
Una Argentina escandinava
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El Presidente ha dicho que quiere que la Argentina sea como Noruega, Suecia o Finlandia. Pero luego de haber vivido en Escandinavia, puedo afirmar que sus acciones no podrían ser más alejadas de esa supuesta finalidad: se trata de palabras vacías, con el único objetivo de manipularnos.
Mientras en Escandinavia se decide por consenso, aquí el Gobierno impone de manera inconsulta –incluso ilegalmente, como la quita de coparticipación a la ciudad de Buenos Aires–. Allí se desarrolla un debate racional con empatía y respeto; aquí se imponen la manipulación y la mentira
Mientras en Escandinavia se decide por consenso, aquí el Gobierno impone de manera inconsulta –incluso ilegalmente, como la quita de coparticipación a la ciudad de Buenos Aires–. Allí se desarrolla un debate racional con empatía y respeto; aquí se imponen la manipulación y la mentira.
En los países nórdicos es impensable elegir a alguien a dedo para un cargo público: para todo hay un procedimiento, y se cumple. En la Argentina, la mediocridad es útil para evitar los controles de frenos y contrapesos institucionales (esto último, algo que solo podría lograrse con funcionarios profesionales, elegidos por su mérito propio).
El respeto mutuo es un ideal elevado desde el que se derraman todas las acciones de ciudadanos y gobernantes en Escandinavia. Se busca hacer lo correcto, sin importar si puede resultar difícil o costoso –aun en términos políticos–. Ellos están dispuestos a escuchar la crítica –que no ven como un ataque personal– y a tomarla como un modo de aprendizaje y superación. Nuestro gobierno se preocupa más por ocultar errores y desentenderse de sus falencias que por resolver las cuestiones de mayor urgencia.
También se expresa allí un gran respeto por la ley, desde no cruzar un semáforo en rojo –aun si no hay autos cerca– hasta preocuparse porque no haya corrupción –ni se les ocurre esa posibilidad–. Porque respetar la ley es respetar a quien no está presente y a quien no puede defenderse. Desmontar la justicia para lograr la impunidad a través de una reforma judicial como la que el gobierno argentino tiene entre manos sería allí inconcebible. Los países nórdicos tienen auténticas sociedades plurales donde imperan la tolerancia y el respeto por el otro y por sus instituciones.
En la Argentina, al encumbrar la mediocridad, la vagancia y el facilismo, condenan a la gente a la pobreza, y es justamente la reproducción de la pobreza lo que permite que ganen elecciones quienes actualmente gobiernan. La mediocridad es la esencia de su poder. El mérito es su más acérrimo enemigo.
Cuando en la Argentina se luche incansablemente contra la corrupción –caiga quien caiga, aun la vicepresidenta–, cuando haya un culto al respeto mutuo –algo que no incluye insultos ni extorsiones–, cuando se busque el consenso –es decir, evitar la imposición–, cuando se respeten las instituciones –algo contrario a desmontar el sistema judicial–, cuando no se busque destruir al emprendedor independiente y a todos quienes trabajan dignamente, y cuando se sueñe en un futuro común y plural para todos, entonces se podrá decir que se sigue el modelo nórdico. Mientras tanto, esas palabras serán vacías, dichas con el único objetivo de manipular. Es una práctica impensable en los países escandinavos, pero algo común en este gobierno.
Licenciado en Administración de Empresas (Universidad de San Andrés)






