Juntos, pero separados
Tres motivos para convivir bajo el mismo techo luego de una ruptura y cuando ya no queda amor. Dejá tu opinión.
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1. Somos como hermanos
"Juntos, pero separados" implica que la pareja, en la mayoría de los casos, decide dejar de tener intimidad sexual, al menos en los términos habituales para la pareja en cuestión. La separación de cuartos y ciertas libertades personales ayudan a recuperar un mayor sentido de individualidad, algo así como la distancia necesaria para volver a desearse. Por eso, cuando recuperan esa autonomía a veces se "visitan" sexualmente, permitiéndose pequeñas lunas de miel. Atención: estas aparentes soluciones son inestables, porque la tendencia a recrear el vínculo anterior es más profunda y no se resuelve con una nueva disposición de las piezas.
En general, el amor y el respeto están presentes y el riesgo radica en conformar vínculos de tipo fraterno y reproducir relaciones primarias (de hermanos o de padres e hijos) deserotizando la relación.
2. No nos alcanza la plata
Hay una razón no vincular que impide la separación. Hay situaciones en donde la cuestión económica convierte la separación en una hecatombe familiar porque significa multiplicar por dos los gastos que ya tenían. Si bien es cierto que muchas veces existe la posibilidad de irse a vivir con una amiga, un primo, hermanos e incluso volver a casa de los padres, esta decisión puede implicar un sufrimiento mayor.
Esta convivencia forzada probablemente devendrá en un ambiente que será tóxico para todos, ya que la hostilidad se potencia cuando la pareja se ver forzada a compartir situaciones y circunstancias.
3. Me muero sin él
Para otros, la separación dentro de casa representa una situación aun más compleja: poco a poco fueron renunciando a la sexualidad, pero no pueden divorciarse ya que mantienen un lazo interdependiente. No es el ida y vuelta que propone el amor de pareja, sino que es un vínculo más infantil, por el cual, recíprocamente, la presencia de uno se torna indispensable para el sostén del equilibrio del otro. Son las parejas que están unidas más por la pasión que por el amor, en donde el deseo y la aprobación del otro son esenciales para la autoestima. Esta situación provoca que la relación se vuelva muy intensa porque en el momento en que consiguen el consentimiento del otro, se sienten en el Paraíso, y cuando lo pierden (tanto hombres como mujeres), se pueden volver despóticos, rígidos y autoritarios.
Estas parejas pasan del Infierno al Paraíso, no son felices y cuando se plantean la idea de separarse, ante tantos conflictos, surge el temor a perder ese sostén. Pueden estar mucho tiempo en esta situación y, para los terapeutas, son pacientes muy difíciles de tratar por las depresiones y el dolor que los invaden.
Por Alejandro Gorenstein
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