Una visita a los talleres de los artistas
De Ingres a Koons: la intimidad de la creación se revela en una muestra de fotografía en el Petit Palais, en París
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Entrar en el taller de un artista provoca siempre un escalofrío. Una mezcla de expectativa, intimidad, misterio y curiosidad mientras se intenta desnudar algo de su proceso creativo. Algo parecido sucede al ingresar en el Petit Palais, en París, donde se exhibe hasta el 17 de julio En el atelier. El artista fotografiado de Ingres a Jeff Koons. Unas 400 fotografías de gran calidad permiten acercar al público las diversas maneras de trabajar de estos creadores.
Epicentro del mundo artístico entre 1850 y 1950, la Ciudad Luz se revela como refugio de un sinfín de ateliers en todos esos rincones por los cuales los parisinos circulan de manera cotidiana. Si bien Montmartre es una zona conocida por seducir a artistas, muchos elegían la rive gauche, la parte sur de la ciudad. En la calle Des Grands-Augustins, cerca de Saint Michel y del Sena, Picasso pintó su Guernica y trabajó durante la Segunda Guerra Mundial. El escultor Antoine Bourdelle, Pierre Soulages y Constantin Brancusi eligieron los alrededores de la estación de trenes de Montparnasse, donde subsiste el museo que lleva su nombre.

Alberto Giacometti se instaló en la calle Hippolyte-Maindron, siempre hacia el sur, no muy lejos de la estación Denfert-Rochereau, y en 1957 posó para Robert Doisneau, con sus figurines detrás. Esa fotografía es una de las más conocidas del siglo XX. Georges Braque y Jean Dubuffet también posaron para Doisneau, en 1953 y en 1951, en sus talleres parisinos.
En el atelier de Nicolas de Staël se ven troncos, una mochila y lienzos apoyados sobre el piso. Jesús Rafael Soto posa con sus herramientas de ferretería. David Hockney aparece con moño y pincel en mano, como sorprendido por el flash. Entre las mujeres se puede ver a la argentina Alicia Penalba, a Joan Mitchell y a Louise Bourgeois, entre otras, aunque se nota que a las artistas siempre les costó más acceder a la promoción. Fuera de París, el taller de Mariano Fortuny, sobre la via Flaminia en Roma, es retratado en 1870.
"La calidad fue un requisito de nuestra selección. Queríamos que fueran fotografías de época, daguerrotipos y obras maestras. Rehusamos hacer nuevas fotos. Lo interesante es el valor de la que se tomó en ese momento. Si bien el tema elegido está dirigido a un público mainstream, nuestra idea es que el amante de la fotografía también tenga con qué alimentarse", dijo a LA NACION Susana Gallego Cuesta, curadora de la colección fotográfica del Petit Palais y cocuradora de esta muestra.
Para la selección también fue importante reflexionar sobre quién estaba representado y qué representaba. La exposición incluye los talleres que llegaron a la calle de la mano del artista. Como lo hizo Gordon Matta Clark con su performance, cuando agujereó en 1975 un edificio que luego sería destruido.

Espacios míticos
Templos de la creación y lugares íntimos, los talleres siempre despertaron interrogantes. Desde el siglo XIX los fotógrafos exploraron esos espacios míticos donde se elabora la obra de arte, ya sea para documentar sus interiores o retratar a los artistas que marcan tendencia, para enfocarse en el gesto creador o para tomarlos como metáfora del nacimiento de las imágenes.
La muestra del Petit Palais da ganas de adivinar a qué artista corresponde cada espacio. El juego no es difícil cuando se trata del taller-laboratorio de Koons, o cuando se ve a Toulouse-Lautrec y a Pablo Picasso pintando de espaldas. O al descubrir los Nenúfares de Claude Monet, los personajes gigantes de Ron Mueck o los materiales futuristas de Anish Kapoor. El ejercicio se complica con el lugar de trabajo del multifacético Miquel Barceló, con los bastidores ordenados de Pierre Soulages o con las montañas de materiales de Francis Bacon.

Es interesante observar cómo fue cambiando la representación fotográfica a través de los años. "En el siglo XIX, los talleres que se fotografían son puestas en escena. El artista suele aparecer en la imagen porque muestra estatus e intenta promocionarse, pero sólo los ateliers más ricos y sexys accedían a la foto. En el siglo XX, pensamos que vemos todo pero en realidad vemos lo que ellos quieren. Un ejemplo de esto es Picasso", observa Gallego Cuesta.
Brassaï contaba que, incluso luego de 30 años de amistad, el artista malagueño sólo le abría la puerta para las fotos cuando ya había terminado de pintar. Brassaï a veces aparecía en la casa de Picasso a la cinco de la mañana porque sabía que pintaba de noche, pero nunca lograba verlo en acción. El fotógrafo tenía que contentarse con el final de la sesión, con los restos del trabajo que quedaban en el piso. Allí se acumulaban trozos de linóleo y periódicos, ya que Picasso no usaba paleta. "Aquellas fotos donde se lo ve con el pincel en la mano son montajes: está dibujando de verdad, pero para la cámara. La única que logró verlo y fotografiarlo fue Jacqueline, su última mujer, y ésas son las fotos más íntimas", asegura la curadora.
No se queda atrás Koons, conocido por ser obsesivo y perfeccionista tanto en la concepción y en la realización de sus obras como en el montaje y en su difusión. La foto de su taller-fábrica que se exhibe en el Petit Palais estuvo a punto de ser levantada porque el artista quería vetarla con el argumento de que se veía parte de la obra. "Su imagen la controla él y nadie más. Gracias a la ley francesa, pudimos exponerla. Koons es un peligro porque es un gran manipulador de la prensa", sostiene Gallego Cuesta.
Para destacar son las imágenes sin presencia humana. Cuando los artistas y sus asistentes desertan, parece nacer la fotografía. Espacios vacíos pero repletos de restos, trazos y objetos que tanto dicen sobre el espíritu de la creación.









