"De golpe me convertí en madrastra"
Algunas claves para no ser “la mala de la película”, sino todo lo contrario.
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Lejos de las madrastras malvadas de los cuentos, acá estás vos: enamoradísima de ese hombre que trajo a sus hijos con el “combo” y que ahora te propone no solo compartir su vida, sino también la de sus retoños. Quizá lo primero que haya que decir es que si bien se espera que haya amor de una, esto muchas veces no se da así. El verdadero desafío pasa por ir construyendo ese vínculo de a poco, a fuerza de tiempo compartido, de tener el corazón listo para dar y recibir. Y, sobre todo, de mucha paciencia. En la era en que las familias ensambladas ganan terreno, ser madrastra puede ser una chance de trabajar el ego, la flexibilidad, la aceptación, e incluso de pensar tu pareja como un proyecto de familia.
“Vos no sos mi mamá...”
Sin dudas, esa frase encierra el peor fantasma de las madrastras. Pero si se trata de una relación en la que ya existe una convivencia o en la que los hijos pasan algunos días en tu casa, es importante que asumas la función adulta con responsabilidad. ¿Cuáles son los terrenos más engorrosos?
Límites: ¿tenés miedo de quedar en offside si un día le decís: “Bajá las zapatillas del sillón, porfi”? Si bien es preferible que los límites los ponga el padre, si los chicos están en tu espacio, vos te convertís en la “dueña de casa” y, como tal, podés transmitir ciertas reglas. Tratalos como si fueran tus sobrinos, a quienes seguramente les marcarías de manera amorosa esos mismos límites. Eso sí, no asumas roles que no te pertenecen. Por ejemplo, si el padre no sabe ponerle un límite a su hijo, no seas vos quien lo haga.
Transmisión de valores: si compartís tiempo y vivencias (vacaciones, fines de semanas, etc.) con esos hijos, es inevitable que –conscientemente o no– les transmitas valores y costumbres tuyas. Peeeero... también ellos traen sus propios valores de sus casas maternas. Quizás están acostumbrados a comer con la tele prendida y a vos te saca de quicio. Si les proponés otro estilo de vida con buena onda, es probable que ellos lo acepten sin dramas.
Celos: es normal que aparezca alguna tensión, porque lo que ese papá tiene con su hijo es especial y quizá te sientas outsider en ese idilio. Hasta que el vínculo sea sólido, tené paciencia porque la sensación de “tironeo” puede bajonearte. Pero ojo, porque es un arte de tu pareja el darte a vos un espacio en la dupla, al incluirte en las actividades que él hace con sus hijos. De todas formas, también estate atenta para no interferir en tooodos los espacios; si tu pareja y su hijo van a jugar al fútbol todos los sábados juntos, dejá que ese ritual sea exclusivo de ellos y vos... andate a tomar un café con una amiga. No hace falta monopolizar todo.
¿Qué cosas evitar?
No generes un conflicto de lealtades: siempre privilegiá el “compartir” por sobre el “competir”. No lleves las situaciones a un extremo en el que tu pareja sienta que tiene que elegir entre sus hijos y vos. Porque lo más probable es que pierdas esa batalla. Buscá ser vos misma y, desde esa espontaneidad, armar planes que los incluyan y diviertan. Y si se te hace cuesta arriba el tiempo con ellos, que sean planes cortos en el tiempo y quizá que incluyan a un tercero.
No resistas los cambios: aumentá tu flexibilidad frente a tu nuevo contexto, sabiendo que ahora tu vida se desarrolla “en familia” por momentos. Eso va a ayudar a que no engranes cuando, en vez de ir a un restó donde suena jazz, estés un sábado a la noche en una hamburguesería. Adaptá también tus costumbres; quizás tampoco puedas despertarte un domingo y caminar en bombacha por tu casa. Hay cosas que vas a tener que postergar para tus momentos childfree (es responsabilidad tuya y de tu pareja el generarlos y sostenerlos).
No controles: dejá que sea tu pareja quien controle los horarios, los días de visita y los arreglos con la mamá de sus hijos. Mucho menos trates de opinar en lo relativo al dinero de manutención y los gastos vinculados con los hijos.
Amor genuino
Cuando un vínculo no está atravesado por la biología, la relación con un hijastro puede ampliar tu mundo afectivo. Si hasta ese momento no habías pensado en ser madre, se puede activar ese deseo y, en tal caso, pensalo como un poderoso aliado a la hora de consolidar una familia. Y mirando hacia el futuro, también internalizá que todo lo que hoy inviertas en ese vínculo, a la larga, te vuelve: cuando ellos crezcan, vos vas a poder sentirte querida y cuidada también por ellos. Un win win asegurado.
¿Y a vos qué te pasó con tu madrastra?

Cecilia Alemano, 35, lic. en comunicación: “Mi papá se volvió a casar, así que Beatriz nos cocrió. No le fue fácil, pero dio lo mejor. Ya no está con nosotros, pero me dejó su ejemplo de profesional, su mirada feminista y, sobre todo, la coquetería”.
María Nela Díaz, 24, diseñadora gráfica: “Cuando entendí que el amor que mi papá tenía por mí no iba a cambiar, dejé de competir con ella. Ahora es mi aliada: me quiere, me ayuda y me hace hacerle entender cosas de minita a mi viejo”.
Ludmila Moscato, 34, periodista: “Fui brava con ella, tenía 10 años. La comparaba con mi mamá y le nombraba a ex novias de mi papá. 25 años después, siento que la quiero mucho: lo hace feliz a mi papá y es re amorosa con mi hijo”. •
¿Te pasó estar en alguno de los dos lugares, el de madrastra o el de hijastra? ¿Cómo administraste tus emociones? También:¡Basta de juzgarnos entre mamás! y ¿Cómo lograr el equilibrio entre maternidad y trabajo?
Expertas consultadas: Lic. Paula Mayorga, psicóloga y Lic. Patricia Faur, psicóloga.
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