
Alejar rasgos autoritarios
Por Félix Luna Para LA NACION
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Por sola acción de presencia, el presidente Kirchner ha logrado cambiar el humor de la sociedad. No necesitó hacer nada para conseguirlo: mágicamente bastó que asumiera el poder para que el tono general, la íntima respiración, el ánimo colectivo ascendiera desde los abismos de escepticismo y desaliento en que se encontraba hasta un estado de espíritu casi eufórico.
Repito: esta singladura no se debió a medidas de gobierno. Pero es así, y es un mérito del Presidente haber provocado esta restauración de la confianza pública. También es un mérito la decisión con que ha acometido temas difíciles como el del PAMI. No les doy importancia a los tributos que ha pagado a su generación ni me preocupa la supuesta inexistencia de un plan económico; se está siguiendo un rumbo coherente y además ¿cómo se puede exponer un plan a mediano plazo antes de blanquear la relación del país con sus acreedores?
Hay otros puntos a favor de Kirchner. Su esposa está cumpliendo su papel sin intromisiones ni vedetismo. El Presidente sigue siendo un ciudadano sencillo y austero, que gusta pasar los fines de semana en su ciudad natal con sus amigos de siempre, y no ha abandonado su estilo campechano, saludablemente popular.
Me preocupan otras cosas. Por ejemplo, la presión que ha ejercido para obtener una ley tan insostenible como la que anula las de punto final y obediencia debida. Me preocupa también que el Presidente se involucre en competencias electorales de importancia relativa, jugando su autoridad. Me preocupan reacciones tan desmedidas como la del affaire Scioli, que se hubiera reparado con un discreto tirón de orejas.
Kirchner ha acumulado un capital que hoy es enorme, pero, ¡ojo!, no infinito: no debe apostarlo a cada momento porque el poder real no se construye pescando algunos diputados o gobernadores amigos, sino cuando un dirigente motoriza y orienta una gran moción colectiva. El Presidente está para cosas importantes. Debe procurar que se haga justicia en materia de derechos humanos y después cerrar definitivamente la cuestión. Debe terminar la poca grata tarea de restituir el prestigio de la Corte. Debe seguir combatiendo la corrupción. Y debe alejar toda tentación de autoritarismo y populismo, esas vertientes venenosas que siempre pueden fluir en todo corazón peronista.
Estos no son consejos. No soy quién para impartirlos. Son, simplemente, mis deseos para que Kirchner pueda cumplir un papel histórico, tal como lo anhela todo el país.
El autor es historiador.
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