Vivir lejos de la ciudad
Me mudé a 30 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y no se dónde está el Rapipago. Tampoco cuál es la verdulería más barata ni dónde están los chinos que cierran pasadas las nueve de la noche. Me pierdo cada vez que voy en bicicleta a comprar un tornillo, o cada vez que agarro un camino distinto para llegar a mi nuevo hogar.
Acá las calles no siempre conservan el mismo nombre y tampoco son todas rectas: hay triángulos, cortadas y paralelas que infelizmente terminan siendo una misma avenida. Cuando preguntó dónde está la farmacia o la panadería me dan referencias que no entiendo -¿“Viste lo de Nahuel? Bueno, al lado”- o -“Agarrá la de Fadete y ahí a la derecha hasta que te choques con los dados”. Me da vergüenza preguntar qué es Fadete o qué significan los dados. Quiero parecer local, pero no me sale y pedaleo perdida tratando de reconocer casas, esquinas y perros, que hay muchos y parecen no ser de nadie.
Después de pasar más de 10 años dentro de un departamento, tengo miedo. Miedo a que salte alguien por el alambrado, miedo a salir o entrar sola cuando oscurece, miedo a querer huir y estar obligada a caminar ocho cuadras para llegar a la ruta y poder tomarme un colectivo o el tren. Muchas veces pienso en mi ex barrio. La primera semana inventé distintas excusas para volver. El turno con la depiladora, las cuentas que llegaron, comprar el pan que me gusta y es más barato. Pero ya no encuentro razones verosímiles.
Ayer fui a Capital. Tardé una hora y media. Antes de salir, cuando me puse los zapatos con plataforma, me dí cuenta de que desde que estoy acá me visto mal. Siempre en ojotas y ropa vieja para pintar, pasar enduido o desarmar cajas. Quizás por eso una vez que salí del subte todo me pareció lindo. Las personas bien vestidas, los toldos de los negocios sin polvo, las vidrieras lujosas, los sánguches gourmet. Nada es parecido a lo que veo todos los días sobre la ruta.
Cuando emprendí el camino de regreso, sentí cómo mi pecho se hundía y mi garganta se agarrotaba. Pero mi estado de ánimo últimamente cambia en cuestión de horas. Hay mañanas en las que me despierto más liviana y abro la puerta para sentir el olor a tierra húmeda y me quedo ahí, quieta, esperando a que el sol entibie despacio todo mi cuerpo. Tardes sin prisa, llenas de calma, con pincel, aguarrás y música de fondo. Noches en las que decido poner la mesa afuera y ceno descalza para acariciar el pasto con los dedos del pie y pienso que sí, que todo va a estar bien.










