es bella. Así me convencí. Y desde entonces hago eso mismo que las instrucciones indican aunque esté cansada y sea fin de semana y no quiera. Pero igual fallo porque al final, tras más de una hora de refregar este departamento de 60 metros cuadrados, debo revisar el trabajo y recoger con la mano la mugre que la mopa dejó en los rincones. Porque no es cierto eso de que deja todo impoluto. Yo lo veo cada vez que lo hago. No es poco el polvo que no saca. O quizá sí, pero no me alcanza.
Hace un mes compré una plancha que plancha en el aire. Carísima. Un aparato de color lila que mide lo mismo que los borceguíes marrones de mi novio y que tampoco funcionó como decía porque me aseguró terminar con las arrugas, las de ese pantalón de lino verde, las del amarillo de tiro alto y moño, con lo que yo preciso que se vayan las marcas que no se quieren ir, las que arruinan la ropa y las otras, las que tengo yo, y sin embargo no. Repetí paso a paso lo que decía el manual: colgué la prenda de la percha, llené el contendor pequeño de agua, enchufé y esperé a que la temperatura fuera la adecuada y me puse el guante plateado en la mano izquierda para no quemarme con el vapor pero para tomar la prenda y estirarla mientras con la derecha pasaba la pancha y planchaba pero no planchó y no quiero que nadie se entere que una vez más no lo logré. Que creí en algo y me volvieron a mentir. Con lo que yo me esfuerzo. O al menos pienso que me esfuerzo pero quizá me engaño. ¿Será que debería esforzarme más?
A mí me criaron para ser infalible, entre todas cosas que sirven o que me dijeron que servían porque así me lo mostraban aunque a veces pienso que mis padres también me engañaban. Me hicieron creer que si mantenía mi entorno limpio y liso, bien planchado, el resto iba a estar igual y yo iba a estar bien. Que con eso bastaba para que lo demás acompañara.
Por las dudas insisto. Ya tengo una picadora de vegetales que no uso hace años porque no me gusta como pica, una procesadora que procesa tanto que destruye los alimentos, una cafetera que deja un aroma exquisito en el aire pese a lo poco que la uso, porque a mí el café no me gusta tanto, una máquina de hacer pan que no activa la levadura bien y ahora me quiero comprar una olla cuadrada, roja, que además se usa como sartén, en la que se puede preparar desde una torta hasta fideos o empanadas de todos los gustos o un pollo y en la que nunca se pega nada porque en la publicidad una mujer grande, de más de 60 años, con el pelo corto, incluso derrite un vaso de plástico, de esos que se usan en los cumpleaños, y no se pega. Y como no se pega ni siquiera esto se limpia sin problemas y entonces quién sabe ¿no? Quizá todo lo demás también sea así, fácil. Cuesta veinticuatro mil pesos.








