
Punta del Este y el cliché de las profecías agoreras
Es casi como hablar del clima. La frase se cuela en conversaciones cotidianas y se repite como un latiguillo, temporada tras temporada: "Este año Punta del Este está imposible de caro". La escucho desde que tengo uso de razón, cuando mis padres cargaban el auto como un camello en el desierto porque, del otro lado de la orilla, no íbamos a poder comprar nada.
Y siempre, sin excepción, desembarco en tierras charrúas preparada para el infarto. Sobre todo este año, cuando leí que un licuado podía costar el equivalente a 300 pesos argentinos y una compra frugal en el supermercado promediaba, nada más y nada menos, los 400 dólares.
Por suerte ni me crucé con el licuado de las pepitas de oro ni gasté mucho más de lo que suelo gastar en las góndolas argentinas (sin mencionar que al changuito uruguayo se pueden agregar desde fideos italianos o salmón ahumado escocés hasta té inglés, como en los 90 nuestros).
En tren de comparaciones, nadie discute que el balneario uruguayo es más caro que la Argentina. Que el costo de la nafta allá duplica la de acá y que salir a comer afuera puede resultar prohibitivo, y en algunos casos directamente delirante (dicen que a La Bourgogne van casi exclusivamente los paulistas millonarios).
Pero también es igualmente cierto que los precios en el enclave esteño no son más altos que la temporada anterior, a pesar de que Uruguay cerró 2014 con una inflación del 8,5%. Como sucede en cualquier lugar del mundo, hay restaurantes más caros que otros, paradores más de moda que otros, negociantes más avivados que otros.
Los pronósticos agoreros, esos que hablan de temporadas cada vez más exprés (cuántas veces habremos escuchado aquello de que el verano en Punta del Este termina el 10 de enero, en esos días te quieren sacar lo que ganarían en un año) también señalaban que el balneario iba a estar vacío. Incluso en los días pico que le siguen a Año Nuevo.
Lo cierto es que los vaticinios apocalípticos no se cumplieron tan al pie de la letra. Y vuelta a presenciar el ritual de todos los años. El mismo desfile interminable de autos para entrar y salir de La Barra, las mismas sombrillas apiñadas en las playas más in de La Brava, las mismas colas en el supermercado, las mismas vueltas para estacionar en la Punta, el mismo enjambre de gente tomando mate en la rambla o trotando en los alrededores del puerto. Hasta para ir a tomar el té a la llamada Torre de los Waffles, un día de semana, me preguntaron si tenía reserva.
Si los años de puentes cerrados y cepo cambiario no hicieron mella en la fidelidad del turista argentino con Punta del Este, tampoco lo hicieron, al parecer, los profetas de los precios imposibles.
"Este año cumplo 70 años ininterrumpidos de veraneo en Punta del Este", se ufanaba un histórico habitué de estas arenas, de flamantes 75 años. "Cuando Perón prohibió a los argentinos veranear en Uruguay, igual veníamos en los vuelos que hacían Buenos Aires-Porto Alegre-Montevideo. Ni con una hecatombe voy a dejar de venir."






