
Cómo mejorar el capitalismo argentino
Sin reglas claras, un sistema ideado para crear riqueza puede producir inestabilidad, apatía y grandes desigualdades
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El capitalismo es un sistema económico basado en la avaricia. Los capitalistas inspirados por su ambición mueven al mundo creando valor. Pero este espíritu capitalista, si no está combinado con un gobierno democrático capaz de distribuir esta riqueza y crear reglas claras -el llamado estado de bienestar-, produce inestabilidad y enormes desigualdades.
Europa demostró desde el nacimiento del capitalismo, a principios del siglo XIX y hasta los años 50, que el capitalismo, si no está bien administrado, lleva a la inestabilidad económica, a una pésima distribución del ingreso, y hasta a la guerra.
Sólo cuando el Viejo Continente logró combinar el capitalismo con la democracia creando el estado de bienestar se logró un crecimiento ordenado, acelerado y justo. Un crecimiento que desde el final de la Segunda Guerra Mundial llevó a la Unión Europea a un verdadero milagro económico. Hoy, ésa es la región más educada y próspera del planeta, con un ingreso medio de 22.000 dólares anuales y una distribución del ingreso razonablemente igualitaria.
Estados Unidos tiene los ricos más ricos del mundo, es verdad, pero Europa tiene los pobres más ricos del mundo, e incluso Estados Unidos es hoy una democracia basada en el capitalismo combinado con el estado de bienestar.
Sin embargo, este milagro económico que ha logrado Europa para casi toda su población, y que han logrado todos los países hoy llamados industrializados, este milagro que representa el triunfo del capitalismo "domado" por la democracia y el estado de bienestar, lamentablemente, no ha ocurrido a nivel global.
Aumento de la corrupción
El capitalismo se ha globalizado antes que la verdadera democracia. Hoy tenemos capitalismo global, pero no tenemos democracia global, el resultado es aún un enorme fracaso: la mitad de la población mundial vive con menos de 100 dólares por mes y un 35 por ciento con menos de 30 dólares por mes.
Esta miseria global está llevando a mucha gente, tanto de países menos desarrollados como de países desarrollados, a cuestionar el modelo capitalista global. Pero, en mi opinión, no es el capitalismo el que fracasa. Lo que fracasa es el capitalismo sin verdadera democracia. El capitalismo es necesario para producir. La democracia es necesaria para redistribuir, para regular el proceso productivo y para crear consumidores.
La Argentina es ahora un buen ejemplo de un país que se entregó con los brazos abiertos al capitalismo global sin estar institucionalmente preparado para protegerse de sus peores aspectos. El resultado ha sido un crecimiento errático, una enorme concentración del poder económico, un aumento de la corrupción, una distribución regresiva del ingreso y, hoy en día, una recesión permanente en un mundo en el que el crecimiento parece la norma y la Argentina, la excepción que la confirma.
La Argentina, luego de tener durante muchos años una economía relativamente cerrada y un estado de bienestar bastante desarrollado que le dio a la población una relativa estabilidad económica, abrió durante los años 80 y 90 las puertas al capitalismo global con un entusiasmo característico de un pueblo que muchas veces actúa sin reflexionar.
Este experimento de total apertura, que incluyó la privatización del sistema productivo, la eliminación de barreras aduaneras, la liberalización de los mercados de capital y la liberalización de los mercados laborales, consistió en un abrazo desenfadado al capitalismo al tiempo que se olvidaban sus peligros.
La apertura no fue acompañada de gobernantes insobornables, de autoridades antimonopólicas eficaces, de un sistema fiscal redistributivo, de un seguro de desempleo, de un correcto sistema de sanidad pública, de un sistema educativo justo, de una administración eficaz de la Justicia, en resumen, de las armas que tienen los países industrializados para lograr que ese difícil matrimonio entre la democracia y el capitalismo prospere.
El resultado es la triste situación que hoy vive la Argentina, donde paradójicamente tenemos un paraíso capitalista en el que pocos capitalistas quieren invertir. El dólar como moneda asusta a los empresarios por los elevados costos de producir en el país. La existencia de enormes monopolios de facto, como los existentes en el sector de la energía y de las telecomunicaciones, ha llevado a que la Argentina tenga costos altísimos a nivel internacional y que otras industrias no prosperen. La pésima y parcial administración de la Justicia crea desconfianza. La corrupción legislativa crea un sistema donde los intereses económicos de algunos triunfan sobre el bienestar de la mayoría. La falta de un seguro de desempleo ha llevado a que en la Argentina haya aumentado enormemente la criminalidad y la inseguridad personal.
A su vez, la falta de políticas fiscales redistributivas ha llevado a que el país carezca de consumidores. Las privatizaciones sin tiempo de reajuste y reeducación de la fuerza laboral han llevado a un enorme desempleo. La apertura casi total de las aduanas, combinada con costos locales altísimos, ha llevado a la destrucción de una gran parte de la industria exportadora argentina. La unión con Brasil, sumada al hecho de que Brasil sí tiene una moneda y la Argentina no, ha "brasilizado" a la Argentina, es decir, la ha conducido a la desigualdad y no puede competir con un socio que, sin la diferencia de paridad cambiaria, ya tenía costos laborales más bajos.
Faltan consumidores
La Argentina ha adoptado el capitalismo brutal, el capitalismo antiguo, el capitalismo que no funciona, el capitalismo sin verdadera democracia, sin estado de bienestar, sin un gobierno que tenga las herramientas para moderar los elementos más desestabilizadores de la globalización.
Hoy en día las multinacionales dudan de invertir en la Argentina porque faltan consumidores, porque el país se está marginalizando, porque la Argentina no es ni un país económico desde donde se puede exportar, ni un país consumista en el que pueden invertir y conquistar mercados locales.
Esta duda es también compartida por la clase empresaria argentina a la que curiosamente le han creado un paraíso capitalista en el que faltan oportunidades para ganar plata.
¿Qué le falta a la Argentina? No capitalismo, sin duda. Lo que le falta es una verdadera democracia, una clase gobernante que repare el tejido social argentino, hoy destruido.
La Argentina se lanzó a competir en el capitalismo global y perdió. Creo que es hora de darse cuenta de esto y volver a entrar de una manera más balanceada.
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