Clientelismo en El Impenetrable: inmersión electoral en la selva de los suplicantes

Las comunidades wichis tienen sus propios códigos para convivir en tiempos de campaña; ollas populares, fidelidades por conveniencia y mixturas de creencias; crónica de un viaje a la última localidad del corazón chaqueño
Gabriel Sued
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13 de septiembre de 2015  

EL SAUZALITO, Chaco.- De la oscuridad de la noche irrumpe corriendo un grupo de chicos y se apiña al pie de un poste de madera del que cuelga una lamparita lánguida. Cuatro hombres fornidos acaban de sacar de las brasas dos ollas rebosantes de guiso de fideos y de apoyarlas sobre la tierra, justo debajo del haz de luz. Los mayores se ubican atrás, en la cola. Llevan platos, vasijas, ensaladeras, jarras de jugo, tuppers de varios colores, botellas de plástico cortadas por la mitad: cualquier recipiente sirve, para comer en el lugar o para llevar la comida a casa. Dos parlantes emiten, saturados de volumen, una versión casi irreconocible de la marcha peronista: está cantada en wichi. A metros de la selva, en este rincón de El Impenetrable, hay clima de fiesta. En El Sauzalito, esta noche hay "olla".

Cuando falta una semana para las elecciones provinciales, las reuniones nocturnas marcan el ritmo de la campaña en este recoveco olvidado de la Argentina. Los dirigentes locales, peronistas y radicales, aborígenes y criollos, reconocen que la "olla" es la única actividad que logra convocar a un buen número de pobladores, unos 3000 en la localidad, en su mayoría wichi. Es una costumbre muy arraigada en la zona, tierra prolífica en caciques y pastores evangélicos. Es también el símbolo de una campaña atravesada por el hambre y las promesas de un futuro que nunca llega. La disputa es preideológica: en un pueblo sin recursos propios ni fuentes de trabajo, donde las relaciones personales pesan más que cualquier pertenencia partidaria, el mejor candidato es el que se compromete a dar respuesta a los reclamos puntuales de cada familia, una casa, una pensión, medicamentos, lo que sea.

Habitado por unas 60.000 personas, El Impenetrable es una selva de 4 millones de hectáreas de bosques nativos. Desde la ruta de tierra que conduce a El Sauzalito no se ve más de diez metros hacia los costados. Se interpone una barrera de matas, arbustos, cactus y árboles bajos, de copas austeras y amarronadas. Sin agua potable, gas de red ni cloacas, esta localidad es un territorio de suplicantes, personas muy religiosas que pasan buena parte de sus días pidiendo a las autoridades, en el cielo y en la tierra, el fin de sus penurias. Esas que tuvieron esta semana su cara más siniestra, con la muerte por desnutrición de Oscar Sánchez, el niño qom de Fortín Lavalle, en la entrada de El Impenetrable.

La última de las seis localidades que se suceden como claros en medio de esta selva, El Sauzalito es también una sociedad de acceso complicado para los "blancos", como llaman a los llegados de afuera. Pero, sobre todo, es un laberinto casi sin escapatoria para los de adentro. Como si esa barrera que impide ver monte adentro oficiara a la vez como un muro que atrapa a sus pobladores, en una vida limitada a la supervivencia.

"¡Guegma, Perón!". En una noche fría, iluminada por un cielo pleno de estrellas, la marcha peronista-wichi sigue sonando a todo volumen y se pierde en la inmensidad de la noche. "Quiere decir 'Perón, el superior', me explica Carlos Ibarra, 65 años, cacique de El Sausal, un paraje a 20 kilómetros de El Sauzalito. Las mujeres se reúnen alrededor del fuego. Los hombres conversan por separado. En las cercas que demarcan el terreno donde se hace la olla hay pasacalles de Domingo Peppo y Amalia Pérez, los candidatos a gobernador y a intendenta del oficialista Chaco Merece Más, el frente de Jorge Capitanich. "Somos un equipo; nos une el corazón", dicen. Después de la cena se apaga la música y toma un micrófono Matías Albornoz, uno de los tres pastores evangélicos de El Sausal, también wichi. "Todas las iglesias estamos apoyando a Amalia. Es una mujer nueva. Es criolla pero se crió entre nosotros", dice, con hablar pausado. Viste de jogging y sandalias.

