Reseña. El lector del tren de las 6.27
Una fábula sobre los libros
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En un estilo curioso, un poco grotesco, el argumento de El lector del tres de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent (Francia, 1962), va mezclando en su avance bloques muy distintos. Uno central es el viaje en tren de todas las mañanas en una zona de París. Un protagonista de nombre extraño, Guibrando Guiñol (que permite juegos de palabras en francés), lee cada mañana páginas sueltas de libros con temas muy diversos, para beneplácito de quienes viajan a esa hora.
El otro gran bloque tiene que ver con su lugar de trabajo. Allí supervisa una gigantesca máquina, con mucho de Stephen King, cuya tarea principal es desmenuzar camiones enteros de libros en sus entrañas implacables. De las páginas que vuelan en el aire o quedan pegadas a las paredes del monstruo, Guibrando saca sus lecturas de la mañana. Es un sistema a la vez bastante seguro y totalmente azaroso de contar con material.
Como suele pasar en todos los trabajos hay otro controlador que es un verdadero villano, dedicado a complicarles la existencia a sus subalternos o iguales, yendo incluso hasta el extremo de la mutilación solapada. A su vez el paisaje se amplía, también a través de gente más bien marginal, encarnada en dos viejecitas que le piden que traslade su tarea lectora al geriátrico donde viven.
Un plano más permite saber que en el baño público de un centro comercial hay una especie de princesa. Tal vez el hilo que más se resiente es el de un vigilante de seguridad que habla en verso: las rimas y los ritmos tienen en castellano cierta dureza que les traba la fluidez.
Para los parisienses El lector del tren... debe de ser un modo entre tierno y agresivo de conocer aspectos inéditos de la ciudad. El recurso clásico de un final feliz que parece resistirse hasta el último segundo le aseguró al libro ser un best seller en Francia, y la traducción a 25 países.
La clave reside en ponerse en sintonía con el modo de narrar de manera entrecruzada los distintos hilos que componen la trama. Algunos funcionan, algunos vacilan, otros fracasan. Hacia el final, el impulso para al cierre que distiende la tensión está logrado con una carta escrita por Guibrando Guiñol, con el romanticismo más tradicional, para poder conmover a la mujer del baño público después de varios desvíos y equivocaciones.
Un buen recurso es el hallazgo de un pendrive lleno de textos o documentos, esquivos e intrigantes. Son setenta y dos archivos denominados sólo por un número. El libro termina por ser, más que una novela, una especie de patchwork que combina los momentos de buen funcionamiento y epifanías con otros de caos y despiste.
El lector del tren de las 6.27, Jean-Paul Didierlaurent. Trad.: A. G. Ortega. Seix Barral. 195 páginas, $289








