Reseña: Tránsito, de Rachel Cusk

Una vuelta de tuerca a la intimidad contemporánea
Pedro B. Rey
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3 de marzo de 2019  

Hacia el final de su larga vida Nathalie Sarraute (1900-1999), una de las grandes plumas experimentales del siglo pasado, se indignaba porque todavía se siguieran escribiendo novelas tradicionales, como si no hubieran existido Ulises, de James Joyce, o el nouveau roman, la tendencia vanguardista de la que ella misma era sinónimo. Parece una ley interna del género: la novela periódicamente entra en crisis y habilita toda clase de exploraciones para, al final, seguir reproduciéndose industrialmente sin que nada cambie.

La inglesa Rachel Cusk (nació en 1967 en Canadá) es una de las escritoras que en estos últimos años intentan desoxidar las junturas que corroen el inconmovible edificio narrativo global. Tiene ya diez novelas, pero es una trilogía reciente la que funcionó como clivaje definitivo de su obra. A contraluz (2014), Tránsito (2014) y Prestigio (2017, que llegará a la Argentina a mediados de año) proponen una versión oblicua del callejón sin salida en el que parece haber ingresado la "autoficción", esas historias en las que un autor parece valerse de su propia vida como disparador narrativo. Cusk llegó a la reticencia de su nuevo estilo después de algunos ensayos polémicos, francos y cien por ciento autobiográficos, que levantaron una inmensa polvareda: en uno de ellos contaba de manera descarnada los entretelones de su divorcio y en otro su arrepentimiento de haberse convertido en madre.

La trilogía de Cusk parece una respuesta estratégica a las múltiples críticas y embates que recibió. En ellas hay una primera persona, pero aparece siempre difuminada, como uno de esos actores secundarios que, casi al borde del anonimato, se limitan a ser todo oídos para dar pie al monólogo de los demás. En A contraluz, la narradora se dirige a Atenas a dar un curso. Ya en el avión, ya en la ciudad griega, se dedica a recolectar no tanto lo que le sucede a ella como lo que le van revelando sus interlocutores sobre su intimidad.

El procedimiento se repite en Tránsito, aunque la silueta de la protagonista alcanza contornos más definidos. Escritora como Cusk (aunque con un par de mínimas variaciones: tiene hijos varones en vez de mujeres), deja el campo y se instala en Londres para rehacer su vida después del colapso de su matrimonio. Una misteriosa astróloga online le anuncia que su futuro inmediato está por dar un vuelco, casi al mismo tiempo que consigue un piso barato, pero semidestruido y con necesidad de reformas. Esa fase de tránsito astral es el hilo de seda que une las diversas historias que refractan sobre la superficie de esta segunda entrega. La novela mayor, silenciosa y secreta, es la que se extiende en punta de pies, en cambio, por la totalidad de la trilogía.

Tránsito, que puede leerse sin conflictos de manera individual, funciona entonces como una pequeña galaxia cotidiana donde la novelista va capturando en su red -mientras sufre el malestar de la vecina de abajo por su piso en obras o el llamado telefónico de sus hijos pequeños en plena pelea fraterna y brutal- lo que los demás van contando como al pasar. Cusk es hábil para, en ese ejercicio de imantación, describir y darles voz a personajes salidos de ámbitos diversos y sortear, en el mismo gesto, el ombliguismo de tanta novela contemporánea. Las conversaciones de ocasión con el obrero albanés que trabaja en su departamento (sorprendido de que su hija de cinco años hable mejor inglés que él) le permite acceder a la experiencia de la asimilación inmigrante. El encuentro con Gerard, un músico que fue su pareja de juventud, produce el interrogante de lo que podría haber sido (y por suerte no fue), además de un sutil análisis de la neurosis masculina. La reunión con una fotógrafa que busca a alguien que la guíe en la novela que pretende escribir habilita un relato de amor frustrado, casi chejoviano, que pone en escena la pobreza sentimental, algo ridícula, de estos tiempos. Por su parte, el largo capítulo final es testigo, en la visita que la narradora le hace a un primo separado que acaba de formar nueva pareja, de un curioso ejemplar entomológico: la vida de una familia recién ensamblada.

Tránsito podría ser un roman a clé, donde detrás de cada nombre se esconde una persona de carne y hueso. Su autora, una suerte de W. G. Sebald que, en vez de deambular recolectando historias eruditas, ausculta la prosa común de las vidas que se le aparecen en el camino. Tal vez Cusk esté registrando esas voces con fidelidad casi periodística, pero también podría estar inventando cada palabra. Poco importa. Es ese equilibrio ambiguo lo que hace de Tránsito -y de su proyecto- algo así como el brillante negativo de una novela al uso.

Tránsito

Por Rachel Cusk

Libros del Asteroide. Trad.: M. Alcaraz221 págs./ $ 1050

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