Los candidatos mandaron la mercadería: 15 kilos de carne y 25 de fideos. Pero no están en la ceremonia. No hace falta. La campaña está marcada por el protagonismo que adoptaron los caciques, jefes de las comunidades wichi de la zona, y los pastores evangélicos, más de veinte en El Sauzalito. Son intermediarios jerarquizados, voces respetadas en sus comunidades. Por lo bajo, varios dirigentes también les asignan un rol importante a los "hechiceros", los curanderos a los que acuden grupos indígenas. Pero de existir, su actividad se mantiene oculta.

En estos días, sin embargo, la disputa por el control del municipio desbordó todas las pertenencias e identidades previas. La lucha política quebró la unidad de los aborígenes y de las iglesias. Se rompió la autoridad de los caciques. Hay sectores que apoyan a Alcides Pérez, el candidato radical y otros que respaldan a Amalia, la peronista. Entre estos últimos está Amancio Reynoso, "Chicho", el cacique general de El Sauzalito. Lo encuentro en la puerta de la casa de la candidata. Jean gastado, pullover negro y zapatos de trabajo, Reynoso no se ajusta al estereotipo que un "blanco" espera de un jefe aborigen. Heredó el cargo hace 16 años tras la muerte de su padre, el cacique Ernesto, fundador del pueblo.

En nuestro primer encuentro, el día anterior, "Chicho" me advirtió que sólo hablaría conmigo tras consultarlo con los ancianos de la comunidad. Hoy se muestra más dispuesto, a diferencia de sus cinco acompañantes, que lo rodean y me miran fijo, como desconfiados. Reynoso cuenta que la relación con Capitanich es "buenísima" porque les reconoció la propiedad comunitaria de un gran sector de tierras y que el respaldo a Amalia, compañera suya en la escuela primaria, se resolvió en una reunión del consejo de los 9 caciques de El Sauzalito. Fue en mayo, antes de las elecciones primarias en la provincia, en las que el oficialismo le sacó más de 20 puntos de diferencia a Aída Ayala, intendenta de Resistencia y candidata radical a la gobernación. Hay un cacique por cada pueblo o paraje.

A pocas cuadras de ahí, en la radio Norte, entrevistan a uno de los soportes de la campaña de Alcides. Es Cirilo Mansilla, el cacique de Viscacheral, un paraje ubicado a 6 kilómetros de El Sauzalito. Hacia ahí nos dirigimos para conversar. Él va en su ciclomotor, una Honda 110 roja. Lleva una gorra de visera negra que se cambia para las fotos por una vincha con "pluma de suri", un accesorio que sólo pueden usar los caciques.

En el fondo de su casa, una de las seis viviendas sociales a medio terminar que la provincia les adjudicó hace dos años tras un corte de ruta, me cuenta que apoya al candidato radical, pese a que siempre fue peronista. "Perón nos dio los documentos de identidad". Enseguida acusa a "Chicho" de estar "contratado" por el gobierno municipal y dice que en la comunidad ya no se respeta la palabra de los caciques. "Eso era antes".

-¿Por qué apoya a Alcides?

-Para decirlo más claro te tengo que hablar en lenguas-. Con una mirada, pide ayuda a su "lenguaraz", Abel Fabián, un miembro más joven de la comunidad, que sigue la conversación desde un costado.

Después de un largo monólogo de Mansilla, Abel traduce: "La división entre los wichi viene de la política, entre peronistas y radicales, por eso ahora decidimos apoyar a las personas y a las listas que lleven más candidatos wichis". Hay otra explicación: la hija de Mansilla va segunda en la boleta para el Consejo Deliberante. El primer candidato de la lista de Amalia para el Concejo, Germán López, también es wichi. Por encima de las diferencias entre el castellano y el wichi, la política se impone como idioma universal. Basta ver cómo los aborígenes partidarios de Alcides reparten la boleta del candidato a intendente ya cortada por la mitad, para colgarse de las candidaturas provinciales del frente de Capitanich. "Las ayudas de provincia y Nación han impactado mucho en la zona - argumenta-. Nunca antes se vieron tantos planes sociales, asignaciones y pensiones por invalidez."

