Valor del kirchnerismo

Jorge Urien Berri
Jorge Urien Berri LA NACION
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7 de enero de 2018  

"Hay causas para el desafuero [de Cristina Kirchner], pero el acuerdo entre Cambiemos y el PJ que sirvió para proteger a Menem se va a mantener para protegerla a ella"

(De la diputada Margarita Stolbizer)

No fue preciso inventarlo. El kirchnerismo existió y cuando despertamos todavía estaba allí, origen de todos los males, amenaza pendiente, tema inagotable y salvador para intelectuales huecos y periodistas perezosos (doy fe), y eficaz anzuelo si adorna el título de una nota (ustedes dan fe).

El kirchnerismo no inventó la corrupción, la extremó bajo la mirada distraída o cómplice de ciertos jueces, empresarios, intelectuales y periodistas, y como no hay nadie peor que un kirchnerista, entre sus virtudes está la de mejorar o redimir a quienes ocupaban el sitial de los villanos. Carlos Menem volvió a jurar como senador e izó la bandera en la Cámara alta pese a estar enjuiciado por encubrir el atentado contra la AMIA, imputado por el de Río Tercero y condenado por pagar sobresueldos y contrabandear armas del Ejército. Pero eso no importa si finalmente se logra que Cristina, también senadora, vaya presa, desafuero mediante.

Ella y el kirchnerismo, hábiles forjadores de enemigos para alimentar la épica del relato, cayeron en su ley. Demonizadores, fueron demonizados por los dos grupos que componen el universo antikirchnerista: por un lado, los viscerales o genuinos y, por el otro, los profesionales u oportunistas que agitan el kirchnerismo como telón de fondo para intentar que se luzca por contraste cualquier otra gestión o alternativa de gobierno.

Pero visceral o profesional, el antikirchnerismo, como todo lo que es anti, termina por ser un reduccionismo que con el paso del tiempo requiere cada vez más combustible para seguir funcionando.

Días atrás LA NACION reveló el caso de los 200 ñoquis de la Cámara de Diputados que cobraban sin haber trabajado. Surgieron al amparo de distintos gobiernos y son un buen ejemplo, aunque solo uno más, de la corrupción estructural, callada, continua y tan añeja que forma placas tectónicas que se superponen a medida que se suceden los gobiernos. Tal vez por eso el antikirchnerismo genuino sea en el fondo un ejercicio de optimismo desorbitado, un querer convencerse contra todas las evidencias de que con el kirchnerismo empezaron y con el kirchnerismo terminaron todos nuestros males, y que a diferencia de los procesos geológicos, surgió de la nada y regresó a la nada.

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