Reseña: En compañía de Artaud, de Jacques Prevel

Un creador inclasificable y su discípulo
Felipe Fernández
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3 de marzo de 2019  

"En la vida sólo amé a tres seres: Rolande, Jany y Artaud. Esos tres seres multiplicaron mi dolor más allá de mis fuerzas de odio y de desesperación", apunta Jacques Prevel (1915-1951) en una de las entradas de su diario que dieron origen a En compañía de Antonin Artaud. Estas anotaciones, si bien mencionan asiduamente a su esposa Rolande y a su amante Jany, se centran en los encuentros que mantuvo con el autor de Van Gogh, el suicidado de la sociedad, entre 1946 y 1947.

Cuando se conocen, Artaud (1896-1948) acaba de salir del asilo de Rodez después de nueve años de internación. Se halla muy deteriorado, tanto en su estado mental como en el aspecto físico. Prevel es un joven poeta que lo idolatra. La relación oscuramente simbiótica que se establece entre ambos refleja una mutua dependencia. En un nivel superficial podría hablarse de un discípulo que, de modo casi compulsivo, registra cada palabra dicha o escrita por su maestro. Artaud elogia los poemas de Prevel, que se encarga de conseguirle sus imprescindibles dosis de láudano y acude de inmediato en cuanto aquel le exige su compañía.

Un previsible y perturbador retrato surge de las palabras recogidas por Prevel en sus conversaciones. Artaud le dice que hay millones de personas que lo embrujan y buscan perjudicarlo o afirma, al recordar su estadía en México, que hordas enteras de indígenas se masturbaban para arrojarle maleficios. Le cuenta que es capaz, con la ayuda de un estornudo especial, de tirar abajo una sala. Le asegura que los hombres, tocándose los testículos, y la mujeres los ovarios, pueden entrar en relación con la conciencia de cada cual. Le revela que fue él a quien crucificaron en el Gólgota y le adelanta que un ciclón de magnetismo cósmico pronto se abatirá sobre la tierra. En otra ocasión sostiene que Prevel es la reencarnación de una muchacha turca o dictamina: "La mayoría de los hombres tiene un organismo que desborda de opio, a mí me falta por completo". Cada tanto es dominado por accesos de cólera: lanza alaridos y se pelea con furia contra los espíritus, y se define: "Soy un hediondo de humanidad risueña".

En compañía de Antonin Artaud (hasta ahora inédito en español) se publicó originalmente en 1974, y en 1994, en una segunda publicación, se le agregaron más textos de Prevel cedidos por Rolande. En su excelente prólogo Salvador Gargiulo rastrea, a partir de 1958, las ediciones rioplatenses que difundieron la obra de Artaud (sin olvidar la importante contribución del long play homónimo de Spinetta) y explica que sólo existe una biografía suya en castellano.

El libro aporta valiosos datos para aquellos interesados en la etapa final de la vida del creador del Teatro de la Crueldad. La devoción de Prevel no fue correspondida por Artaud, que apenas lo menciona en sus cuadernos y cartas de ese período. Su muerte afectó mucho al joven poeta que, enfermo de tuberculosis y hundido en la extrema pobreza, falleció tres años después. Su sumisión admirativa recuerda la de Dean Benedetti por Charlie Parker, el músico de jazz que seguía a "Bird" a todos los lugares donde tocaba para grabar únicamente sus solos.

Lo que se presiente en las entradas del diario se consuma en los últimos textos de Prevel. "Estoy tan desvalido sin Antonin Artaud que la vida me parece cada día sin realidad", escribe agobiado por un vacío desgarrador que lo enfurece y le hace dar "alaridos como nunca dio alaridos Antonin Artaud". Esta mímesis sugiere la idea de una grotesca posesión, como si la enorme sombra de Artaud hubiese terminado apoderándose de la identidad de Prevel y lo controlara hasta obligarle a decir: "No tengo el derecho de hablar de Antonin Artaud sin que él me lo permita".

En compañía de Antonin Artaud

Por Jacques Prevel

Adriana Hidalgo. Trad.: Mariano García. 260 págs / $ 495

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