Horas antes, mientras conversaba con "Chicho", un pequeño local pegado a la casa de Amalia, se iba llenando de gente. Ahí atiende Raúl Toledo, "Oruga", esposo de la candidata y hombre fuerte del peronismo en Sauzalito. Señalado por sus detractores como el monje negro de la política local, "Oruga" maneja la delegación local de PAMI, con un comedor incluido, y la filial de Sameep, la empresa de agua de la provincia. Nació en Castelli, la puerta de entrada de El Impenetrable, pero tiene facha de dirigente del conurbano. Grandote, canoso, anteojos negros espejados, no despega el teléfono celular de su oído derecho y, a diferencia de casi todos los presentes, hace gestos ampulosos y habla fuerte. "Soy jodido porque la distancia es lo que nos mata; si no, no te jodo", argumenta a los gritos, para exigirle a un funcionario del gobierno provincial que le entregue una ambulancia para el hospital del municipio.

Sobre la mesa en la que atiende, un tablón con un mantel celeste agujereado, tiene carpetas con los padrones electorales. A sus espaldas, un cartel dice: "Fundación Bicentenario". La creó hace tres meses para facilitar la llegada de los fondos nacionales. En el local se tramitan pensiones y asignaciones. "Oruga" se ataja: "En otra parte del país toman a esto como clientelismo y no es así. El gobierno nacional y la provincia están haciendo una reparación histórica. No hay más escuelas rancho y se hicieron más de 400 viviendas. La gente está muy feliz. Acá en octubre, Scioli va a sacar 3000 votos a 200".

En una de las paredes laterales del local, justo detrás de dos ancianas wichi de pollera larga de colores y pañuelo sobre la cabeza sentadas en un tablón de madera, una bandera clarifica el papel político que juega Toledo. Dice: "Amalia intendente. Halow Chefwa S.A.A." Significa: "Esposa de Oruga, autoridad". Justo enfrente, en otro tablón colocado contra la pared, tres chicas esperan en silencio. "¿Qué piden?", les pregunto. Hablan muy bajo, como para adentro. Se ríen de mi desconcierto. Al fin entiendo que esperan "la orden". ¿Qué es la orden? Una vale de 50 pesos para comprar comida en La Palmera, un mercadito del pueblo ubicado justo al lado de la casa del actual intendente, José Kloster. El suyo es otro caso difícil de entender. Es radical, pero apoya la candidatura de Amalia.

Junto con las órdenes de compra que entrega "Oruga" se reparten afiches con la cara de Peppo y Amalia. Los había visto pegados en los frentes de muchas de las casas del pueblo, en especial en las zonas más pobres. Está en la casa de Silmen Martínez, una mujer wichi, con cuatro hijos, que comparte la vivenda de su madre, con otras nueve familias. Sí, nueve. Confía en que Amalia le consiga una casa propia. Le pegaron el cartel justo al lado de la antena de Direct TV, un servicio que los habitantes de esta zona consumen con la misma modalidad que los celulares con tarjeta. Pagan 100 pesos por semana. "Si no fuera por la tele estaríamos aislados", me explica una de las cocineras del comedor del PAMI. Entrar en la casa de Silmen, de techos de chapa sin revestimiento y ventanas sin vidrios, es mirar a la pobreza a los ojos. La sala es un basural donde se acumulan colchones sin funda sobre camas vencidas, montañas de ropa sucia, botellas vacías, restos de comida y fuentes con agua estancada. Nenes de todas las estaturas corretean entre gallinas, perros sarnosos, gatos y cuatro lotos que cagan en el piso. El baño tiene un agujero en el piso que no califica ni como letrina.

Si viven como animales. ¿Por qué apoyan a los candidatos del oficialismo? "Peppo ayuda mucho a la gente, igual que Coqui y Cristina", me responde Silmen. ¿Cómo los ayudan? Ella acaba de terminar la secundaria con el plan Fines, su mamá cobra la jubilación y sus hijos reciben la asignación. Una de ellas, juega acostada en una de las camas con una computadora del plan Conectar Igualdad. La escuela de El Sauzalito ocupa toda una manzana y es el edificio más moderno del pueblo. El Estado llega. Pero la pobreza es tan profunda que sólo aporta paliativos. Parecen necesitarse años, décadas. Las súplicas no alcanzan. El futuro no llega. Mientras, los habitantes parecen prisioneros de una selva cada vez más impenetrable.

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