Unidos en el amor por la música

Hugo Beccacece
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30 de agosto de 2015  

Hay amistades que nacen por los gustos compartidos. Hace pocos días, Cecilia Scalisi y Maximiliano Gregorio Cernadas organizaron en su casa un homenaje de amigos a otro amigo: Alejandro Cordero. A todos los unía el amor por la música. Cordero es desde hace muchos años uno de los mecenas más generosos y activos del país. Todos los años organiza un concurso entre los alumnos de canto del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, a cuyos ganadores lleva a Nueva York para que den conciertos en la American Society y tomen contacto con los maestros de la Manhattan School of Music. El homenaje, en este caso, tenía sobre todo el carácter de agradecimiento por un hecho muy concreto. La soprano Laura Pisani, que ganó el año pasado el Concurso Shell y Festivales Musicales de Buenos Aires, obtuvo además una beca de la Fundación Voice Experience para seguir los cursos del Apprentice Program de la institución en Savannah, Georgia. Esa beca no incluía el pago de pasajes, un detalle no menor.

"Martín Oro, el gran contratenor argentino, que había sido jurado del Concurso Shell, me llamó por teléfono para ver cómo se podía solucionar el problema del pasaje de Laura -contó Scalisi-. Le dije que lo más efectivo era recurrir a Cordero. Él decidió de inmediato otorgarle una beca extraordinaria que incluía no sólo el pasaje a Savannah, sino también otro a Holanda, donde Laura iba a participar en las rondas finales del Concurso Belvedere, en Ámsterdam. A todo esto, ella no conocía a Cordero. Acaba de conocerlo hace unos minutos. Pensamos con Laura y Martín que, en respuesta a tanta generosidad, debíamos expresar nuestra gratitud con este recital para Alejandro."

Laura Pisani, acompañada al piano por Marcelo Ayub, cantó obras de Händel, de Liszt, de Strauss, un aria de Lucia de Lammermoor, de Donizetti, y el vals de Musetta, de La Bohème, de Puccini. Para el final del concierto hubo una sorpresa: Martín Oro sumó su voz a la de Pisani. Cantaron cuatro dúos del Stabat Mater, de Pergolesi. Hoy, es absolutamente excepcional escuchar voces de esa calidad en una casa. Ese tipo de acontecimientos era frecuente entre 1920 y 1950, cuando los grandes cantantes llegados a Buenos Aires pasaban varios meses en la ciudad y se hacían amigos de señoras y señores que tenían tertulias musicales en sus hogares.

"Yo no diría que soy un mecenas o no lo siento así, porque, para mí que no tengo hijos, esos jóvenes artistas de los concursos son mi familia", comentó Cordero en respuesta a las palabras de Cecilia.

Martín Oro destacó entre las virtudes de Pisani su capacidad de hacer largos pasajes de coloratura en un solo fiato. La elección del Stabat Mater de Pergolesi para terminar el recital permitió que las voces de la soprano y del contralto se realzaran la una a la otra. Los crescendi de Oro eran notables. Su voz se abría de un modo sobrehumano; era más bien como si uno subiera el volumen de un aparato de radio, pero un aparato de radio que tuviera sensibilidad y corazón. Oro estudió (y ahora enseña) en la prestigiosa Schola Cantorum Basiliensis, en Suiza, donde fue discípulo del formidable contratenor y director René Jacobs, que realizó una grabación histórica del Stabat Mater junto con Sebastian Hennig.

Entre los amigos de Cordero, estaban María Taquini de Blaquier, Guillermo y Lily Ambrogi, Daniel Sabsay, Guillermo Jaim Etcheverry, María Kodama, Ana Peralta Ramos de Firpo, Gino Bogani, Luis Alberto de Erize, Ana D'Anna, Horacio Jaunarena, Alejandro Katz, la soprano Ana María González y el barítono Gustavo Feulier. El ministro de Cultura de la ciudad, Hernán Lombardi, envió una carta en la que manifestó su adhesión a la propuesta de designar a Cordero "embajador de la cultura porteña".

El efecto Oro: escuchar al contratenor argentino me llevó, ya en mi casa, a organizar mi propio concierto de contratenores en YouTube. Por supuesto, busqué a Oro y también a Franco Faggioli, otro excepcional contratenor argentino; después pasé al francés Philippe Jaroussky y al belga René Jacobs y; por último, al inglés milagroso, Alfred Deller. En Deller, me detuve por horas. Imposible sustraerse a la fascinación hipnótica de sus grabaciones de música renacentista y barroca, y a la de su grupo Deller Consort (The Cries of London, por ejemplo).

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