
De cárcel clandestina a spa flotante
En el 33 Orientales estuvieron presos Menem y Cafiero tras el golpe de 1976; hoy navega el Mediterráneo lleno de turistas
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ATENAS.- A las siete de la tarde, con el sol del atardecer pegándole en la popa, el casco blanco del crucero Queen Constantine, de bandera de Chipre, cruzó el acceso occidental del puerto de El Pireo rumbo a su amarra.
Sobre las dóciles aguas del mar Egeo, la maniobra fue perfecta. Habían quedado atrás dos días y medio de navegación entre Beirut, Chipre y las islas griegas de Rhodas, Simi y Paros como parte de un crucero de placer. Llegaba el momento de una escala para repostar y seguir.
Recostados contra la baranda de la cubierta principal -denominada Afrodita- con copas de champagne fresco en las manos y el rostro bronceado por el mismo sol que, según el relato homérico, acarició a Aquiles, los pasajeros esperaban la colocación de la planchada. Sonreían. Y hasta Helena de Troya lo hubiese hecho: vista desde allí, la vida sólo parece tener momentos buenos.
Pero la historia es bien distinta. Hace 24 años, los pasajeros de ese mismo barco -todos hombres y argentinos- lloraban aterrorizados. Encerrados en camarotes sin ventanas, no podían ver el sol ni la luna, y con el paso de los días, la piel se les volvió blanca como la de los muertos. Muchos llegaron a temer que sólo así, sin vida, volverían a tierra. Cuando no pudieran ya pisarla.
Si se rasparan con paciencia las pesadas capas de pintura del casco donde el placer navega por aguas cálidas, aparecería el tinte en que estaba escrito "33 Orientales". El nombre del barco que, amarrado en el Puerto Nuevo de Buenos Aires, fue cárcel para los peronistas que integraron el gobierno de María Estela Martínez de Perón, derrocado por el golpe militar de 1976.
Bajo esas cubiertas donde ahora se baila estuvieron detenidos e incomunicados Carlos Menem, por entonces gobernador de La Rioja; Antonio Cafiero, embajador argentino en Roma; los líderes sindicales Lorenzo Miguel y Jorge Triaca, el ex subsecretario de Asuntos Exteriores Jorge Vázquez; el ex diputado nacional Juan Gabriel Labaké o el operador político Osvaldo Papaleo. También los ex ministros de Trabajo Miguel Unamuno y de Educación José Pedro Arrighi, así como con los doctores Jorge Taiana y Pedro Eladio Vázquez.
Nada de eso saben los alegres turistas -norteamericanos, suecos, franceses, alemanes, ingleses, griegos, libaneses- que ocupan los confortables camarotes que, bajo una apariencia bastante más sórdida, sirvieron de celda a 35 ex funcionarios del gobierno derrocado que vivieron allí meses de cautiverio.
De mano en mano
Por lo que se sabe, el Queen Constantine hizo un largo camino en sus 36 años de vida, desde que vio el mar en 1964, tras salir de un astillero español. Su actual dueño se lo compró a un empresario chipriota que, bajo el nombre de Queen Elleni, lo mantuvo sin navegar durante tres años en el puerto de Lamissol.
El chipriota, a su vez, se lo había comprado antes a un griego que lo bautizó Ciudad de Rhodas y que lo usó como crucero turístico por las islas griegas. Ese armador en los ochenta, lo adquirió en la Argentina por menos de un millón de dólares.
Alfombrado de punta a punta, con aire acondicionado en todas sus salas, pileta de natación, disco con rayos láser, casinos y bares distribuidos en cada una de sus siete cubiertas de pasajeros, ninguno de los turistas que pagan hasta 1000 dólares de precio básico por un crucero de siete días se atrevería a decir que el Constantine oculta un pasado tan negro: el que le asignó el gobierno militar luego de haber trabajado durante años en la línea del desaparecido Vapor de la Carrera, que unía Buenos Aires con Montevideo.
Lejos, muy lejos de aquellos días -en que flotaba amarrado en la niebla invernal del Río de la Plata, ocultando su penosa carga con los ojos de buey cubiertos con chapas aseguradas por cadenas, bajo la atenta mirada de hombres armados- cuando esta historia se publique, el ex 33 Orientales estará nuevamente buscando el sol del Mediterráneo para cumplir su actual derrotero.
Un circuito que, entre risas y música, toca Beirut, Limassol, Rhodas, Simi, Paros, Pireo, Tinos, Mykonos y Kos. Y luego nuevamente Limassol y Beirut. Para volver a empezar.
Las dos historias resumidas en los mismos 130 metros de la eslora son una misma cosa: cara y ceca de lo que es capaz de hacer el hombre en nombre de lo que persigue.
Los marinos aseguran que los barcos tienen alma. Y si eso es cierto, el ex 33 Orientales parece haber encontrado una fantástica revancha en su nueva forma de Queen Constantine.
Al menos, así se lo ve desde tierra en su escala en El Pireo. Con el azul intenso bañando los peñascos desnudos de la costa. Donde el paisaje dice a gritos que todo puede ser un poco mejor.



