
Comidas sanas y caminatas, la rutina de Kirchner para cuidarse
Almuerza y cena liviano; no toma vino en las comidas y camina una hora diaria
1 minuto de lectura'
Hace una semana que Néstor Kirchner había vuelto a caminar en la cinta, en la que todas las mañanas hace ejercicio, luego de una distensión de ligamentos que le impedía la actividad física. Sólo le perturbó el bienestar un dolor de muelas, que le terminó provocando, por la ingesta de antiinflamatorios, una internación de urgencia en El Calafate, primero, y en Río Gallegos, luego.
Hace años que el Presidente se cuida en las comidas y se preocupa por mantener su estado físico en forma óptima.
Todos saben que a Kirchner no le importa su imagen; por eso muestra resistencia a cambiar sus trajes cruzados y sus mocasines.
El esmero por cuidarse tiene que ver con sentirse bien y, de paso, no engordar. Al Presidente, los íntimos y los peronistas que tienen confianza con él le dicen "el Flaco"; así lo llama, por ejemplo, Eduardo Duhalde. Sólo fue gordo en su juventud y después siempre fue un hombre de peso normal para su contextura.
Cuidado en las comidas
Ya en el poder, Kirchner empezó a engordar un poco, como consecuencia del impacto de los primeros meses en su cargo, pero enseguida volvió a su dieta.
En una de sus giras europeas se jactaba de haber bajado de peso. Mostraba su camisa y decía: "Miren: ¿ven que me queda holgada?".
No es obsesivo, como sí lo es su esposa, que se somete desde hace años a una dieta por la que todos los mediodías, sin excepción, come un plato de frutas. Desde que su marido es presidente, la senadora Cristina Fernández se puso más rigurosa en su dieta; ya bajó cinco kilos y usa talle 38 de ropa. Además, hace mucho ejercicio, caminatas y gimnasia en los jardines de la residencia de Olivos.
Hace por lo menos diez años que, según cuentan los que mejor lo conocen, el Presidente se cuida en las comidas.
Sea en la residencia de Olivos, en la Casa Rosada o en los restaurantes que visita de noche con su esposa, Kirchner come siempre lo mismo: pescado grillado o pollo a la parrilla con panaché de verduras (su preferido) o puré de calabaza.
Testigos de los almuerzos presidenciales y de las cenas con los íntimos en la quinta de Olivos aseguraron a LA NACION que lo único en lo que se excede el Presidente es con las galletitas dulces, que le gusta mojar en el café (toma siempre una lágrima, más leche que café), y con pastillas de menta, que puede comerse hasta tres paquetes durante una sobremesa con funcionarios.
Kirchner no toma alcohol, por lo menos durante la semana. Hasta cuando era gobernador de Santa Cruz, cada vez que salía de gira por el interior o lo invitaban a los grandes asados peronistas, a él siempre le llevaban una heladerita con su comida.
Pese a ese empeño por mantener una vida sana y sin excesos, Kirchner no es un hombre que esté pendiente de los médicos.
Muchos hombres de su entorno le señalaron que debía llevar a su médico personal, Luis Buonomo, a los viajes que hacía, ya fueran al interior como al exterior.
El médico a bordo
Durante la primera etapa de su gestión, Kirchner viajaba sin médico y le parecía hasta una frivolidad viajar con un médico en el Tango 01.
Después tuvo que ceder, como hizo cuando se negaba a salir con custodia y le explicaron que, por más que él no quisiera, el tema de su seguridad es una cuestión de Estado.
En los dos casos, el Presidente buscó un punto intermedio: aceptó custodia, pero sin uniformes a la vista y lejos de él; que se noten lo menos posible.
Respecto de su médico, lo incluyó en los viajes, pero cuando está en Río Gallegos de descanso, no.
Ayer, el médico personal de Kirchner viajó para asegurarse del estado de salud de su paciente, a quien conoce hace varios años.
Los hombres más cercanos al Presidente aseguraron ayer a LA NACION que Kirchner estaba con la molestia odontológica desde hace dos semanas y que se hizo un conducto la semana pasada y otro el martes último. Como estaba molesto, los antiobióticos y los calmantes le dañaron el estómago.
LA NACION fue testigo de la poca atención que Kirchner presta a su médico. Cuando tenía la lesión en el tobillo, estaba en su despacho, con la félula puesta, y tenía esperando a la kinesióloga durante horas. Casi siempre la dejaba plantada por las reuniones políticas de gestión. Tardó en recuperase porque no le prestaba atención al asunto.
La siesta, que Kirchner cumple siempre que está en la Capital, es más para distraerse que para otra cosa. Es un obsesivo del trabajo; está en la Casa Rosada a primera hora y se va cerca de la medianoche. Los ministros a veces se quejan porque no pueden creer que siga en su oficina.
Se va a Olivos para descansar y conversar con su esposa y a hasta a veces no se despega del trabajo y lleva al secretario legal y técnico, Carlos Zannini, para terminar de definir alguna cuestión.
Cuando está en el Sur, en su tierra, en El Calafate, le gusta caminar a orillas del lago. Esa es su manera de distenderse.
En su entorno más íntimo ayer no había más preocupación de la que requiere el caso. Algunos ministros se enteraron por los medios. Kirchner no atendió el teléfono; lo hizo uno de sus secretarios privados. Estaba dolorido. Pensaba descansar en El Calafate y definir mañana, en Olivos, su nuevo plan de seguridad.




