Oscar Héctor Camilión: un referente del desarrollismo al frente de los asuntos públicos

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13 de febrero de 2016  

Oscar Héctor Camilión
Oscar Héctor Camilión Fuente: Archivo

El abogado, político y diplomático Oscar Héctor Camilión falleció ayer, a los 86 años, en la clínica Suizo Argentina de la ciudad de Buenos Aires, donde se encontraba internado desde hacía varios días tras ser intervenido quirúrgicamente.

Referente del desarrollismo, ideario en el que fue uno de los alfiles de Rogelio Frigerio, su gran vocación fueron los asuntos públicos, a los que se volcó desde joven, como profesor universitario, ministro de Relaciones Exteriores y Defensa en distintos gobiernos, entre otros roles destacados, incluso dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Abogado recibido con diploma de honor en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ya a los 18 años había dado sus primeros pasos como auxiliar de cátedra, y ya como graduado continuó en los claustros académicos dentro del Instituto de Teoría Política, al que se incorporó bajo la sombra del jurista español Manuel García Pelayo, del que se sintió discípulo. La vida universitaria fue uno de sus ámbitos perdurables. En particular, dentro de la Facultad de Derecho de la UBA.

Ya durante la presidencia de Arturo Frondizi, Camilión se volcó de lleno a la política exterior. Se desempeñó como director de personal, jefe de Gabinete del Ministerio de Relaciones Exteriores, trabajó en la embajada argentina en Brasil y terminó como vicecanciller.

Su siguiente desafío llegó de la mano de Frigerio, quien lo convocó junto a su hijo Octavio y otras figuras destacadas del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), como Carlos Zaffore. Asumió como secretario de redacción del diario Clarín, en una alianza que el desarrollismo selló con el fundador del matutino, Roberto Noble.

Fruto de esa labor al frente de la redacción de Clarín -donde también se desempeñó como gerente general- entre 1965 y 1972 y su prolífica labor como columnista, Camilión ganaría en 1987 el premio Kónex en la categoría "gráfica especializada", entre otros reconocimientos y galardones.

Brasil, sin embargo, volvió a cruzarse en su destino, en momentos de tensión con la Argentina. En 1976 asumió como embajador en ese país, designado por la dictadura militar, para la que luego, ya en 1981, se desempeñó como canciller.

Al frente del Palacio San Martín, Camilión presenció de cerca el conflicto que enfrentó a Perú y Ecuador, y en el que participó en dos ocasiones en la comisión de garantes de la paz, labor por la que recibió dos condecoraciones de la embajada de Perú en la Argentina.

La ONU resultó entonces otro capítulo notable de su vida. Primero asumió como secretario general adjunto de la organización, y entre 1987 y 1993 se convirtió en el representante especial del secretario general en la misión desplegada en Chipre, como parte de la mediación entre Grecia y Turquía. Abordar los conflictos internacionales, solía repetir, era su "especialidad".

Camilión retornó entonces a la Argentina, donde el presidente Carlos Menem lo designó ministro de Defensa. En ese cargo quedó marcado por el escándalo de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador, que forzó su renuncia en 1996 y, 18 años después, derivó en su condena como coautor junto al ex mandatario del delito de contrabando agravado.

Ferviente lector, Camilión solía disfrutar del debate sobre nuevas ideas y recomendaba libros que consideraba de valía, en particular a las camadas más jóvenes de políticos y periodistas.

Una de las características singulares de Camilión era su perfil polifacético, y así lo recordó el ex subdirector de la nacion José Claudio Escribano: "La frecuencia con la cual discrepé con muchos de los compromisos políticos de Oscar Camilión acentuó, como contrapartida, la admiración que he sentido por su talento natural y por la vastedad de su cultura. Esos valores, poco frecuentes en tal grado en la política argentina, fueron reconocidos, más que por sus compatriotas, por los viejos zorros de Itamaraty. Descolló ante ellos como uno de los grandes embajadores argentinos ante el Brasil y logró recomponer las relaciones diplomáticas entre nuestros países, que por años habían caído a un punto poco amistoso. Sobre esas bases, los presidentes Alfonsín y Sarney harían más tarde el resto".

La música clásica fue otra de sus devociones, al punto de que Camilión contó acaso con una de las mejores colecciones privadas existentes en el país. En su amplio departamento destinó un cuarto entero a los miles de discos compactos y de pasta que acumuló y disfrutó. En particular, la ópera de Tíbet o el Orfeo de Monteverdi, entre otros.

Jugador de golf durante décadas en el Club Olivos y de sonrisa gentil, Camilión tuvo cuatro hijos -María Laura, Susana, Carlos y Juan- y varios nietos, de los que solía contar vivencias. Inteligente, amable y culto, tampoco ocultaba su afición por el dulce de leche, el cine, el fútbol y, en particular, Boca Juniors, aunque su padre había sido hincha y dirigente de Estudiantes de La Plata.

Según se informó, no habrá velorio y su sepelio se llevará a cabo hoy, a las 11, en el cementerio Jardín de Paz.

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