
Abuso
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En estos días no dejo de escuchar voces repitiendo graves errores en torno a la violación de seis hombres hacia una mujer. Por eso, en mis redes sociales decidí hablar en un video sobre el “consentimiento sexual”, que es la aprobación expresa de una persona que no está bajo ningún estupefaciente para tener un acto sexual. La persona puede decir que sí al encuentro y, en cualquier momento, arrepentirse; ahí deja de haber consentimiento. Entonces, si vos seguís es abuso o violación, dependiendo de si hay acceso carnal o no. También la persona puede arrepentirse o decir que no a alguna de las prácticas o cuidados dentro del encuentro sexual. Si vos seguís avanzando sin consentimiento es abuso o violación.
Me parece importante aclarar estos y otros conceptos porque son errores que dejan huellas y van escribiendo mensajes que nos quedan grabados como sociedad y que tienen mucho que ver con el lugar en el que nos encontramos hoy. Porque mientras sigamos educando, difundiendo de la misma forma que hace siglos la historia se va a repetir por más de que queramos hacer ver que hemos avanzado.
¿Lo hicimos? Sí, los movimientos feministas, algunos colectivos de nuevas masculinidades y el avance en la ley de Educación Sexual Integral, la cual aún tiene mucho por delante en su implementación completa, son parte del progreso. Pero si queremos que las cosas cambien debemos desnaturalizar muchas situaciones, alzar las voces todos, todas y todes porque no sirve que seamos solo las mujeres las que luchemos. El cambio debe ser de toda la sociedad.
Lo grave de lo ocurrido el fin de semana pasado es un llamado de atención para que veamos que los hechos se repiten, para que abramos los ojos y entendamos que es un tema colectivo, no sólo de las mujeres. Es una grave problemática social que viene desde hace siglos y que no tiene freno.
El cuerpo de la mujer fue y sigue siendo visto como un objeto al servicio del patriarcado, de sus tiempos, de sus deseos. Sin ir más lejos, en una de las últimas violaciones grupales a una menor la carátula del juez decía “desahogo sexual”. Al poco tiempo se supo que ese es un término que se utiliza a menudo en la Justicia para referirse a violaciones. ¿Realmente podemos llamar desahogo como si los hombres tuvieran por naturaleza la necesidad de bajar la ansiedad y la libido utlizando el cuerpo de otra persona?
No en vano hago hincapié en este punto, hay muchas frases instaladas en nuestra cultura que no hacen más que naturalizar actos.
“Los hombres necesitan descargar”, “está en los genes”, “nos educaron así”, “cuando la mujer dice que no es porque quiere y no se anima a decirlo”, “los adolescentes deben debutar forzadamente”, “una tocada de cola, de lolas, un beso robado es sólo eso”, se puede “perseguir a una mujer”, un “piropo” es algo lindo, prácticas sexuales no consentidas contadas como hazañas, un video grabado sin consentimiento y difundido en grupos de chats de hombres, anécdotas colectivas en las que ninguno salta a decir que la están pifiando. Todo esto es parte de naturalizar y perpetrar este tipo de actos una y otra vez, que comienzan con algo pequeño y terminan matando en vida a una mujer.
No tenemos educación sexual o, mejor dicho, no tenemos una educación en la que podamos vernos como seres iguales y en la que seamos tratadas de la misma forma. A las chicas se nos enseña a cuidarnos cuando andamos por la calle, a vestirnos de tal y cual manera para ir a bailar, a llamar a nuestros padres, madres o amigas cuando llegamos a casa, a tener cuidado con lo que tomamos en un bar porque nos pueden drogar y hacer daño, a andar por calles iluminadas, a no caminar solas de noche, a dejar la dirección cuando vamos a una entrevista laboral o similar, a andar en grupo, a no tomar un taxi por la calle pero tampoco un uber sola, a encontrarnos con un pibe a tomar algo en un lugar donde podamos ser vistas, a no provocar. Y se nos acusa o se pone el foco en nosotras cuando “fallamos en algo de todo esto”. Entonces, vienen comentarios como: “Mirá qué tenía puesto, estaba drogada, dijo que sí y después se arrepintió, andaba en cosas raras, por qué no lo contó antes”, entre muchas otras cosas más.
Se nos enseña a tenerles miedo a los hombres. Pero ¿a los chicos en las casas se les enseña a no hacerle a una mujer algo de todo lo mencionado? ¿Los padres y madres se sientan con sus hijos varones a educarlos en el respeto y en la importancia de que alcen la voz cuando algún amigo cuenta o comete algún abuso?
Porque estos chicos pueden ser tus hijos, tus amigos, tus hermanos o primos. Entonces mientras dejemos espacios vacíos en la familia, en la escuela y en el Estado en cuanto a la educación sexual y educación en general y sigamos naturalizando anécdotas más o menos graves, festejando “hazañas” y aplaudiendo al “hijo de tigre” estas violaciones a los derechos humanos van a seguir ocurriendo.
Hay que repensarse como sociedad, no buscando en el mundo animal relaciones como el mal usado término “manada” para referirse a actos que solo los cometen los humanos. Hay que repensarse como hombres y mujeres que debemos unirnos para que los cambios se produzcan, dejando de lado los géneros, las luchas de si el feminismo sí o no, los carteles de “estos son enfermos, yo no haría algo así”, porque seis hombres no son enfermos, la enfermedad es otra cosa.
Acá se trató de un acto en grupo, pensado y organizado y no es un hecho aislado: las violaciones nos vienen pasando y, como sociedad, debemos actuar y alzar las voces, educar, comunicar y respetar los derechos de cada uno.
Según ONU Mujeres, el consentimiento debe ser:
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