Vivir con lo puesto
“Tenemos que consumir productos de la economía popular”. (De Silvina Batakis.)
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Tito, mi ferretero de cabecera en Florida, es un hombre que se ha curtido con todas las tragedias económicas que ha surfeado desde su casi adolescencia allá en los 70 y le han costado hasta un infarto, pero resiste con una sonrisa sabia en su local. Y de tanto lidiar con hiperinflaciones, como el Rodrigazo, épocas de estanflación, de pleno empleo y de gran desempleo, de producción nacional y de avalancha de importaciones, ha desarrollado una gran capacidad de anticipar la debacle. Hace dos semanas, cuando Martín Guzmán parecía tener algo de hilo en el carretel, Tito me sorprendió con su visión: “La situación económica se va a complicar mucho. Ya ni siquiera consigo escobas de paja, que son 100% nacionales. Ni el alambre que ata la paja es chino”.
Disculpen colegas que dedican sus días a anticipar el futuro, pero le creo más a Tito: jamás me vendió un clavo por tornillo ni una arandela por rosca. Y eso que soy de la troupe de los que van en busca del “coso” o el “chirimbolo” y mido todo en centímetros, en vez de pulgadas. Por eso, su advertencia la tomo con mucha seriedad. Así como la imagen de la sucesora de Guzmán, Silvina Batakis, que juró por la Constitución sin usar lenguaje inclusivo, ni prometer épica en nombre de Néstor y Cristina.
“Tenemos que consumir productos de la economía popular”, fue una de las primeras definiciones de Batakis. Y su atuendo en la asunción confirmaba la idea: las flores de crochet no eran un símbolo de coquetería o un guiño a las emprendedoras, sino de lo que se viene: arreglarnos con lo poco que queda y tenemos a mano en el tallercito del fondo.
Batakis me movió a ser imaginativa y buscar el lado positivo de no tener más dólares para importar nada, ni siquiera jugadores de fútbol. Arremanguémonos de una vez y seamos creativos. Por ejemplo: ¿cuánto tardarían en hacerse de forma artesanal –reciclando latas de cerveza y de gaseosas– los caños para el gasoducto Néstor Kirchner? ¿Acaso las grandes automotrices no se sentirían tentadas de probar nuevos modelos a base de fundir tapitas de gaseosas? Hay tanto paragolpe y detalle de plástico de origen desconocido que bien podría avanzarse un poco más y reconvertir los desechos en algo útil. Hasta quizás podríamos terminar exportando un modelo “ecológico, reciclable y a pedal”, porque también estaríamos enfrentando un problemita con la falta de combustible. Este “vivir con lo puesto” no tiene rubros límite: por ejemplo, ¿no habrá algún chef top capaz de desarrollar una sal aromática de asado para condimentar la polenta?









